SOMOS BERLÍN compartió esta entrevista que hicimos hace un tiempo con la gente de Nunca se Sabe. Visitala acá.
miércoles, 14 de agosto de 2019
viernes, 7 de junio de 2019
lunes, 8 de abril de 2019
Cuánto
Teníamos
el don de animar a las bestias,
hacerlas
hablar nuestra lengua
que
usaban después para insultar a su Creador
o
para besarnos
también
por
primera vez
caminábamos
entre los huesos y el naufragio,
se
notaba,
había
ocurrido un siglo atrás
¿Cuánto
de esto sobrevive a la luz del sol?,
nos
preguntábamos
con
la hilera de barriletes cortando el cielo
y
era increíble que,
aún
siendo de noche,
pudiésemos
distinguir colores
Desde
entonces tengo la boca hecha un infierno
y
las manos como garras
pegoteándose
aferradas
a lo que nos pudimos robar
“Desperdiciaste
los dulces”, nos retaban cuando éramos niños
Es
que nunca aprendimos
cuánto
dura un caramelo en el bolsillo
antes
de empezarse a derretir
Griselda Perrotta
domingo, 24 de marzo de 2019
El último soldado(*)
Decías algo del amanecer
yo doblaba las frazadas
Irnos sin rastros
Nosotros justo
que desde una cueva hacíamos temblar gigantes
Que los vimos
golpear su escritorio con las dos manos para advertir
e hicimos llama la chispa de tantos
Nosotros somos el rastro, dijiste
y fue lo último que escuché
Después vimos la puerta abrirse de una patada
Estamos solos, decías la noche anterior
Negaba pero tenías razón
Como cuando me agarraste la mano y corrimos
El sol saliendo también esa vez, recuerdo
Desde entonces todo fue noches
camas prestadas
andar con lo puesto
Cómo no enamorarnos en ese paso de apocalipsis
si el último bastión éramos nosotros
El último soldado
Cuando escapemos voy a contarte:
nunca adherí tanto a esta lucha
Me pregunto si alguien más sentía como yo
No elegimos el verano
Siempre
Las cosas grandes
son dadas por alguien más, pero
¿Dónde quedaba la duda?
En ese fervor grupal
masivo
común
No había tiempo para esas cosas
Tiempo
Tiempo y tu voz firme que entendíamos verdad
Duda inútil y estúpida
Como este arrepentimiento que es a medias y además tardío
Perdí la cuenta del tiempo
Aprendí el límite del dolor
Los mil matices de un gris que no deja de propagarse y se extiende
Ya ni escucho los lamentos
la queja
el derrumbe
Soy
el peso muerto de un cuerpo cortando el aire
Flores al costado de una tumba vacía
Vueltas en círculo y no encontrar
La llaga de una nación que grita Nunca Más pero no deja de repetirse
Su incendio mal apagado
No elegimos el verano, recuerdo
y entonces de vuelta escucho tu voz que es luz
hijos libres
bosques nuestros
Pero no todavía
No todavía
¿Cuántos colores son necesarios para tapar este gris?
¿Cómo?
¿Cómo es que afuera escucho gorriones,
cómo es que igual sale el sol si el gris no cesa?
Si no logramos romper los candados
¿Fuimos
acaso
la ilusión de un puente que acabó por ceder?
No se ruega por nosotros todavía
No suficiente
Mañana seremos carteles
listas
pintadas en las paredes
que nos invoquen y nos invoquen y nos invoquen
El porvenir a destiempo
Ceniza que se monta al río y avanza
Restos que nutren la tierra
y después barro
y valió la pena
Porque sabemos
que nadie fue tan feliz como nosotros cuando mirábamos el fuego
Y ninguna hoguera es en vano
Ninguna
Nadie esperaba esta lluvia
Fuimos el verano, es cierto
Pero el cansancio
¿Quién resiste la tibieza en los pies,
el viento fresco en la nuca?
No hay belleza en permanecer donde todo ha muerto
Mañana tal vez otros
Nosotros
Seremos tierra nutrida y el río correrá limpio para inundar las naciones
Los carteles no harán falta
Tendrá sentido el color
Tal vez otros mañana
No yo
Hoy
No todavía
yo doblaba las frazadas
Irnos sin rastros
Nosotros justo
que desde una cueva hacíamos temblar gigantes
Que los vimos
golpear su escritorio con las dos manos para advertir
e hicimos llama la chispa de tantos
Nosotros somos el rastro, dijiste
y fue lo último que escuché
Después vimos la puerta abrirse de una patada
Estamos solos, decías la noche anterior
Negaba pero tenías razón
Como cuando me agarraste la mano y corrimos
El sol saliendo también esa vez, recuerdo
Desde entonces todo fue noches
camas prestadas
andar con lo puesto
Cómo no enamorarnos en ese paso de apocalipsis
si el último bastión éramos nosotros
El último soldado
Cuando escapemos voy a contarte:
nunca adherí tanto a esta lucha
Me pregunto si alguien más sentía como yo
No elegimos el verano
Siempre
Las cosas grandes
son dadas por alguien más, pero
¿Dónde quedaba la duda?
En ese fervor grupal
masivo
común
No había tiempo para esas cosas
Tiempo
Tiempo y tu voz firme que entendíamos verdad
Duda inútil y estúpida
Como este arrepentimiento que es a medias y además tardío
Perdí la cuenta del tiempo
Aprendí el límite del dolor
Los mil matices de un gris que no deja de propagarse y se extiende
Ya ni escucho los lamentos
la queja
el derrumbe
Soy
el peso muerto de un cuerpo cortando el aire
Flores al costado de una tumba vacía
Vueltas en círculo y no encontrar
La llaga de una nación que grita Nunca Más pero no deja de repetirse
Su incendio mal apagado
No elegimos el verano, recuerdo
y entonces de vuelta escucho tu voz que es luz
hijos libres
bosques nuestros
Pero no todavía
No todavía
¿Cuántos colores son necesarios para tapar este gris?
¿Cómo?
¿Cómo es que afuera escucho gorriones,
cómo es que igual sale el sol si el gris no cesa?
Si no logramos romper los candados
¿Fuimos
acaso
la ilusión de un puente que acabó por ceder?
No se ruega por nosotros todavía
No suficiente
Mañana seremos carteles
listas
pintadas en las paredes
que nos invoquen y nos invoquen y nos invoquen
El porvenir a destiempo
Ceniza que se monta al río y avanza
Restos que nutren la tierra
y después barro
y valió la pena
Porque sabemos
que nadie fue tan feliz como nosotros cuando mirábamos el fuego
Y ninguna hoguera es en vano
Ninguna
Nadie esperaba esta lluvia
Fuimos el verano, es cierto
Pero el cansancio
¿Quién resiste la tibieza en los pies,
el viento fresco en la nuca?
No hay belleza en permanecer donde todo ha muerto
Mañana tal vez otros
Nosotros
Seremos tierra nutrida y el río correrá limpio para inundar las naciones
Los carteles no harán falta
Tendrá sentido el color
Tal vez otros mañana
No yo
Hoy
No todavía
Griselda Perrotta
(*)Publicado en Revista Muu+
jueves, 21 de marzo de 2019
El secreto del universo
Soñé tres
palabras que eran el secreto del universo o la creación
es igual
Y las letras o
sílabas empezaban a cambiar de sitio para formar menos palabras
Quedaban dos
Lo hacían otra
vez hasta dejar una sola
No recuerdo la
palabra
Lo importante
es que esa sola palabra contenía todo:
lo que había
sido antes de ser
lo que era
lo que no iba
a ser nunca
y el final de
las cosas
Condensaba el
absoluto
Una sola
palabra
Costaba
entender lo que presenciaba pero al final comprendía
Y desde ese
momento mínimo
mío
nunca nada más
sería requerido
Es decir: el
mundo podía desaparecer porque yo entendía
Y como salidos
de un tren fantasma el dios y el diablo
se aparecían
reían entre
ellos
cuchicheaban y
me decían: ¿no ves que somos lo mismo?
y se
convertían en uno
El dios y el
diablo se hacían uno
Blanco de
barba y con cuernos rojos
Hombre y mujer
era
Y el diablo
dios estiraba una mano hasta el cielo y la otra al infierno
y las nubes
empezaban acercarse
como
achicándose todo
y se volvían
un papel finito con la creación adentro
Todo porque yo
había podido ver la palabra
que no
recuerdo cuál era
Y al final
Cuando todos,
dios, la tierra, el diablo y las nubes éramos solo un papel
seco
casi
transparente
El dios diablo
abría la boca como hacen los dragones
y desde
adentro el mismo papel
a todos nos
incineraba
Nos hacíamos cenizas
Si el viento
nos llevaba no sé porque el sueño terminaba ahí
Supongo
que adentro
del papel habría quedado el viento
y a las
cenizas también las consumiría el fuego
si es que eso
es posible
Lo que me
preocupa del sueño no es que dios fuera el diablo
Que una sola
palabra alcanzara para comprender todo
ni que esa
palabra exista
Que por verla
sea yo la responsable del fin
Que todo pueda
acabar por capricho divino
Que nos
convirtiéramos en cenizas ni que hasta el viento deje de existir
Lo que me preocupa
es
que en mi sueño vos no aparecías
Griselda Perrotta
viernes, 15 de febrero de 2019
viernes, 8 de febrero de 2019
martes, 22 de enero de 2019
miércoles, 26 de diciembre de 2018
jueves, 13 de diciembre de 2018
El Japonés(*)
El Japonés, le dicen, pero es
peruano. “Todo el día al sol no se aguanta, si no”, repetía mordiendo el pucho
de costado y se vaciaba la botellita en la nuca. Blanca lo miraba de atrás del
mostrador adentro el local. “No lo mires así, se va a dar cuenta”, le dije un
día. “¿De qué?”, me preguntó distraída. Distraída y mimosa. “De que te gusta”, la
apreté. “¡Ay, ¿qué decís?, mirá si va a gustarme ese negro!” me contestó. Dijo “negro”.
El Japonés justo estaba de
espaldas agachado, acomodando los cartones. Se había sacado la remera porque el
calor era insoportable, como siempre que es verano y ciudad. Insoportable. “¿Qué
lo mirás tanto, entonces?”. Quise ponerla incómoda. Sería mi jefa pero me tenía
al límite. Si seguía circulando gente en la cuadra no era por la tienda que
heredó del padre. Era por los chinos y la vereda que la sostenían, a ella y a
los que como ella no habían querido vender. Además, solo una trastornada podía
usar medibacha en verano. “¿No tenés calor?”, le pregunté un día que vi cómo me
miraba las piernas. También era verano y yo había ido en short. “Es que no soy
como vos, yo”. Por primera vez supe que era una marmota.
Me había contratado el padre. Sabía
que a lo mejor si adentro había alguien normal capaz alguno entraba y, cuando
el padre murió, yo quedé. Blanca me heredó con la tienda. Tenemos la misma edad.
“Me llamaron la atención los tatuajes, eso”, me contestó sin dejar de mirarlo.
El Japonés de joven se había
embarcado a un pesquero, cinco años estuvo; y cuando volvió se había dibujado
las cinco serpientes, una por cada año. Decía que eran monstruos del mar, se
hacía el pirata y le quedaba bien. Aunque nunca lo dijo yo creo que allá sí fue
pirata. Si le sale tan bien tiene que haber aprendido allá. Esas cosas se
aprenden. Y un poco la entendía a Blanca. ¿Quién se resiste a un pirata? Era difícil
ignorar la espalda del Japonés desde el mostrador de fórmica, hay que
reconocerle. “¿Por qué no lo dejás usar el baño?”. Siempre que podía la
molestaba con preguntas así. La había empezado a tutear el día después que
murió el padre. Nunca cerró la tienda, ni un día. Lo velaron de noche, ella y
la hermana, y al día siguiente ya estaban acá. ¿Qué clase de judío hace eso? No
tuvo moral. La hermana murió al año. Accidente de moto. El tipo iba en la moto,
ella cruzaba la calle con un paquete de masas y la atropelló. Tampoco cerró esa
vez.
Le insistí: “Se tiene que ir
hasta el kiosco. Si para acá, tiene las cosas acá. ¿Qué te cuesta dejarlo usar
el baño?” La molestaba porque sabía que era incapaz de echarme. Y si me echaba,
mejor. “Tienen enfermedades”, me contestó. “¿Quiénes tienen enfermedades?”. Le
pregunté en serio. No entendía qué quiso decir. ¿Los peruanos?, ¿los manteros?,
¿los piratas? ¿Quiénes tienen enfermedades? “Los japoneses” aclaró. Más pruebas
de que era una idiota. “Es peruano” le dije. Ella sabía. Todos sabíamos.
Hizo un ovillo en la cuchara
con el saquito del té. Cuando dejó de chorrear lo apoyó en el plato, revolvió
tres veces y respondió: “es lo mismo”. Y me imagino que sí, que para Blanca
debía ser lo mismo.
Yo a la Policía no le iba a
decir nada. Ya bastante sabían de preguntar en la cuadra. O creían saber. “Pero
ustedes eran amigos”. “No”, les dije cuando vi cómo venía la mano. El cuerpo de
Blanca todavía estaba en el piso atravesando el local y al Japonés lo tenían
entre dos, como si estuviera resistiéndose o algo. “Yo no fui”, repetía una vez
atrás de la otra. “Yo no fui”. Y me miraba.
Estaba muerta. Al lado tenía
la abrochadora con un manchón de sangre del mismo color de la que le apelmazaba
los mechones al cráneo. Me preocupaba que en la abrochadora estuvieran nada más
las huellas de Blanca y las mías. Eso pensaba.
De repente todos se pusieron
derechos y entró uno con el uniforme más preparado, supuse que sería el
comisario o algo de eso. “Buenos días”, dijo mientras terminaba de atravesar la
persiana a medio alzar. “¿La occisa?” Supuse que quería decir “muerta”. Nadie habló pero todos miraron a
Blanca. Un vago. Con correr la mirada un poco la veía solo.
Se acercó al cuerpo mientras
con disimulo se llevaba una mano a la entrepierna (Blanca era pelirroja). Me
causó gracia que fuera supersticioso pero no pude culparlo, yo también soy. El
Japonés seguía repitiendo “yo no fui” como si se hubiera trabado. “Cerquen
todo”, dijo y en seguida aparecieron cintas conitos y palos de colores que
empezaron a desplegar. “Llévenselos a los dos”. El Japonés y yo.
Tendría que haberse escapado
cuando le dije. Le dije que iban a encontrar su semen en el cuerpo de Blanca, o
su ADN, no sé, esas cosas. Le dije que lo amaba y quería ayudarlo. Lo primero
era mentira. Lo segundo no. “¿Pero por qué me tengo que escapar si no yo no
fui?”, preguntaba.
La mañana anterior los había
encontrado abrazados en el baño ni bien entré, antes de subir la cortina. Se
vistieron rápido como dos chicos y él salió corriendo por la puertita. Blanca
tardó un poco más en subirse la medibacha y abrochase la pulserita de los
zapatos. Sí, sí. ¿Qué puedo decir? El cliché. Así era ella. Como a los diez
minutos salió, vuelta a peinar como si no hubiera pasado nada. Levantó la
cortina y empezamos a atender. En todo el día no hablamos. Cero palabras. Cero.
Desde adentro el local veíamos
al Japonés como si fuera un día normal. Era raro eso. Cuando se hicieron las
seis levantó todo y se fue. Ni miró para dentro, ni saludó, nada.
Blanca siempre cerraba a las
siete y desde las cinco empezó guardar las cosas del mostrador para que no
juntaran polvo, como siempre. Después también como siempre volvió a bajar la
cortina.
Entonces caminó a su banqueta
y abrió la cartera.
Hay que ser trastornada para
tener un arma en el local ¿a quién se le ocurre con las cosas que pasan? Son
peligrosas las armas. “Blanca, bajá eso”. Le temblaba la mano. Yo tenía más
miedo de que se le escapara un tiro de que me disparara por su propia voluntad.
“Blanca, vos no podés matar a nadie. Además esas cosas a mí no me importan. No
le voy a contar a nadie”. Mentira. Se lo pensaba contar a toda la cuadra.
“Ustedes tuvieron algo, el
Japonés me contó” dijo sin dejar de apuntarme. Si será tarado. ¿Qué cuernos le
tenía que ir a contar? Capaz no era la primera vez. No debía ser la primera
vez. “¿Fue la primera vez?”, le pregunté y me largó una carcajada. Esa fue su
respuesta. Cuánta maldad. “Dejá el arma Blanca, vamos a hablar, preparo un té y
hablamos” le dije. En la calle ya iba parando el movimiento. Teníamos la
persiana baja pero se notaba.
Vi que bajaba el arma y la
apoyaba en el mostrador. “Guardala”, le repetí. Se acercó a su cartera, sacó
una fundita verde de gamuza y puso adentro la pistola.
Yo fui al fondo a calentar el
agua.
De paso al baño vi el toallón
en el suelo y las medias del Japonés.
Cuando volví Blanca estaba de
espaldas acomodando las flores de tela.
Sobre el mostrador vi la
abrochadora.
Esta mañana llegué y todavía
seguía en el mismo lugar donde la dejé anoche.
A la Policía la llamé yo. El
Japonés como un tarado entró solo antes que llegaran.
Dicen que en la calle hay
cámaras pero para mí es mentira.
Ojalá quede preso por pirata,
el Japonés. O por asesino.
Y que yo herede la tienda, si
se puede. Yo de leyes no sé…
Griselda Perrotta
(*)Premio Accésit-Concurso de Cuentos 2018-Colegio Público de
Abogados de la Capital Federal
lunes, 10 de diciembre de 2018
lunes, 19 de noviembre de 2018
Frontera 5ta edición
Frontera 5ta edición disponible online desde la página de Peces de Ciudad o en los siguientes puntos de venta:
° Los libros muerden (online) | loslibrosmuerden@gmail.com
° Armonías Libros
(Billinghurst 480, Almagro)
° Librería Rodríguez
Almagro (Pringles 486, Almagro)
° Espacio Moebius
(Bulnes 658, Almagro)
° La Coop (Bulnes 640,
almagro)
° Librería del Conti
(Av. Libertador 8151, Nuñez)
° Dain Usina Cultural
(Thames 1905, Palermo)
° Eterna Cadencia
(Honduras 5574, Palermo)
° Libros del pasaje
(Thames 1762, Palermo)
° Barrilete Libros
(Salcedo 2654, Parque Patricios)
° Hocus Pocus (Defensa
1323, San Telmo)
° La Libre (Bolívar 438,
San Telmo)
° Caburé Libros (México
620, San Telmo)
° Librería Rodríguez
Villa Crespo (Raúl Scalabrini Ortiz 181, Villa Crespo)
° Factotum Libros (Mitre
1054, Berazategui)
° Cantamañanas (Paunero
1421, San Miguel)
° Malisia (Diagonal 78
N#506, La Plata)
° La vaca mariposa libros (online) | www.lavacamariposa.com.ar
° La ladrona de libros
(online) | laladronalibros@gmail.com
° Lu Reads (online) | www.lureads.com
jueves, 8 de noviembre de 2018
Los desertores
Voy a delatarme
Dejar de inventar excusas que me pongan en la puerta de un Italpark abandonado
o peor
esa masa verde en que lo convirtieron
Aviones que despistan para impactar contra estaciones de servicio
Trenes sin frenos
Bengalas que se atoran en un falso cielo
La ciudad sabe
de este ácido en las entrañas
cada vez que una niña vende flores en Constitución y un señor las compra
Pero callamos
Merecemos el tridente atravesándonos la carne
No supimos poner a salvo las semillas
Ya no habrá lluvias ni abejas suficientes
sombra bajo los árboles
Lo inmediato consume
Lo correcto diluye
Somos un compilado eficiente de frases de señalador
Teníamos el parque de diversiones más grande de Sudamérica
y lo cambiamos por escenarios multifunción
donde tomar mates en ronda sobre una lona de Frida Kahlo
Pero aquí estamos
Los desertores
La piel de gallina en verano
El terror de no saber si nuestras hijas podrán gritar sus nombres mañana
No alcanzarán los pañuelos para recuperar lo que nos sacaron
lo que nos dejamos arrebatar
No alcanzarán los colores
Elijamos bien las causas
porque hay un vampiro en la puerta de cada hogar
al acecho de cada suspiro nuestro
Limándose las uñas con cal
mientras nosotros
tomamos mates en ronda y nos tatuamos pelotudeces
Basta de lamento si no estamos dispuestos a reparar puentes
a construirlos, si es necesario
Seamos los símbolos
los pañuelos
Se lo debemos a cada cuerpo al costado de una ruta
A los que nunca vamos a recuperar
Tengo miedo de que el cansancio nos venza y dejemos de reconocernos
De que al saltar del balcón imaginemos alas
y nos contemos
mirando al suelo
que la televisión decía la verdad
Tengo miedo de que la lucha sea un entretenimiento de pocos
Mientras los monstruos
nos duermen al lado y los abrazamos
De que algún día
este océano
a nosotros también nos dé igual
Griselda Perrotta
jueves, 11 de octubre de 2018
Suerte
Cuando hayamos agotado la pólvora,
¿quién va a acariciar nuestros cuerpos cansados?
Lamernos la transpiración seca en los pliegues del cuello y decirnos que
está bien
o decir nada
Sé que no hay luz al otro lado del muro
Estuve ahí
En el cristal de la copa sucia antes de romperse
El dorso helado de dos manos ásperas
tantas veces
apartándome
Tenemos tiempo para saborear el desierto
La eternidad completa
Patitos feos que el cazador eligió
antes de hacerse cisnes
No pudimos mostrar nuestras plumas
Las más brillantes de la comarca
si hubieran llegado a existir
Los picos negros
exóticos y envidiables
Tal vez sólo fue mala suerte
Nuestra propia responsabilidad, incluso
Estar en el lugar menos indicado y en el momento incorrecto, pero
¿qué sabe un pato?
Alguien debe tener la respuesta, sin embargo
Porque ahora que nos vemos
que nos tenemos
de algo estoy segura:
una gota es suficiente para inundar el desierto
si encajan tiempo y lugar
Es energía pura
la belleza latiendo en un frasco
encerrada
con agujeritos en la tapa
Hay que alimentarla
ponerla al sol y ofrecerle bebidas dulces
insistir
Por justicia o por venganza
hasta hacerla confesarnos
sus planes
Griselda Perrotta
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