jueves, 5 de octubre de 2017

La Fortaleza (*)

            Mi historia empieza en una terraza. No recuerdo los detalles pero sí los colores, que son también los olores cuando pienso en mis abuelos. En esa terraza.
          No se abandona la patria cuando no quiere soltarte. Cuando es así, cuando la patria no quiere soltarte, la patria se hace una fortaleza. Como una embajada chiquita dentro de ese otro país siempre extranjero, ajeno. Hostil. Fortaleza impenetrable, en una terraza cualquiera de cualquier barrio porteño.
            Esa es la historia que vengo a contar.

          Mis abuelos eran la terraza. La terraza y salsa de tomate, albahaca y picante. Mucho picante. Picante en el huevo, en la pizza, en las pastas. Picante con agua y aceite. Comían eso a veces: picante, agua y aceite. Pipireata. Mamá decía que con eso paleaban el hambre en Italia. Que se llenaban de aceite, agua y picante para engañar al hambre. Para engañar al tiempo, que se hace más largo cuando es con hambre. Mi madre también nació en Italia y vivió cinco años allá, los primeros cinco, hasta que mi abuelo mandó traer a las tres: hija, esposa, madre / madre, abuela, suegra / nieta, nuera, bisabuela.
         Mi historia es la historia de tres mujeres que un día subieron a un barco siguiendo el designio del mismo varón que años atrás las había dejado.
Dos décadas después llegué yo.
Otra mujer, mismo destino.

           Lo que más recuerdo de mis abuelos es la terraza. Mujeres lavando a mano, tendiendo en sogas, disponiendo compras, cenas y almuerzos. Hombres durmiendo la siesta. Mujeres no. Hombres trabajando afuera. Mujeres dentro y afuera. Hombres violentos. Mujeres también.
Violentos todos. Estridentes. Demasiado para esa ciudad chata, homogénea, que se desparramaba al otro lado de La Fortaleza.
Vida urbana y traicionera, liviana, común. Vida de papeles y de cemento, sin aromas, sin color. Vida urbana.

         La vida urbana mató a mi abuela, eso dijeron los médicos. Hubo diagnóstico y todo. Simplemente empezó a enloquecer después de bajar del barco. Cuarenta días con su suegra y la nena en un depósito del Puerto. Diez años de conventillo. Trabajos denigrantes. Pobreza. Inmundicia diez años y después la fortuna. Su casa grande, su castillo. Poder comprar…lo que había.  
En la ciudad no hay gallinas ni pipireu. El cerdo es una pasta rosada que se corta en fetas y va a casa en un papel. Los huevos siempre están pasados, los zapatos aprietan. El piso es duro y se vive aislado. No hay tribus en la ciudad y el ruido lo tapa todo.

El castillo, la fortaleza. Un día tuvo eso, mi abuela. Espacio, escaleras, muchas habitaciones. Y su propio gallinero en la terraza.
Colombres y Venezuela, barrio de Boedo.
Allí, en mi infancia, yo veía torcer pescuezos y desplumar animales.
Yo. Niña bien de jumper almidonado y camisita blanca, colegio de monjas porque eso sí, había que ascender. Para eso (si no para qué) mi abuelo había dejado a sus mujeres solas tanto tiempo. Hay que justificar esa movida.
Y así lo hicimos.

Fue implacable mi madre: nosotros no llevaríamos la vida de mis abuelos (la suya). Seríamos gente fina. Uñas pintadas, jeans de marca, clases de piano. Tacos altos, hombreras y permanente —eran los ochenta y eso se llevaba—.
Gatopardo, The Embers, Ray Ban. Cancha de tenis y paté de foie.

Pero no se abandona la patria.

No se abandona la patria cuando la patria no quiere soltarte y más si se almuerza en La Fortaleza.
Ahí, con esos mismos adornos, uniforme de escuela privada y carteras de charol, nosotros, descendientes primeros del pueblo de mis abuelos, éramos la envidia de cualquier bistreaux: alivi scachiati, alivi arrustuti, pipireu, brasholi, milinshana. Mejores que cualquier frasco por más cool que sea la etiqueta.
Porque las etiquetas mienten: la comida de mis abuelos no se escribe. Se dice. Como una canción que se aprende de oído.

Porque la comida es la patria y son mentira las palabras cuando se habla de la patria.
La tierra de mis abuelos no tiene registros. No había tiempo para esas cosas y en la Argentina fue igual.
La historia de mis abuelos se dice.
A eso vengo.
Griselda Perrotta

(*) Mención Especial en el VIII Concurso Literario de la Sociedad Italiana de San Pedro.
  Publicado en la Antología del VIII Concurso de Cuentos y Relatos de Inmigrantes.


martes, 1 de agosto de 2017

Reseña en "El Furgón"

Acá se pierden amores, se ríe y se llora.” GustavoGrazioli leyó mi libro FRONTERA y escribió esta reseña para El Furgón, ala digital de Revista Sudestada
Dice:
Ese paseo por los talleres de Alberto Laiseca no quedó en el recuerdo de alguien que intentó escribir. Perrotta va hasta el máximo con algunas de las enseñanzas del “Conde Lai” y el leitmotiv de vivir para escribir se cuela, consciente o no, por los poros de cada uno de esos narradores. No hay pose ni reventados postmodernos. Hay vidas tratando de zafar las ausencias condenatorias y un lenguaje que no se calla.” 
La reseña completa en este link.


martes, 4 de julio de 2017

El cruce (*)


No la mira como si fuera la hija. Dice que es el padre pero no la mira como si fuera la hija. No soy tarada. Tampoco me importa, cosas de ellos. Solo necesito que me crucen. Qué calor que hace, se nota que acá no llueve, la tierra está seca y llena de pozos, me estoy partiendo la espalda. Es la única forma. Acostada en el doble fondo, bajo la cama de los cerdos. El olor es insoportable pero hay que aguantar. Podría ser peor, podría chorrear la paja, por ejemplo.
Paramos. No puede ser tan pronto. No podemos haber llegado al puesto tan pronto. No puede ser bueno que nos hayan parado. Paran camiones con animales cuando los registran. No puede ser bueno que nos hayan parado. ¿Dónde estará Silvio? Entramos al galpón separados, hombres, mujeres, y después de a uno para subir. Los hombres fueron con Marcos y las mujeres con ella, con la chica que trajo ayer y dijo que era la hija. Aunque estuvieras con alguien entrabas solo, acá abajo uno está solo. Si pasa algo también, solo. No se hacen cargo de nada y eso te lo avisan. No puede ser bueno que nos hayan parado. Ojalá Marcos y la hija puedan seguir sin que revisen.
Si revisan estamos muertos. A la guerrilla no se la engaña. Estás con ellos o estás muerto. ¿Quién nos mandó a elegir África? ¿No había suficiente muerte en América? ¿No alcanzaban el hambre, el sida y la malaria en español? No. Teníamos que salvar el mundo. África. Como si acá el hambre, el sida y la malaria fueran distintos de los que había allá, a mil, dos mil, cuatro mil kilómetros de casa. Tenía que ser África. Demasiado jóvenes y demasiado idiotas. Pensábamos que el guardapolvo blanco nos haría inmunes. La guerrilla no escucha razones. Cuando ataca una aldea arrasa con todo, hombres, mujeres, niños, animales. Y médicos, claro. ¿Por qué no iban a llevarnos también a nosotros? Valemos igual que el resto: nada. No valemos nada. Un número más, una estadística, un lindo artículo en las revistas, héroes de cartulina. Éramos los próximos. Van barriendo al revés de las agujas del reloj. Al revés de todo. Marcos vino con el dato de que éramos los siguientes cuando trajo el cargamento, el mes pasado. ¿Qué íbamos a hacer, si lo más probable es que fuera cierto? Al menos que iban a llegar. Al menos eso. Si bastaba con ver a lo lejos la humareda de las chozas incendiadas, y si el viento era a favor hasta los gritos, a veces, se escuchaban.
Ojalá Marcos pueda esquivar la requisa. Si no estamos muertos. Dijo que nos sacaba con la entrega del mes si le dejábamos lo nuestro. Lo de la sala y lo de la gente, el sembrado, los animales. Así Marcos se va armando lo que tiene. Es poderoso. Sé que no se llama Marcos, pero quiere que le digamos así. En otras aldeas habrá sido Jean Luque, Vicenzo, Jabahia o vaya a saber qué. No tiene acento, habla con todos los matices juntos. Es imposible saber su origen o adivinar la edad. Había que decidir para el día siguiente, dice que para cruzar el puesto tiene que arreglar cosas. Ahí sí tiene arreglado. El tema es la ruta. La ruta, es el problema. Si te agarran en la ruta.
Marcos o como se llame no es tan distinto de la guerrilla. También hizo lo suyo a costillas de la gente. Por lo menos él no te mata. Acá la lucha es entre guerrilla y carroña. La lucha baja, la que mata, viola, quema y destroza, a la gente que solo busca vivir un día mientras espera el siguiente. Como nosotros desde que llegamos a la aldea. Silvio me convenció de venir. Yo quería ir a Francia. Pero no. Teníamos que ser grandiosos, distintos. Y acá estamos. En el doble fondo de la cama de los cerdos, esperando, rezando, yo soy atea pero se entiende, rezando para pasar el puesto.
No puede ser bueno que hayamos parado tan pronto. No puede ser bueno que por las hendijas vea tres hombres en musculosa olfateando, altos como montañas. No puede ser bueno que el del medio gire la escopeta e impacte la culata contra la madera, ni que yo sienta el golpe. No puede ser bueno que el listón se haya quebrado y me esté mirando fijo. No puede ser bueno.

*****

En la Facultad aprendí muchas cosas. Aprendí por ejemplo que el pene promedio mide dieciséis centímetros y que la vagina es un músculo elástico, que el ser humano posee resiliencia innata y que una herida atendida a tiempo previene la muerte. Claramente, quienes me enseñaron esas cosas no estaban pensando en lo que ocurre cuando un adulto enajenado viola a una nena de siete años delante de su madre sin atención médica inmediata.
Las mujeres estamos todas arrodilladas en el piso, atadas con una cadena que nos une de pies y manos, formando una serie de círculos invertidos atados en línea desde la base. Sólo podemos mirar hacia arriba. Las ancianas no resisten y la línea recta empieza a desmoronarse. Las que nos sosteníamos perdemos el equilibrio cuando la madre de Agna trata de incorporarse usando toda su fuerza para asistir a su hija, que yace tendida, con las piernas abiertas en un charco de sangre. Se oye un disparo. La madre de Agna se desploma y todas volvemos a caer amontonadas al suelo. Entre varios vuelven a ordenarnos. Otra vez la hilera armada. El asesino nos apunta con ametralladora. ¿De dónde sacan tantas armas? No creo que quieran matarnos a todas, a algunas van a vendernos, por otras pedirán rescate, si no lo consiguen podrán matarnos luego, antes de convertirnos en sus juguetes y tal vez nos maten igual, incluso si lo consiguen. Sólo tres podríamos ser rescatadas por los dioses-institución que mandan: las dos monjas y yo. Ciencia y Fe. Es fácil reconocernos, nos delatan la ropa y la piel. Las tres miramos al suelo; sospecho que, igual que yo, las monjas prefieren morir a ser llevadas al cautiverio. Pero ellas tienen su dios; al menos tienen su dios a quien ofrecer este infierno, a quien ofrecer siquiera la duda de no vivir, que para ellas es pecado.
El destino es cierto para el resto, las que no sirvan para algo: el horror hasta la muerte. Agna de ejemplo. Creo que el hombre no quería matarla, lo noto en su cara, veo desde acá un destello, como preocupación o pena, diría que es preocupación. Es un hombre joven. Tal vez nunca antes había lastimado a una nena, tal vez le preocupa otra cosa. Agna es muy chiquita, su cuerpo es mínimo, como un perrito flaco. No se mueve.
Los gritos de las mujeres se suman a otros dos hombres de la guerrilla, los que estaban custodiando a los varones, que se acercan al escucharlas. Las monjas y yo callamos. Las demás son todo llanto. Los dos que llegaron golpean fuerte al que atacó a Agna mientras la señalan, uno en el abdomen y otro en la mandíbula. Lo reprenden en su idioma, no entiendo qué dicen pero me doy cuenta. Tal vez frustró los planes de la guerrilla de venderla bien, no sé. La guerrilla, igual que la Iglesia, igual que los nuestros, necesita financiación. El joven mira hacia abajo, acepta la reprimenda. Los varones capturados quedaron solos en la misma posición que nosotras, pies y manos juntos, enfrentándonos, a unos treinta metros. Con dificultad estiro el cuello buscando a Silvio. Lo veo totalmente echado, en la punta, tiene la boca llena de sangre y tierra, como si le hubieran pateado la mandíbula. Es tonto Silvio, desde acá veo en su mano la credencial. Anoche estuvimos hasta tarde tejiendo hipótesis sin terminar de nombrarlas, de lo que hoy podría salir mal. No eran tantas las opciones. O cruzábamos el puesto o nos atrapaban antes. Nos atraparon antes. Los dos sabemos que es mejor morir que terminar cautivos esperando el rescate. No lo sabíamos antes de llegar, lo supimos acá. Fuimos dándonos cuenta de todo lo que podía salir mal y nadie nos había dicho. Llegamos a la conclusión más terminal anoche, en la tienda: pacto suicida, hasta nos reímos de llamarlo así (tanto como puede uno reírse de semejante cosa). Yo no me atreví. Veo que Silvio tampoco, y no solo eso, el muy idiota trató de zafar mostrando la credencial. Si será idiota.
No hay niños varones en las hileras, los reclutan desde el vamos para su causa. Las niñas en cambio serán vendidas, en paquete con el resto de las mujeres que sirvan para aumentar el precio. Clavo la vista en mi compañero, en algún momento quizás mire acá. Estamos juntos en esto, tal vez no logremos sobrevivir pero estamos juntos.  
Las mujeres gritan, los varones gritan. Ruegos, perros ladrando, los raptores que pelean. Todo es polvo, sangre, angustia. No puedo seguir mirando, busco que eso se vuelva arrullo, como un zumbido que acune, así lo intento mientras mis ojos se cierran.
Qui sont les médecins! —ataca una voz ronca que invade, sombría. Qui sont les médecins. Quiénes son los médicos. No quiero mirar. Las opciones son tres y no quiero mirar pero tengo que abrir los ojos, quiero saber qué está pasando. El convocante pelea a los guardias de los varones mientras señala a Silvio tirado en suelo, inservible. Con solo verlo es obvio que Silvio es el médico, por su aspecto, y que no podrá ayudar a nadie, por cómo está. Deduzco que la reprimenda es por haberlo golpeado, no se golpea a los que pueden servir. El hombre alterna reprimenda y convocatoria. Nadie va a delatarme, lo sé. Todas estamos perdidas. El hombre imparte una instrucción a su gente. Nos desatan por un momento y separan de la hilera a cuatro de las mujeres: Cougra, las dos monjas y yo.
Cougra está de ocho meses, sigo su embarazo desde el comienzo. Como a tantas otras aquí, le enseñé los cuidados básicos para proteger al bebé y para protegerse a ella misma, hice todo lo que pude, todo lo que supe. Y sin embargo no es suficiente. No hay dato que ayude a Cougra contra la punta del Ka-Bar que le apoyan en la panza.
Qui son les médecins! —repite lúgubre. Nadie responde. Cougra llora y grita, la punta la está lastimando. Trato de callarme, estamos igual todas muertas, pero domina el impulso, maldita vocación y el juramento hipocrático, malditos médecins y maldita institución.
— ¡Yo! —intento gritar pero sale un hilito, mi garganta está seca, estoy débil y con sed. Las miradas de todas las cabezas que pueden moverse se apoyan en mí.
Qui son les médecins!
— ¡Yo! —insisto moviendo las manos. Me devuelven caras vacías. Entonces comprendo: no entienden qué digo. Grito, ahora sí: — C’ést moi!
El líder la suelta a Cougra. Otros dos me agarran de los hombros y me empujan hasta ubicarme donde está Agna, me arrodillo delante suyo y mis rodillas se empantanan en el charco de barro que se armó con la tierra y su sangre. Estoy más allá del llanto, esto supera todo. Tomo la muñeca de Agna entre mis manos, palpo su pecho, le toco la panza, busco su respiración. Agna está muerta.
Elle est morte —digo al aire. Está muerta.
El hombre toma por detrás al que la atacó, lo inmoviliza y le traza con el cuchillo una línea curva a la altura del cuello. El joven cae, se retuerce un poco y su sangre es como un río que sirve de advertencia al resto, de que acá hay reglas claras y quien no las cumple muere. Pienso que también para ellos, en este momento, la vida ha de ser dura. Pas de médecin pour lui. Il est aussi mort. Su mirada se apaga, los ojos se le cerraron. Ahora sí, para él no hay médico y está muerto también.
Miro alrededor. Todo es desierto. ¿Escapar a dónde? ¿Para qué? Si no morimos por estas bestias seremos cena de animales salvajes y no sé qué es peor. Por suerte tengo todavía entre la ropa mi pastilla. Espero que Silvio tenga la suya.

Griselda Perrotta

(*) Mención en el Concurso Nacional 60º Aniversario organizado por el Colegio de Médicos de Lomas de Zamora. Incluido en la antología Relatos Médicos. 


jueves, 1 de junio de 2017

La maldición de Mirna


Busco entre las cosas algún indicio, pero no encuentro. De que vivió conmigo. En los cajones, alguna prenda o un frasco en la heladera. Me fijo en la alacena, en el baño y en el escritorio. No hay caso. Mirna se fue para siempre.
Al principio encontraba, cuando empezaba a extrañarla, cosas por la casa, como si no se hubiera ido del todo. Me decía eso, que no se había ido del todo, que por eso me había dejado algunas de sus cosas. Hasta que me di cuenta de que se había ido para siempre, que fue cuando levanté la cabeza y miré los estantes más altos de la biblioteca, los que usaba ella, y vi que se había llevado sus libros, y entonces fui a su lado del placard y vi que se había llevado su ropa. Y ahí supe que no iba a volver nunca. ¿Qué más necesita una mujer, que sus libros y su ropa?
Con los años fue quedando cada vez menos de las cosas que dejó. Ojalá quedara algo de Mirna para poder recordarla. Si no hubiera sido por sus cosas la hubiera olvidado hace tiempo. Pero era imposible olvidarla, si estaba en todas partes. En la libreta con mariposas al lado del teléfono, las biromes de colores del lapicero, en los colores y en el lapicero. En las bolsas para freezer, los sahumerios, la yuca de la entrada, las galletitas de almendra, la harina de algarroba, la mermelada de kiwi y el abanico sobre el hogar. Me cubría con la manta que usaba Mirna cuando se recostaba a leer en el sillón y era como si Mirna me estuviera abrazando. La manta tenía su olor y, si cerraba a los ojos, enseguida me quedaba dormido, oliéndola.
La primera pelea que tuvimos con Clarisa fue por la manta de Mirna. Ella dijo que estaba roñosa, que la iba a hacer lavar y yo no quise. Me puse nervioso, Clarisa sospechó que había algo más y se puso pesada. Terminamos discutiendo “¡por una manta roñosa!”, gritaba Clarisa. Yo nunca le había hablado de Mirna; no le había contado que después de Mirna nunca pude volver a amar. Preferí callarme. No me animé a confesar que todavía Mirna y yo dormíamos juntos, en el olor de su manta. Esa misma tarde la puse en una bolsa y la doné a la iglesia. 
            La manta fue el primer paso. Ese día entendí que no podíamos vivir los tres juntos, Clarisa, Mirna y yo. Volví a casa e hice un inventario de todas las cosas de Mirna que quedaban. Eran muy pocas: la maceta turquesa, cinco carcasas de biromes secas, seis frascos vacíos, el abanico y el gato. Pero no podía, como si nada, tirarlos a la basura y que terminaran apilados en un basural. Sobre todo con el gato, no podía hacerle eso al gato. Habían estado en la casa durante siete años, largos, en esa casa que yo seguía compartiendo con una parte de Mirna. Tampoco podía regalarlos, ni usarlos para otra cosa. Si no, el espíritu de Mirna iba a habitar en esas cosas, en mi casa o donde fuera que estuvieran las cosas, y tarde o temprano iban a volver. No quería que volvieran, porque si volvían las cosas volvía Mirna, y si volvía Mirna se iba a ir Clarisa. Estaba seguro de que, si volvía Mirna, tarde o temprano se iba a ir Clarisa.
            Entonces se me ocurrió hacer un ritual de despedida, ponerlo todo en un pozo, prenderle fuego y purificarlo.
            Tenía que ser lunes, el único día que Clarisa trabajaba hasta tarde. Hacer el  pozo y el ritual me iba a llevar un tiempo, además de lo que me iba a llevar después volver a tapar el pozo, para que cuando volviera Clarisa no sospechara nada.
            Durante el fin de semana me encargué de comprar y esconder en el sótano la pala, bidones de nafta, una caja chica de fósforos y un pan de pasto para cubrir el agujero. El lunes, ni bien Clarisa salió para la Clínica, después del almuerzo, bajé al sótano a buscar las cosas. Miré los bidones de nafta, dos. Con uno me iba a alcanzar, así que agarré uno solo, la pala, los fósforos y el pan de pasto. Me costó subirlo todo junto pero pude.
            Primero hice el pozo, en una esquinita del parque, donde están las plantas altas. Ahí Clarisa no iba casi nunca, no iba a ver el pasto nuevo, que hasta que se uniera a la tierra iba a tardar. No muy grande, del tamaño de la maceta, más o menos. Pero sí profundo; tenía que ser profundo. Me llevó cuatro horas. Después fui a buscar las cosas. Entré al lavadero, agarré la maceta y puse adentro las biromes secas, que estaban con las herramientas; fui a la alacena alta y agarré los frascos; y al final el abanico, que seguía donde siempre, colgando del ganchito arriba del hogar. Recién ahí me di cuenta: el gato estaba mirando. No había pensado en el gato. Cuando quisiera meterlo no se iba a dejar. Iba a tener que atarlo. Pero si chillaba mucho capaz algún vecino se asomaba, y para purificarme de Mirna necesitaba intimidad. Demasiado para pensar, los materiales, Clarisa, los vecinos, el gato. Tenía que hacer algo con el gato para que se quedara quieto, así se dejaba meter y también se purificaba con las demás cosas de Mirna. Yo no quería matarlo, pero tenía que lograr que se me quedara quieto. Lo metí en el freezer y me fui a hacer el pozo. Chillaba. Pero me fui igual.
            Volví al pozo, metí la maceta; adentro ya estaban las biromes, los frascos y el abanico. Podía empezar por eso y después ir por el gato. Le vacié encima el bidón. Abrí la cajita, saqué un fósforo, lo deslicé de un tirón por el borde. Dije: “Chau, Mirna” y lo acompañé con la mano, hasta el fondo. Se me apagó en el trayecto. Fue frustrante, pero no podía dejarme ganar por la turra de Clarisa que, encima de abandonarme, ahora no se quería ir. Miré alrededor, tenía que haber algo. La soga de colgar la ropa. Con eso y tela de mi remera hice una mecha. La encendí y la bajé hasta la maceta.
            Cuando vi que había tomado volví a la cocina, a ver si el gato había dejado de chillar. Era su turno.
           
            Me paré delante de la heladera y vi que no había ruidos. Debía estar calmado. Así que despacio, con cuidado por si estaba fingiendo y me atacaba a la cara, abrí la puerta del freezer. Estaba enrollado al lado del pollo; parecía él, también, otro pollo pero con pelos; tenía hielo colgando de los bigotes y me miraba con los ojos entreabiertos, como pidiéndome que lo dejara ahí.
Y entonces de repente sentí que venía desde el sótano un rugir, como un viento que arrasaba.

            ¿Cómo iba a saber yo? ¿Cómo iba a saber que el bidón estaba pinchado? Además no sé si fue eso, lo que pasó. No sé. Me hubiera dado cuenta. No estaba tan alienado como para no darme cuenta, que el bidón estaba pinchado, que al subirlo había dejado un rastro que iba del pozo al sótano y volvía al otro bidón.
            Los bomberos llegaron, no sé si enseguida, calculo que sí, alguien los habrá llamado enseguida, porque recuerdo que cuando los dos bomberos entraron a la cocina yo todavía estaba parado mirando al gato adentro del freezer, había llamas alrededor, me cubrieron con una manta, agarraron al gato y nos sacaron.
            Sé que el gato está vivo porque en la ambulancia ya estaba mejor, y porque Clarisa me lo dijo, la vez que fue a verme, la única vez que fue. Recuerdo que me dijo, sonriendo y acariciándome:
— Hasta que la casa se pueda usar volví a vivir con mi abuela. Tu gato está bien, lo estoy cuidando yo.
Con la vista fija en la cama de al lado, dije:
— No es mi gato. Es el gato de Mirna.
— ¿Quién es Mirna? —preguntó ella.
Y entonces le conté todo, todo desde el principio.
Y así también la perdí a Clarisa.
Griselda Perrotta