lunes, 3 de abril de 2017

La mujer que era mi madre

Mi padre murió un 17 de octubre y en casa de Perón todavía ni se hablaba. Era sábado, era de mañana, era primavera y hacía calor. Murió cuando le dijeron que yo era nena, que no había tenido un varón. Esa misma mañana armó dos valijas y se fue de casa, con la extraña fortuna de que un colectivo al paso lo revoleó por el aire antes de pasar la segunda esquina. Quedó en las fotos para siempre y del accidente nunca se habló, en mi familia ni en ninguna otra. De esto me enteré por mamá. Del resto que voy a contar también.
Las valijas eran la prueba de que se había ido del todo. Las encontró su compadre, que terminó siendo al final mi papá cuando yo cumplía diez.
Daniello (ese era su apellido) llegó a mi fiesta con una orquídea de plástico pegada sobre una caja. Adentro de la caja no sé qué había porque nunca la abrí, le prendí fuego en la parrilla cuando se fueron todos, con alcohol y papel de diario.
—¡Parecés una princesa!
Nunca me había caído bien mi padrino, usaba demasiado perfume y no sabía combinar la corbata con el pañuelo que se ponía en el bolsillo del saco. Yo para molestarlo me metí un dedo en la nariz, me saqué un moco y me lo limpié en el vestido blanco amarillento que me había puesto mi madre. El moco era del mismo color que el vestido así que mi rebeldía pasó desapercibida, para todos menos para Daniello porque lo hice delante suyo.
—¡Hola! ¡Llegaste temprano!
Mamá hablaba raro. Algo estaba mal.
—Sí, me adelanté para darle a esta muñequita el regalo…
Me miraron y esperaban de mi alguna reacción como si esa caja con una flor de plástico fuera la gran cosa. Yo la agarré y mientras caminaba para mi cuarto dije:
—Lo abro después, lo llevo a mi pieza.
Volví al comedor cuando escuché otra vez el timbre.
En el cumpleaños casi no hablé con nadie, eran todos grandes menos las hijas de una prima de mamá, que la invitaba solo para cumpleaños míos. De la escuela nunca me invitaba a nadie.
La comida era toda de grandes también y la música ni hablemos.
—¿Y cómo te preparás para la Comunión?
Era la más chica de las hijas de la prima que digo. Tenía la misma edad que yo así que supuse que lo que en realidad quería era contarme cómo estaba preparándose ella, pero no iba a darle el gusto.
—No estoy mucho en eso.
—¿Cómo, no vas al curso?
—Sí al curso sí. Pero no estoy mucho en eso.
Lamenté que fuera tan tarada pero no tenía por qué soportarla. Me puse a romperme con las uñas los pellejos de los dedos, fuerte, para que le diera impresión y desapareciera. Lo conseguí.
Cuando se fueron todos quedaba solo Daniello, que parecía un perro esperando que lo adopten. Me di cuenta de que tenía poder, yo. Aunque fuera una nena.
Mamá se puso a apilar los platos como hacendosa, seguro que porque estaba Daniello, porque si no dejaba todo para que al día siguiente lo limpiara Angélica. Me dio pena mamá tratando de demostrarle algo al idiota de Daniello. Me dio pena y fui a ayudarla. Él seguía ahí.
Me vio acercarme a la mesa, mamá, y me dio una mirada que yo le devolví y que fue cómplice. Las dos sabíamos que esa juntada de platos era un acto. Podríamos no habernos mirado pero lo hicimos, y esa mirada selló la suerte de mi adolescencia y todo lo que vendría después. Una mirada cómplice entre mujeres, no se necesita más para sobrevivir en un mundo de hombres. Eso lo sé ahora.         
—Está bien, Ronnie (así se llamaba Daniello). Nosotras terminamos. Andá si querés— le dijo.
Me imagino que Ronnie esperaba más de mi madre esa noche, que blanquearan su situación juntos, que me explicaran lo inexplicable, lo que no hacía falta decir. Lo que es a mí, me tenía sin cuidado. Daniello me caía mal porque sí, y mi padre nunca había sido mi padre después de todo así que era igual, mi padre o Daniello.
—Sí, vaya Daniello —le dije yo, haciéndole un gesto de chau con la mano — vaya, vaya.
Cuando nos quedamos solas mamá me contó que se estaban viendo. Yo le dije que me parecía bien que hubiera un hombre cerca para que pudieran hacer cosas de marido y mujer así ella estaba más calmada, y para que trajera plata a la casa. Todo esto no sabía bien qué significaba pero lo había escuchado en una novela y, en la novela, la que escuchaba se ofendía mucho y se peleaba con la que lo había dicho. Mamá me dio un sopapo y dijo que era una maleducada. Después se puso a llorar, me abrazó y me pidió disculpas. Yo le dije que no iba a tomar la Comunión.
A la semana Daniello se mudó a vivir con nosotras.

La historia de cómo terminé yo tantos años después entrando con Daniello a una Iglesia vestida de novia la cuento en otro momento, porque la verdad que es bastante larga y últimamente si las historias no son de amor me importa poco contarlas. Sólo diré que no fue por sexo ni tampoco por dinero, que mi madre ya estaba muerta y que me dedico a plantar orquídeas.

Griselda Perrotta