jueves, 1 de junio de 2017

La maldición de Mirna


Busco entre las cosas algún indicio, pero no encuentro. De que vivió conmigo. En los cajones, alguna prenda o un frasco en la heladera. Me fijo en la alacena, en el baño y en el escritorio. No hay caso. Mirna se fue para siempre.
Al principio encontraba, cuando empezaba a extrañarla, cosas por la casa, como si no se hubiera ido del todo. Me decía eso, que no se había ido del todo, que por eso me había dejado algunas de sus cosas. Hasta que me di cuenta de que se había ido para siempre, que fue cuando levanté la cabeza y miré los estantes más altos de la biblioteca, los que usaba ella, y vi que se había llevado sus libros, y entonces fui a su lado del placard y vi que se había llevado su ropa. Y ahí supe que no iba a volver nunca. ¿Qué más necesita una mujer, que sus libros y su ropa?
Con los años fue quedando cada vez menos de las cosas que dejó. Ojalá quedara algo de Mirna para poder recordarla. Si no hubiera sido por sus cosas la hubiera olvidado hace tiempo. Pero era imposible olvidarla, si estaba en todas partes. En la libreta con mariposas al lado del teléfono, las biromes de colores del lapicero, en los colores y en el lapicero. En las bolsas para freezer, los sahumerios, la yuca de la entrada, las galletitas de almendra, la harina de algarroba, la mermelada de kiwi y el abanico sobre el hogar. Me cubría con la manta que usaba Mirna cuando se recostaba a leer en el sillón y era como si Mirna me estuviera abrazando. La manta tenía su olor y, si cerraba a los ojos, enseguida me quedaba dormido, oliéndola.
La primera pelea que tuvimos con Clarisa fue por la manta de Mirna. Ella dijo que estaba roñosa, que la iba a hacer lavar y yo no quise. Me puse nervioso, Clarisa sospechó que había algo más y se puso pesada. Terminamos discutiendo “¡por una manta roñosa!”, gritaba Clarisa. Yo nunca le había hablado de Mirna; no le había contado que después de Mirna nunca pude volver a amar. Preferí callarme. No me animé a confesar que todavía Mirna y yo dormíamos juntos, en el olor de su manta. Esa misma tarde la puse en una bolsa y la doné a la iglesia. 
            La manta fue el primer paso. Ese día entendí que no podíamos vivir los tres juntos, Clarisa, Mirna y yo. Volví a casa e hice un inventario de todas las cosas de Mirna que quedaban. Eran muy pocas: la maceta turquesa, cinco carcasas de biromes secas, seis frascos vacíos, el abanico y el gato. Pero no podía, como si nada, tirarlos a la basura y que terminaran apilados en un basural. Sobre todo con el gato, no podía hacerle eso al gato. Habían estado en la casa durante siete años, largos, en esa casa que yo seguía compartiendo con una parte de Mirna. Tampoco podía regalarlos, ni usarlos para otra cosa. Si no, el espíritu de Mirna iba a habitar en esas cosas, en mi casa o donde fuera que estuvieran las cosas, y tarde o temprano iban a volver. No quería que volvieran, porque si volvían las cosas volvía Mirna, y si volvía Mirna se iba a ir Clarisa. Estaba seguro de que, si volvía Mirna, tarde o temprano se iba a ir Clarisa.
            Entonces se me ocurrió hacer un ritual de despedida, ponerlo todo en un pozo, prenderle fuego y purificarlo.
            Tenía que ser lunes, el único día que Clarisa trabajaba hasta tarde. Hacer el  pozo y el ritual me iba a llevar un tiempo, además de lo que me iba a llevar después volver a tapar el pozo, para que cuando volviera Clarisa no sospechara nada.
            Durante el fin de semana me encargué de comprar y esconder en el sótano la pala, bidones de nafta, una caja chica de fósforos y un pan de pasto para cubrir el agujero. El lunes, ni bien Clarisa salió para la Clínica, después del almuerzo, bajé al sótano a buscar las cosas. Miré los bidones de nafta, dos. Con uno me iba a alcanzar, así que agarré uno solo, la pala, los fósforos y el pan de pasto. Me costó subirlo todo junto pero pude.
            Primero hice el pozo, en una esquinita del parque, donde están las plantas altas. Ahí Clarisa no iba casi nunca, no iba a ver el pasto nuevo, que hasta que se uniera a la tierra iba a tardar. No muy grande, del tamaño de la maceta, más o menos. Pero sí profundo; tenía que ser profundo. Me llevó cuatro horas. Después fui a buscar las cosas. Entré al lavadero, agarré la maceta y puse adentro las biromes secas, que estaban con las herramientas; fui a la alacena alta y agarré los frascos; y al final el abanico, que seguía donde siempre, colgando del ganchito arriba del hogar. Recién ahí me di cuenta: el gato estaba mirando. No había pensado en el gato. Cuando quisiera meterlo no se iba a dejar. Iba a tener que atarlo. Pero si chillaba mucho capaz algún vecino se asomaba, y para purificarme de Mirna necesitaba intimidad. Demasiado para pensar, los materiales, Clarisa, los vecinos, el gato. Tenía que hacer algo con el gato para que se quedara quieto, así se dejaba meter y también se purificaba con las demás cosas de Mirna. Yo no quería matarlo, pero tenía que lograr que se me quedara quieto. Lo metí en el freezer y me fui a hacer el pozo. Chillaba. Pero me fui igual.
            Volví al pozo, metí la maceta; adentro ya estaban las biromes, los frascos y el abanico. Podía empezar por eso y después ir por el gato. Le vacié encima el bidón. Abrí la cajita, saqué un fósforo, lo deslicé de un tirón por el borde. Dije: “Chau, Mirna” y lo acompañé con la mano, hasta el fondo. Se me apagó en el trayecto. Fue frustrante, pero no podía dejarme ganar por la turra de Clarisa que, encima de abandonarme, ahora no se quería ir. Miré alrededor, tenía que haber algo. La soga de colgar la ropa. Con eso y tela de mi remera hice una mecha. La encendí y la bajé hasta la maceta.
            Cuando vi que había tomado volví a la cocina, a ver si el gato había dejado de chillar. Era su turno.
           
            Me paré delante de la heladera y vi que no había ruidos. Debía estar calmado. Así que despacio, con cuidado por si estaba fingiendo y me atacaba a la cara, abrí la puerta del freezer. Estaba enrollado al lado del pollo; parecía él, también, otro pollo pero con pelos; tenía hielo colgando de los bigotes y me miraba con los ojos entreabiertos, como pidiéndome que lo dejara ahí.
Y entonces de repente sentí que venía desde el sótano un rugir, como un viento que arrasaba.

            ¿Cómo iba a saber yo? ¿Cómo iba a saber que el bidón estaba pinchado? Además no sé si fue eso, lo que pasó. No sé. Me hubiera dado cuenta. No estaba tan alienado como para no darme cuenta, que el bidón estaba pinchado, que al subirlo había dejado un rastro que iba del pozo al sótano y volvía al otro bidón.
            Los bomberos llegaron, no sé si enseguida, calculo que sí, alguien los habrá llamado enseguida, porque recuerdo que cuando los dos bomberos entraron a la cocina yo todavía estaba parado mirando al gato adentro del freezer, había llamas alrededor, me cubrieron con una manta, agarraron al gato y nos sacaron.
            Sé que el gato está vivo porque en la ambulancia ya estaba mejor, y porque Clarisa me lo dijo, la vez que fue a verme, la única vez que fue. Recuerdo que me dijo, sonriendo y acariciándome:
— Hasta que la casa se pueda usar volví a vivir con mi abuela. Tu gato está bien, lo estoy cuidando yo.
Con la vista fija en la cama de al lado, dije:
— No es mi gato. Es el gato de Mirna.
— ¿Quién es Mirna? —preguntó ella.
Y entonces le conté todo, todo desde el principio.
Y así también la perdí a Clarisa.
Griselda Perrotta


lunes, 24 de abril de 2017

FRONTERA en la Feria del Libro

FRONTERA fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes para integrar la propuesta de Editoriales Independientes en la Feria del Libro. Lo presentamos junto a los libros de otros autores también seleccionados para representar a Peces de Ciudad en un resultado de 10 participantes.

LUNES 1 DE MAYO / 17:00 hs. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 
Pabellón Azul / Stand 525 (Fondo Nacional de las Artes). 


lunes, 3 de abril de 2017

La mujer que era mi madre

Mi padre murió un 17 de octubre y en casa de Perón todavía ni se hablaba. Era sábado, era de mañana, era primavera y hacía calor. Murió cuando le dijeron que yo era nena, que no había tenido un varón. Esa misma mañana armó dos valijas y se fue de casa, con la extraña fortuna de que un colectivo al paso lo revoleó por el aire antes de pasar la segunda esquina. Quedó en las fotos para siempre y del accidente nunca se habló, en mi familia ni en ninguna otra. De esto me enteré por mamá. Del resto que voy a contar también.
Las valijas eran la prueba de que se había ido del todo. Las encontró su compadre, que terminó siendo al final mi papá cuando yo cumplía diez.
Daniello (ese era su apellido) llegó a mi fiesta con una orquídea de plástico pegada sobre una caja. Adentro de la caja no sé qué había porque nunca la abrí, le prendí fuego en la parrilla cuando se fueron todos, con alcohol y papel de diario.
—¡Parecés una princesa!
Nunca me había caído bien mi padrino, usaba demasiado perfume y no sabía combinar la corbata con el pañuelo que se ponía en el bolsillo del saco. Yo para molestarlo me metí un dedo en la nariz, me saqué un moco y me lo limpié en el vestido blanco amarillento que me había puesto mi madre. El moco era del mismo color que el vestido así que mi rebeldía pasó desapercibida, para todos menos para Daniello porque lo hice delante suyo.
—¡Hola! ¡Llegaste temprano!
Mamá hablaba raro. Algo estaba mal.
—Sí, me adelanté para darle a esta muñequita el regalo…
Me miraron y esperaban de mi alguna reacción como si esa caja con una flor de plástico fuera la gran cosa. Yo la agarré y mientras caminaba para mi cuarto dije:
—Lo abro después, lo llevo a mi pieza.
Volví al comedor cuando escuché otra vez el timbre.
En el cumpleaños casi no hablé con nadie, eran todos grandes menos las hijas de una prima de mamá, que la invitaba solo para cumpleaños míos. De la escuela nunca me invitaba a nadie.
La comida era toda de grandes también y la música ni hablemos.
—¿Y cómo te preparás para la Comunión?
Era la más chica de las hijas de la prima que digo. Tenía la misma edad que yo así que supuse que lo que en realidad quería era contarme cómo estaba preparándose ella, pero no iba a darle el gusto.
—No estoy mucho en eso.
—¿Cómo, no vas al curso?
—Sí al curso sí. Pero no estoy mucho en eso.
Lamenté que fuera tan tarada pero no tenía por qué soportarla. Me puse a romperme con las uñas los pellejos de los dedos, fuerte, para que le diera impresión y desapareciera. Lo conseguí.
Cuando se fueron todos quedaba solo Daniello, que parecía un perro esperando que lo adopten. Me di cuenta de que tenía poder, yo. Aunque fuera una nena.
Mamá se puso a apilar los platos como hacendosa, seguro que porque estaba Daniello, porque si no dejaba todo para que al día siguiente lo limpiara Angélica. Me dio pena mamá tratando de demostrarle algo al idiota de Daniello. Me dio pena y fui a ayudarla. Él seguía ahí.
Me vio acercarme a la mesa, mamá, y me dio una mirada que yo le devolví y que fue cómplice. Las dos sabíamos que esa juntada de platos era un acto. Podríamos no habernos mirado pero lo hicimos, y esa mirada selló la suerte de mi adolescencia y todo lo que vendría después. Una mirada cómplice entre mujeres, no se necesita más para sobrevivir en un mundo de hombres. Eso lo sé ahora.         
—Está bien, Ronnie (así se llamaba Daniello). Nosotras terminamos. Andá si querés— le dijo.
Me imagino que Ronnie esperaba más de mi madre esa noche, que blanquearan su situación juntos, que me explicaran lo inexplicable, lo que no hacía falta decir. Lo que es a mí, me tenía sin cuidado. Daniello me caía mal porque sí, y mi padre nunca había sido mi padre después de todo así que era igual, mi padre o Daniello.
—Sí, vaya Daniello —le dije yo, haciéndole un gesto de chau con la mano — vaya, vaya.
Cuando nos quedamos solas mamá me contó que se estaban viendo. Yo le dije que me parecía bien que hubiera un hombre cerca para que pudieran hacer cosas de marido y mujer así ella estaba más calmada, y para que trajera plata a la casa. Todo esto no sabía bien qué significaba pero lo había escuchado en una novela y, en la novela, la que escuchaba se ofendía mucho y se peleaba con la que lo había dicho. Mamá me dio un sopapo y dijo que era una maleducada. Después se puso a llorar, me abrazó y me pidió disculpas. Yo le dije que no iba a tomar la Comunión.
A la semana Daniello se mudó a vivir con nosotras.

La historia de cómo terminé yo tantos años después entrando con Daniello a una Iglesia vestida de novia la cuento en otro momento, porque la verdad que es bastante larga y últimamente si las historias no son de amor me importa poco contarlas. Sólo diré que no fue por sexo ni tampoco por dinero, que mi madre ya estaba muerta y que me dedico a plantar orquídeas.

Griselda Perrotta

lunes, 27 de febrero de 2017

FRONTERA tercera edición disponible

Ya está disponible la tercera edición de FRONTERA. Compra virtual haciendo click acá, todas las formas de pago con entrega a cualquier parte del Universo, o personalmente en Espiche (Humberto Primo 471, San Telmo, Ciudad de Buenos Aires).


miércoles, 1 de febrero de 2017

Reseña de "Frontera" (N. Crantosqui)

"Griselda Perrotta estuvo mirando bien. Prestó atención a las preguntas escondidas en los personajes del pueblo, a la música de Once, a las palabras que los adultos deslizan en la curiosidad honesta de los niños. El tono inocente (y hermoso) con el que está escrito le da el sabor de transcripción: de nuestros barrios, de las familias y de la magia blanca que nos habita. Perrotta necesita de un lector-traductor que entienda que hay mucho detrás de lo que se enuncia, la nena de uno de sus cuentos, que se vale de un diccionario para abrir la puerta de lo que los grandes charlan en las sobremesas.” (Nadia Crantosqui)


miércoles, 18 de enero de 2017

La marca

El shortcito blanco tenía puesto. Y cuando se sentaba la miraban más, porque apoyaba la cola en la punta, estiraba las piernas para afuera un poco como un abanico y después las cruzaba. Enterraba los pies y jugueteaba viéndose la arena correrle entre los dedos, encendía un cigarrillo que nunca se terminaba completo, acomodaba el respaldo casi contra el suelo y se echaba al sol. 
Ese día estábamos todos porque era el campeonato de pesca y la orilla se convertía en una hilera de palos largos que delineaban la costa. Los años anteriores éramos pibes pero para ese verano varios ya no, y la mirábamos distinto. Ella todavía no nos registraba. Pero teníamos un plan.
—¡Señora! ¿Nos pasa la pelota? —grité mientras me le acercaba.
Si seríamos pendejos.
Me paré al lado y le tapé el sol. Respiró como si quisiera meterse por la nariz el aire del mar completo y quebró la cadera en cámara lenta. Me pareció que me estaba provocando.
—¿Qué?
—La pelota.
—¿Qué pelota, querido? —Escuchaba a los otros risotear, pavotes, y quise que desaparecieran, que ese momento fuera solamente de ella y mío. La señalé con la mano y enseguida me di cuenta que era obvio, que la pelota la habíamos acercado a propósito. Me miró por encima de los lentes, se volcó para el costado y tiró para zafarla. Se le corrió la camisa y ahí vi la marca, justo encima del hombro. Mientras me alcanzaba la pelota volvió a respirar hondo, y de cerca supe que sus tetas no eran tan grandes como pensaba pero muchísimo más lindas.
Ni sospechó que yo le había visto la marca, pero sí se acomodó la camisa, como algo incorporado. Me di cuenta, pensé, que nunca la había visto en malla. Volvió a recostarse y fue como si entre nosotros se bajara una cortina. Los chicos me llamaban para que volviera al partido y hablaban entre ellos, riéndose:
—¡Traela que fue off-side!
—¡Traela, Lucas!
—¿Qué hace?
—¿Qué hacés, Lucas?
—¡Dale, pajero!
Pelotudos. Volví a jugar y todas me pasaban de largo. Cada pelota que se acercaba eran los hombros de ella, ella corriéndose la camisa, mostrándome a mí solo y contándome qué era la marca.

El concurso lo ganó Felipe, el novio de mi mamá, el novio de ese momento, que tenía ese verano. La plata la iban a usar para cambiar el auto, dijo, pero eso quedó en nada porque con el verano se fue Felipe, y también la plata. Con el pescado en cambio hicimos una cena, esa misma noche. Lo cocinó él, a la parrilla, y les dijimos a los de las demás cabañas. Mi mamá dijo que si quería invitara a alguno. Yo no podía elegir a uno solo de los chicos, porque éramos siempre en grupo, así que en cambio lo invité a Tomás, que no era tan cercano y capaz prefería. Cercano cercano no había ninguno pero, si había que elegir uno, Tomás.
Tomás llegó puntual con una botella de Coca y unos pancitos de queso que dijo que mandaba la madre. Devoramos las dos cosas jugando videos mientras afuera cocinaban el pescado. Para cuando estuvo listo ya ni teníamos hambre. Nadie insistió. Nos quedamos adentro y fui llevando el tema a la pregunta que había querido hacerle desde que lo vi en la puerta con la Coca y los pancitos:
—La colorada, de la ochava, es de acá, ¿no?
—Cati.
 —¿Cati se llama?
—Catalina. No es de acá pero viene mucho. ¿Por?
—Nada, no —y no sabía cómo iba a seguirla—. Es que hoy, en la playa… la pelota…
—Me dijo, me contó.
—¿Te contó? —yo era el único que se le había acercado, capaz me había nombrado a mí.
—Me dijo que unos pibitos la habían estado molestando y que capaz en temporada empezaba a irse para los…
Se interrumpió. Vio que prestaba demasiada atención.
—¿Adónde?
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—De Cati. Que me preguntabas si es de acá.
No tuve que contestarle, por suerte. Sentimos la puerta de adelante y entraron los grandes a pedir ayuda con sacar la mesa.

Esa noche soñé que un extraterrestre me agarraba en los médanos, me besaba en la boca y desaparecía. Yo me dejaba. Me desperté tratando de ponerle al extraterrestre la cara de Catalina pero no pude: cada vez que cerraba los ojos aparecía la cabeza gigante, el vientre enorme y las patas flacas. Estuve así un rato largo y, cuando sonó el despertador de Felipe, hasta el extraterrestre se fue del todo.

—No quiero jugar, no tengo ganas.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé, mirar el mar.
Se rieron todos juntos, otra vez, como marmotas.
—¡Mirar el mar a ver si llega la nooooooviaaaaaa!
Sí esperaba que Catalina viniera. Y me quedé esperándolo hasta que mis amigos se fueron a almorzar, y me acordé lo que Tomás me había dicho, y que no había terminado de contarme.
Empecé a caminar para los médanos. Debía parecer un demente, hundiendo los pies en la arena con esa temperatura. Los del concurso ya se habían ido todos, y el resto a almorzar. Los recorrí completos pero no estaba Catalina. “Ni el extraterrestre”, me burlé solo mientras volvía.

No planifiqué el camino pero las calles te llevan por donde ellas quieren, siempre es así, y vi la ochava.
¿Y qué iba a hacer? No tenía excusa. Ninguna excusa. NINGUNA. Ya estaba en la puerta. Era hora de la siesta. Debía estar dormida. O capaz no dormía siesta. Se sentía olor a incienso y de adentro tambores, como tambores o algo así. No distinguía si era grabado o tocando. Golpeé a la puerta y paró.
—¿Quién es?
Voz de hombre. Salí corriendo. Nadie abrió, fue solo la pregunta. Mientras corría empecé a dudar si la voz había sido de hombre o de mujer ronca. Capaz que estaba durmiendo y si la desperté... Pero los tambores y el incienso… Y la marca en el hombro. Pensaba en la marca, con el incienso y los tambores y un hombre, o varios, y en el medio de todo eso Catalina.

Era todavía la siesta cuando llegué. Por la puerta mal cerrada pude ver a mi madre y al novio durmiendo desnudos. Me dio asco y me calentó un poco.
Me saqué la ropa y me tiré yo también a dormir. 
      Griselda Perrotta