"La esperanza" leído en Cuentos Criollos. Escuchalo acá.
sábado, 23 de junio de 2018
sábado, 28 de abril de 2018
El Desdén
De chico me gustaba llegar primero a todas
partes. Si era antes de la hora, mejor, y me sentaba aparte a mirar cómo
terminaban de prepararse los lugares, las personas y las cosas.
Ya a los seis, mamá me mandaba solo a todos
lados. Decía que acá no pasaba nada. Pero eso era mentira, en todas partes
pasan cosas. Más en un balneario, sobre todo en invierno —aunque, en realidad,
El Desdén no es un balneario—. No sé a quién se lo decía. A mí me lo decía. Y
cuando me pedía algo que era un descuido (eso lo entiendo ahora), cerraba con:
“total acá no pasa nada”. Yo no sé si mamá sabía del Moka. No debía saber,
porque cuando el Moka te agarraba, te decía muchas cosas, cosas feas, pero la
más fea era que, si contabas, iba a aparecerse en tu casa para matarlos a
todos. Por eso lo del Moka era un secreto, nuestro, entre los chicos. No
hablábamos de él. Pero si estábamos por los acantilados o en la playa, y el
Moka pasaba caminando, por ejemplo, todos nos quedábamos duros, nenas y
varones, hasta que terminaba de pasar, y después algunos se ponían a llorar
solos o se iban corriendo. Y a veces no es que el Moka nos mirara, ni nada.
Otras veces sí. Pero no hacía falta.
El Moka era sobrino de Leonor, la del fondo.
Había venido a vivir con ella a El Desdén, nadie sabía por qué. Bastante más
grande que nosotros. No sé bien cuánto, pero cuando los de la Comunión del
noventa teníamos siete, que es cuando empezamos el curso de la parroquia en
Cangrejos, él ya manejaba la camioneta de Garmendia, con papeles. Lo sé porque
una vez la Policía lo vino a buscar y, cuando le pidió documentos, él dijo que
tenía nada más el registro. Estaba Morales, de Los Cangrejos, y también otros
dos que eran de la Capital, lo sé porque Morales se lo dijo al Moka. Ese día se
lo llevaron. Era otoño y ya hacía frío.
Cada uno trató de averiguar por su cuenta. No
nos importaba por qué se lo habían llevado; queríamos saber si volvía. Fuimos
juntados los datos, y al final supusimos que el Moka le había hecho algo malo a
una “puki”, como les decimos acá a los que vienen por el día en verano. Parece
que cuando volvieron a la Ciudad la chica contó, y al Moka lo denunciaron.
Cuando saltó en el balneario los grandes lo
defendían. Lo que es yo, que los adultos lo defendieran al Moka no me afectaba.
Lo que no podía soportar era que lo defendiera mi madre. Es verdad, yo nunca
había contado, ni a ella ni a nadie. Pero igual. Ahora que puedo, me pregunto
qué estaban pensando para decir que una nena de once años era “una puta como
todas las de ciudad”, que el Moka era “un chico decente”, que “seguro ella
estaba inventando todo, putita”, y que “si no, merecido lo tenía, por puta, con
esa malla tan chica, culpa de la madre”. Todo eso decían. Yo había llegado
temprano a la Peña y los escuchaba de adentro el placard, en la casa de
Garmendia, que hasta hoy, y a su edad, es quien manda en El Desdén.
Cuando los escuché, me pasó de golpe imaginarme
a la nena y al Moka, y al Moka haciéndole cosas. Yo me acordaba de esa nena: rulos
negros hasta los hombros, ojos azules, boca chiquita rosa oscuro, casi roja, y
la piel blanca, como lustrosa. Casi no venían turistas. Iban todos a Los
Cangrejos. Pero con el tiempo ahí se fue llenando, y algunos empezaron a venir
para acá porque decían que era tranquilo. Los de ciudad confunden estancado con
tranquilo. Estancado no es tranquilo. Estancado es agua sucia, peces muertos,
moscas volando, gusanos, peste. Eso es estancado. Eso es El Desdén. No hay
escuela, médico, iglesia, intendente ni policía. Para esas cosas hay que irse
hasta Los Cangrejos, que queda a diez kilómetros. La nuestra fue la primera
camada en hacer la primaria y tomar la Comunión. Todo eso lo armó Garmendia.
Eso, y el transporte. Garmendia y Leonor se entendían. Sospecho que capaz él
sabía por qué el Moka se había mudado a El Desdén.
A poco de llegar, nuestros padres, Leonor y
Garmendia decidieron que en la semana el Moka nos llevaba a Los Cangrejos hasta
la escuela, y los sábados al curso de Comunión, los que los padres querían.
Viajábamos en silencio, el Moka adelante, los chicos atrás. Por momentos se
daba vuelta y reía como un demente. No nos dejaba llorar. Si alguno lloraba,
tenía un palo largo con un cortaplumas atado y amenazaba desde adelante. Nunca
nos tocaba con el filo, pero igual pueden pasar cosas. Aunque en el fondo no
quisiera lastimarnos con ese palo, igual pueden pasar cosas. Así Rosario perdió
un ojo: mientras el Moka estaba torcido, con el palo estirado, se cruzó un
perro y chocamos. El perro murió, el Moka soltó el volante, la camioneta
impactó en un tronco y Rosario perdió el ojo. Ahí sí todos lloramos, hasta el
Moka, que salió del auto y se sentó en una roca. Después se fijó si la
camioneta arrancaba y agarró cosas del baúl. Hizo una fogata, quemó el palo y
apagó todo con el agua de tomar, la del bidón. Cuando eso estuvo, con el codo
rompió los vidrios de la camioneta, que cayeron todos sobre el suelo y los
asientos, y nos dijo que nos sentáramos encima. Todos llorábamos. Subió a la
camioneta el cuerpo del perro y seguimos.
Cuando llegamos a Los Cangrejos manejaba como
loco, directo hasta la Salita. Salió corriendo, haciéndose el que lloraba, y lo
escuchamos contar que un perro se le había atravesado, que perdió el control,
que le parecía que algunos estábamos lastimados, pedía ayuda, pedía perdón, se
arrodillaba en el piso. Los chicos sabíamos que estaba actuando, porque un rato
antes lo habíamos visto llorar en serio y, cuando el Moka lloraba en serio, no
era así. Cuando lloraba en serio se tiraba de los pelos para arriba con las dos
manos, chillaba fuerte y le colgaban mocos. Mentía. Lo comprobamos cuando abrió
la puerta, antes que la gente llegara para ayudarnos, y nos puso la misma
mirada de siempre, sucia, retorcida, y le agregó media sonrisa. Ni falta hizo
que lo diga: nadie podía contar.
Yo no me había lastimado. Mientras esperaba que
revisaran a los demás, entré a la escuela para hacer tiempo. Paseando, terminé
parado delante del mueble de piso a techo que era la biblioteca. Yo nunca la
había visto, los de El Desdén no teníamos acceso a todo. En la semana era
directo al aula y después vuelta a la camioneta. Era la primera vez que veía
tantos libros. Los colores, una dimensión nueva, como un mundo dentro del mundo
en el que se existe. Y el olor me lo confirmaba: eso que estaba viendo era de
otro lugar. Jacinta, que trabajaba, que sigue trabajando ahí, se me puso al
lado, me apoyó una mano en el hombro y se estiró para arañar, con la otra, un
libro rojo, chiquito. No recuerdo cuál era, pero ese día empecé a leer.
Escondía los libros como se esconde la llave del botiquín en un lugar pobre.
Leía de noche, en general, pero también de día si estaba solo. Me los llevaba a
casa entre la ropa, de a dos a veces, y Jacinta me buscaba ella para hacer el
recambio.
A partir del accidente el Moka fue un héroe en
El Desdén. Nunca entendí cómo. Ya no sólo era llevarnos, ahora también se le
pedía opinión sobre cuestiones nuestras, como horarios, comidas, gustos. Los
padres nuestros decían que el Moka era quien más nos conocía. Hasta que la
Policía se lo llevó.
La tarde de ese día que al Moka se lo llevaron
fue como un duelo ahí, entre los grandes. Ni eso. Ni eso. Porque cuando en El Desdén
uno moría, lo único que se hacía era llevarlo a Cangrejos y todo, la misa, el
llanto, el entierro, era en Cangrejos. Y lo más importante: el muerto quedaba
allá. Lo mismo con los enfermos. Cuando fue lo del Moka, en cambio, no.
Corrieron todos donde Leonor para decirle que contaba con ellos. Mientras
tanto, estábamos sorprendidos. Del apoyo y de que nadie, ni uno solo de los
grandes, preguntara a nosotros por el Moka. Ya luego, no había reunión donde el
asunto no fuera tema central. A mí me molestaba mucho. Más que a los otros.
Quería contar lo que había pasado, pero me decían que estaba loco, que el Moka
podía volver, que lo dejara así. Yo pensaba diferente. No me importaba. Creía
que si mi madre, si todas las madres, los padres no sé, pero las madres, se
enteraban del Moka, iban a abrazarnos fuerte y pedirnos perdón ellas, y
entonces ya no íbamos a tener que callarnos, ni tener sensación de secreto
cuando alguien lo nombraba al Moka. Eso pensaba. Hasta el día de lo de
Garmendia, en la Peña, que estaba escondido y los grandes decían, tan frescos,
que la nena era una “putita” y que, como fuera, lo merecía.
Fue como verlos, y se me cruzó lo primero: que
la nena era como yo, aunque fuera puki, ella y yo éramos lo mismo. Entonces
pensé lo segundo: que yo también sería una putita y que también me lo merecía.
Pero fue menos de un segundo. Enseguida me entró una furia desde la panza y la
amenaza del Moka me importó tres carajos; y casi salgo desde el placard de
Garmendia, contándoles lo del Moka, lo que nos hacía, y de la amenaza. Pero no
lo hice. Entre el murmullo pude distinguir clara la voz de mi madre diciendo,
por encima de las otras: “es IMposible que el Moka haya hecho una cosa así; y
si lo hizo, vaya a saber cómo fue; es IMposible; IMposible. Yo estoy segura que
el Moka ya va a volver, y va a seguir ocupándose de los chicos como siempre. No
sabemos lo que pasó con esa puki; y tampoco es cosa nuestra”. Pero sí era cosa
suya. Si había pasado, era cosa de todos en El Desdén. Ahora que soy padre, me
pregunto cómo es posible que no quisieran saber. Me acomodé en el placard hasta
el final de la Peña. Nadie se dio cuenta de que faltaba.
Como ya no estaba el Moka, Leonor, ella, a
pedido de Garmendia, se ocupó de llevarnos a Los Cangrejos.
Ya más tranquilo cuando el Moka no estaba,
haciendo el curso del cura, llegó la primera Confesión. Tanto se había dicho
del secreto, los ojos de dios y la mentira, que a mí me parecía que lo del Moka
era algo importante que en ese momento tenía que contar. Tal vez fue lo solemne,
la intimidad del confesionario, tal vez el tono discreto. Tal vez. Era el
último de la fila, no por algo en particular; sólo me había puesto al final.
Habían terminado todos y esperaban en el patio
jugando a las escondidas. Se escuchaban, desde adentro, los pies corriendo
golpear contra el suelo, las risas mezcladas, las voces. Arrodillado en el
escalón, con las manos entrecruzadas, conté al cura, con detalles, cada
atrocidad del Moka. En un mismo pulso y sin llorar. Del cura no esperaba
palabras. Solo quería contarlo. Escuchó mi historia en silencio, sin
sorprenderse, como el relato de una guerra lejana en la que se anuncian los
muertos, sin ser capaz de imaginar, de imaginar realmente, los cadáveres
apilados, las viudas, los huérfanos, los moscas sobre los cuerpos, las casas
destruidas, los animales sueltos. Sin ser capaz de ver, en definitiva, la
muerte que se relata. Cuando terminé estaba aliviado, hasta libre, pero
entonces el cura torció la cabeza y, sin correr la ventanita, sin mirarme,
dijo: “Eduardo, hay que perdonar. Diez padrenuestros y veinte avemarías.” Esa
tarde le dije a mi mamá que no quería tomar la Comunión. Fui la vergüenza de
ella, de El Desdén y de toda mi generación.
Un tiempo después terminamos la primaria.
Ninguno siguió estudiando porque para eso había que mudarse a Pampas, y
nosotros teníamos que trabajar. Trabajar en la pesquera, que era, y sigue
siendo, lo único en El Desdén. De no ser por la pesquera, El Desdén no
existiría.
De grande me casé con
Rosario. Nos besamos una tarde y seguimos hasta hoy. Yo trabajo en la pesquera
y ella cuida a nuestro hijo, que todavía es bebé. Desde que estamos juntos
nunca, ni una sola vez, nombramos al Moka.
Griselda Perrotta
jueves, 15 de febrero de 2018
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miércoles, 20 de diciembre de 2017
las máscaras de hierro
Conozco el sabor del sulfato en las piedras
El andar torpe de los faisanes
Me entrego a la ferocidad del sol y sus cicatrices
Ignoro la calma
Soy el pueblo atrapado entre un puerto y la gran
ciudad
Señal de ruta que la intemperie oxida
Venado muerto
degollado
que adorna las paredes de un club
Mis heridas ya no sangran, pero con la humedad
todavía
duelen
Una bruja adivinó mi desgracia hace tanto que a veces
lo olvido
Lo olvido y pienso que el mundo es nuestro
Lo olvido:
no hay mundo
no hay nuestro
Solo reflectores lejanos
Luces de ciudad que encandilan
Que no dejan descansar, y lo intento
Juro que intento la oscuridad,
mi reposo
Antes del baldazo frío,
del talco en la cara
Antes que los hilos vuelvan a tensarse y otra vez
toque la escena
repetida
de un pájaro y las canciones más bellas
Pájaro que es historia y bandera
Que sabe
Sabe
Que lo que sus alas tocan no es cielo y se le va en
eso la vida
Saber si hay un cielo
Qué hay más allá
Más allá de las máscaras de hierro
De los almohadones y el temor
Más allá de la malentendida piedad
Piedad
¡Cuántas vidas se apagan en tu nombre!
¿Cuánto falta para que mi cabeza también ruede?
Anhelo el silencio
Mi propia tumba me rechaza
Mi madre
Los hijos que me faltaron
y un dios
responsable de todas las cosas, por el que grito
todavía
Y otra vez mis heridas sangran
y estoy acá
El veneno me recorre y no es justo
Pólvora quemada a los pies de un cañón
El pájaro se mece en la rama
Tirita
Busca el nido que falta
Espera su bala en el pecho
Sentado
La espera
Griselda Perrotta
domingo, 17 de diciembre de 2017
FRONTERA - cuarta edición
Presentamos la cuarta edición de mi libro FRONTERA. Podés conseguirlo en:
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jueves, 5 de octubre de 2017
La Fortaleza (*)
Mi
historia empieza en una terraza. No recuerdo los detalles pero sí los colores,
que son también los olores cuando pienso en mis abuelos. En esa terraza.
No
se abandona la patria cuando no quiere soltarte. Cuando es así, cuando la
patria no quiere soltarte, la patria se hace una fortaleza. Como una embajada chiquita
dentro de ese otro país siempre extranjero, ajeno. Hostil. Fortaleza
impenetrable, en una terraza cualquiera de cualquier barrio porteño.
Esa
es la historia que vengo a contar.
Mis
abuelos eran la terraza. La terraza y salsa de tomate, albahaca y picante. Mucho
picante. Picante en el huevo, en la pizza, en las pastas. Picante con agua y aceite.
Comían eso a veces: picante, agua y aceite. Pipireata. Mamá decía que con eso
paleaban el hambre en Italia. Que se llenaban de aceite, agua y picante para
engañar al hambre. Para engañar al tiempo, que se hace más largo cuando es con
hambre. Mi madre también nació en Italia y vivió cinco años allá, los primeros
cinco, hasta que mi abuelo mandó traer a las tres: hija, esposa, madre / madre,
abuela, suegra / nieta, nuera, bisabuela.
Mi historia es la
historia de tres mujeres que un día subieron a un barco siguiendo el designio
del mismo varón que años atrás las había dejado.
Dos décadas después
llegué yo.
Otra mujer, mismo
destino.
Lo
que más recuerdo de mis abuelos es la terraza. Mujeres lavando a mano,
tendiendo en sogas, disponiendo compras, cenas y almuerzos. Hombres durmiendo
la siesta. Mujeres no. Hombres trabajando afuera. Mujeres dentro y afuera.
Hombres violentos. Mujeres también.
Violentos todos. Estridentes.
Demasiado para esa ciudad chata, homogénea, que se desparramaba al otro lado de
La Fortaleza.
Vida urbana y
traicionera, liviana, común. Vida de papeles y de cemento, sin aromas, sin
color. Vida urbana.
La
vida urbana mató a mi abuela, eso dijeron los médicos. Hubo diagnóstico y todo.
Simplemente empezó a enloquecer después de bajar del barco. Cuarenta días con
su suegra y la nena en un depósito del Puerto. Diez años de conventillo. Trabajos
denigrantes. Pobreza. Inmundicia diez años y después la fortuna. Su casa
grande, su castillo. Poder comprar…lo que había.
En la ciudad no hay
gallinas ni pipireu. El cerdo es una pasta rosada que se corta en fetas y va a
casa en un papel. Los huevos siempre están pasados, los zapatos aprietan. El
piso es duro y se vive aislado. No hay tribus en la ciudad y el ruido lo tapa
todo.
El castillo, la
fortaleza. Un día tuvo eso, mi abuela. Espacio, escaleras, muchas habitaciones.
Y su propio gallinero en la terraza.
Colombres y Venezuela,
barrio de Boedo.
Allí, en mi infancia,
yo veía torcer pescuezos y desplumar animales.
Yo. Niña bien de jumper
almidonado y camisita blanca, colegio de monjas porque eso sí, había que
ascender. Para eso (si no para qué) mi abuelo había dejado a sus mujeres solas tanto
tiempo. Hay que justificar esa movida.
Y así lo hicimos.
Fue implacable mi madre:
nosotros no llevaríamos la vida de mis abuelos (la suya). Seríamos gente fina. Uñas
pintadas, jeans de marca, clases de piano. Tacos altos, hombreras y permanente
—eran los ochenta y eso se llevaba—.
Gatopardo, The Embers, Ray
Ban. Cancha de tenis y paté de foie.
Pero no se abandona la
patria.
No se abandona la
patria cuando la patria no quiere soltarte y más si se almuerza en La
Fortaleza.
Ahí, con esos mismos
adornos, uniforme de escuela privada y carteras de charol, nosotros,
descendientes primeros del pueblo de mis abuelos, éramos la envidia de
cualquier bistreaux: alivi scachiati, alivi arrustuti, pipireu, brasholi,
milinshana. Mejores que cualquier frasco por más cool que sea la etiqueta.
Porque las etiquetas
mienten: la comida de mis abuelos no se escribe. Se dice. Como una canción que se
aprende de oído.
Porque la comida es la
patria y son mentira las palabras cuando se habla de la patria.
La tierra de mis
abuelos no tiene registros. No había tiempo para esas cosas y en la Argentina
fue igual.
La historia de mis
abuelos se dice.
A eso vengo.
Griselda Perrotta
(*) Mención Especial en el VIII Concurso
Literario de la Sociedad Italiana de San Pedro.
Publicado en la Antología del
VIII Concurso de Cuentos y Relatos de Inmigrantes.
martes, 1 de agosto de 2017
Reseña en "El Furgón"
“Acá se pierden amores, se ríe y se llora.” GustavoGrazioli leyó mi libro FRONTERA y escribió esta reseña
para El Furgón, ala digital de Revista Sudestada.
Dice:
“Ese paseo por los talleres de Alberto Laiseca no quedó en el recuerdo
de alguien que intentó escribir. Perrotta va hasta el máximo con algunas de las
enseñanzas del “Conde Lai” y el leitmotiv de vivir para escribir se cuela,
consciente o no, por los poros de cada uno de esos narradores. No hay pose ni
reventados postmodernos. Hay vidas tratando de zafar las ausencias
condenatorias y un lenguaje que no se calla.”
La reseña completa en este link.
martes, 4 de julio de 2017
El cruce (*)
No la mira como si fuera la hija. Dice
que es el padre pero no la mira como si fuera la hija. No soy tarada. Tampoco
me importa, cosas de ellos. Solo necesito que me crucen. Qué calor que hace, se
nota que acá no llueve, la tierra está seca y llena de pozos, me estoy partiendo
la espalda. Es la única forma. Acostada en el doble fondo, bajo la cama de los
cerdos. El olor es insoportable pero hay que aguantar. Podría ser peor, podría chorrear
la paja, por ejemplo.
Paramos. No puede ser tan pronto. No podemos
haber llegado al puesto tan pronto. No puede ser bueno que nos hayan parado.
Paran camiones con animales cuando los registran. No puede ser bueno que nos
hayan parado. ¿Dónde estará Silvio? Entramos al galpón separados, hombres,
mujeres, y después de a uno para subir. Los hombres fueron con Marcos y las
mujeres con ella, con la chica que trajo ayer y dijo que era la hija. Aunque
estuvieras con alguien entrabas solo, acá abajo uno está solo. Si pasa algo
también, solo. No se hacen cargo de nada y eso te lo avisan. No puede ser bueno
que nos hayan parado. Ojalá Marcos y la hija puedan seguir sin que revisen.
Si revisan estamos muertos. A la
guerrilla no se la engaña. Estás con ellos o estás muerto. ¿Quién nos mandó a elegir
África? ¿No había suficiente muerte en América? ¿No alcanzaban el hambre, el
sida y la malaria en español? No. Teníamos que salvar el mundo. África. Como si
acá el hambre, el sida y la malaria fueran distintos de los que había allá, a
mil, dos mil, cuatro mil kilómetros de casa. Tenía que ser África. Demasiado
jóvenes y demasiado idiotas. Pensábamos que el guardapolvo blanco nos haría
inmunes. La guerrilla no escucha razones. Cuando ataca una aldea arrasa con
todo, hombres, mujeres, niños, animales. Y médicos, claro. ¿Por qué no iban a llevarnos
también a nosotros? Valemos igual que el resto: nada. No valemos nada. Un
número más, una estadística, un lindo artículo en las revistas, héroes de
cartulina. Éramos los próximos. Van barriendo al revés de las agujas del reloj.
Al revés de todo. Marcos vino con el dato de que éramos los siguientes cuando
trajo el cargamento, el mes pasado. ¿Qué íbamos a hacer, si lo más probable es
que fuera cierto? Al menos que iban a llegar. Al menos eso. Si bastaba con ver
a lo lejos la humareda de las chozas incendiadas, y si el viento era a favor
hasta los gritos, a veces, se escuchaban.
Ojalá Marcos pueda esquivar la requisa.
Si no estamos muertos. Dijo que nos sacaba con la entrega del mes si le
dejábamos lo nuestro. Lo de la sala y lo de la gente, el sembrado, los
animales. Así Marcos se va armando lo que tiene. Es poderoso. Sé que no se
llama Marcos, pero quiere que le digamos así. En otras aldeas habrá sido Jean
Luque, Vicenzo, Jabahia o vaya a saber qué. No tiene acento, habla con todos
los matices juntos. Es imposible saber su origen o adivinar la edad. Había que
decidir para el día siguiente, dice que para cruzar el puesto tiene que
arreglar cosas. Ahí sí tiene arreglado. El tema es la ruta. La ruta, es el
problema. Si te agarran en la ruta.
Marcos o como se llame no es tan
distinto de la guerrilla. También hizo lo suyo a costillas de la gente. Por lo
menos él no te mata. Acá la lucha es entre guerrilla y carroña. La lucha baja,
la que mata, viola, quema y destroza, a la gente que solo busca vivir un día mientras
espera el siguiente. Como nosotros desde que llegamos a la aldea. Silvio me
convenció de venir. Yo quería ir a Francia. Pero no. Teníamos que ser
grandiosos, distintos. Y acá estamos. En el doble fondo de la cama de los
cerdos, esperando, rezando, yo soy atea pero se entiende, rezando para pasar el
puesto.
No puede ser bueno que hayamos parado
tan pronto. No puede ser bueno que por las hendijas vea tres hombres en musculosa
olfateando, altos como montañas. No puede ser bueno que el del medio gire la
escopeta e impacte la culata contra la madera, ni que yo sienta el golpe. No
puede ser bueno que el listón se haya quebrado y me esté mirando fijo. No puede
ser bueno.
*****
En la Facultad aprendí muchas cosas.
Aprendí por ejemplo que el pene promedio mide dieciséis centímetros y que la
vagina es un músculo elástico, que el ser humano posee resiliencia innata y que
una herida atendida a tiempo previene la muerte. Claramente, quienes me
enseñaron esas cosas no estaban pensando en lo que ocurre cuando un adulto enajenado
viola a una nena de siete años delante de su madre sin atención médica inmediata.
Las mujeres estamos todas arrodilladas
en el piso, atadas con una cadena que nos une de pies y manos, formando una
serie de círculos invertidos atados en línea desde la base. Sólo podemos mirar
hacia arriba. Las ancianas no resisten y la línea recta empieza a desmoronarse.
Las que nos sosteníamos perdemos el equilibrio cuando la madre de Agna trata de
incorporarse usando toda su fuerza para asistir a su hija, que yace tendida,
con las piernas abiertas en un charco de sangre. Se oye un disparo. La madre de
Agna se desploma y todas volvemos a caer amontonadas al suelo. Entre varios
vuelven a ordenarnos. Otra vez la hilera armada. El asesino nos apunta con
ametralladora. ¿De dónde sacan tantas armas? No creo que quieran matarnos a
todas, a algunas van a vendernos, por otras pedirán rescate, si no lo consiguen
podrán matarnos luego, antes de convertirnos en sus juguetes y tal vez nos
maten igual, incluso si lo consiguen. Sólo tres podríamos ser rescatadas por
los dioses-institución que mandan: las dos monjas y yo. Ciencia y Fe. Es fácil
reconocernos, nos delatan la ropa y la piel. Las tres miramos al suelo;
sospecho que, igual que yo, las monjas prefieren morir a ser llevadas al
cautiverio. Pero ellas tienen su dios; al menos tienen su dios a quien ofrecer
este infierno, a quien ofrecer siquiera la duda de no vivir, que para ellas es
pecado.
El destino es cierto para el resto, las
que no sirvan para algo: el horror hasta la muerte. Agna de ejemplo. Creo que
el hombre no quería matarla, lo noto en su cara, veo desde acá un destello,
como preocupación o pena, diría que es preocupación. Es un hombre joven. Tal
vez nunca antes había lastimado a una nena, tal vez le preocupa otra cosa. Agna
es muy chiquita, su cuerpo es mínimo, como un perrito flaco. No se mueve.
Los gritos de las mujeres se suman a
otros dos hombres de la guerrilla, los que estaban custodiando a los varones,
que se acercan al escucharlas. Las monjas y yo callamos. Las demás son todo
llanto. Los dos que llegaron golpean fuerte al que atacó a Agna mientras la señalan,
uno en el abdomen y otro en la mandíbula. Lo reprenden en su idioma, no
entiendo qué dicen pero me doy cuenta. Tal vez frustró los planes de la
guerrilla de venderla bien, no sé. La guerrilla, igual que la Iglesia, igual
que los nuestros, necesita financiación. El joven mira hacia abajo, acepta la
reprimenda. Los varones capturados quedaron solos en la misma posición que
nosotras, pies y manos juntos, enfrentándonos, a unos treinta metros. Con
dificultad estiro el cuello buscando a Silvio. Lo veo totalmente echado, en la
punta, tiene la boca llena de sangre y tierra, como si le hubieran pateado la
mandíbula. Es tonto Silvio, desde acá veo en su mano la credencial. Anoche
estuvimos hasta tarde tejiendo hipótesis sin terminar de nombrarlas, de lo que hoy
podría salir mal. No eran tantas las opciones. O cruzábamos el puesto o nos
atrapaban antes. Nos atraparon antes. Los dos sabemos que es mejor morir que
terminar cautivos esperando el rescate. No lo sabíamos antes de llegar, lo
supimos acá. Fuimos dándonos cuenta de todo lo que podía salir mal y nadie nos
había dicho. Llegamos a la conclusión más terminal anoche, en la tienda: pacto
suicida, hasta nos reímos de llamarlo así (tanto como puede uno reírse de
semejante cosa). Yo no me atreví. Veo que Silvio tampoco, y no solo eso, el muy
idiota trató de zafar mostrando la credencial. Si será idiota.
No hay niños varones en las hileras, los
reclutan desde el vamos para su causa. Las niñas en cambio serán vendidas, en
paquete con el resto de las mujeres que sirvan para aumentar el precio. Clavo
la vista en mi compañero, en algún momento quizás mire acá. Estamos juntos en
esto, tal vez no logremos sobrevivir pero estamos juntos.
Las mujeres gritan, los varones gritan. Ruegos,
perros ladrando, los raptores que pelean. Todo es polvo, sangre, angustia. No
puedo seguir mirando, busco que eso se vuelva arrullo, como un zumbido que acune,
así lo intento mientras mis ojos se cierran.
— Qui
sont les médecins! —ataca una voz ronca que invade, sombría. Qui sont les
médecins. Quiénes son los médicos. No quiero mirar. Las opciones son tres y no
quiero mirar pero tengo que abrir los ojos, quiero saber qué está pasando. El
convocante pelea a los guardias de los varones mientras señala a Silvio tirado
en suelo, inservible. Con solo verlo es obvio que Silvio es el médico, por su
aspecto, y que no podrá ayudar a nadie, por cómo está. Deduzco que la
reprimenda es por haberlo golpeado, no se golpea a los que pueden servir. El
hombre alterna reprimenda y convocatoria. Nadie va a delatarme, lo sé. Todas estamos
perdidas. El hombre imparte una instrucción a su gente. Nos desatan por un
momento y separan de la hilera a cuatro de las mujeres: Cougra, las dos monjas
y yo.
Cougra está de ocho meses, sigo su
embarazo desde el comienzo. Como a tantas otras aquí, le enseñé los cuidados
básicos para proteger al bebé y para protegerse a ella misma, hice todo lo que
pude, todo lo que supe. Y sin embargo no es suficiente. No hay dato que ayude a
Cougra contra la punta del Ka-Bar que le apoyan en la panza.
— Qui
son les médecins! —repite lúgubre. Nadie responde. Cougra llora y grita, la
punta la está lastimando. Trato de callarme, estamos igual todas muertas, pero
domina el impulso, maldita vocación y el juramento hipocrático, malditos
médecins y maldita institución.
— ¡Yo! —intento gritar pero sale un
hilito, mi garganta está seca, estoy débil y con sed. Las miradas de todas las cabezas
que pueden moverse se apoyan en mí.
— Qui
son les médecins!
— ¡Yo! —insisto moviendo las manos. Me devuelven
caras vacías. Entonces comprendo: no entienden qué digo. Grito, ahora sí: — C’ést moi!
El líder la suelta a Cougra. Otros dos
me agarran de los hombros y me empujan hasta ubicarme donde está Agna, me
arrodillo delante suyo y mis rodillas se empantanan en el charco de barro que se
armó con la tierra y su sangre. Estoy más allá del llanto, esto supera todo.
Tomo la muñeca de Agna entre mis manos, palpo su pecho, le toco la panza, busco
su respiración. Agna está muerta.
— Elle
est morte —digo al aire. Está muerta.
El hombre toma por detrás al que la atacó,
lo inmoviliza y le traza con el cuchillo una línea curva a la altura del
cuello. El joven cae, se retuerce un poco y su sangre es como un río que sirve
de advertencia al resto, de que acá hay reglas claras y quien no las cumple
muere. Pienso que también para ellos, en este momento, la vida ha de ser dura.
Pas de médecin pour lui. Il est aussi mort. Su mirada se apaga, los ojos se le
cerraron. Ahora sí, para él no hay médico y está muerto también.
Miro alrededor. Todo es desierto. ¿Escapar
a dónde? ¿Para qué? Si no morimos por estas bestias seremos cena de animales
salvajes y no sé qué es peor. Por suerte tengo todavía entre la ropa mi
pastilla. Espero que Silvio tenga la suya.
Griselda Perrotta
(*) Mención en el
Concurso Nacional 60º Aniversario organizado por el Colegio de Médicos de Lomas
de Zamora. Incluido en la antología Relatos Médicos.
sábado, 10 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
La maldición de Mirna
Busco entre las cosas algún indicio, pero no
encuentro. De que vivió conmigo. En los cajones, alguna prenda o un frasco en
la heladera. Me fijo en la alacena, en el baño y en el escritorio. No hay caso.
Mirna se fue para siempre.
Al principio encontraba, cuando empezaba a
extrañarla, cosas por la casa, como si no se hubiera ido del todo. Me decía
eso, que no se había ido del todo, que por eso me había dejado algunas de sus
cosas. Hasta que me di cuenta de que se había ido para siempre, que fue cuando
levanté la cabeza y miré los estantes más altos de la biblioteca, los que usaba
ella, y vi que se había llevado sus libros, y entonces fui a su lado del
placard y vi que se había llevado su ropa. Y ahí supe que no iba a volver
nunca. ¿Qué más necesita una mujer, que sus libros y su ropa?
Con los años fue quedando cada vez menos de las
cosas que dejó. Ojalá quedara algo de Mirna para poder recordarla. Si no
hubiera sido por sus cosas la hubiera olvidado hace tiempo. Pero era imposible
olvidarla, si estaba en todas partes. En la libreta con mariposas al lado del
teléfono, las biromes de colores del lapicero, en los colores y en el lapicero.
En las bolsas para freezer, los sahumerios, la yuca de la entrada, las
galletitas de almendra, la harina de algarroba, la mermelada de kiwi y el
abanico sobre el hogar. Me cubría con la manta que usaba Mirna cuando se
recostaba a leer en el sillón y era como si Mirna me estuviera abrazando. La
manta tenía su olor y, si cerraba a los ojos, enseguida me quedaba dormido, oliéndola.
La primera pelea que tuvimos con Clarisa fue
por la manta de Mirna. Ella dijo que estaba roñosa, que la iba a hacer lavar y
yo no quise. Me puse nervioso, Clarisa sospechó que había algo más y se puso pesada.
Terminamos discutiendo “¡por una manta roñosa!”, gritaba Clarisa. Yo nunca le
había hablado de Mirna; no le había contado que después de Mirna nunca pude
volver a amar. Preferí callarme. No me animé a confesar que todavía Mirna y yo
dormíamos juntos, en el olor de su manta. Esa misma tarde la puse en una bolsa
y la doné a la iglesia.
La manta fue el primer paso. Ese día
entendí que no podíamos vivir los tres juntos, Clarisa, Mirna y yo. Volví a
casa e hice un inventario de todas las cosas de Mirna que quedaban. Eran muy
pocas: la maceta turquesa, cinco carcasas de biromes secas, seis frascos
vacíos, el abanico y el gato. Pero no podía, como si nada, tirarlos a la basura
y que terminaran apilados en un basural. Sobre todo con el gato, no podía
hacerle eso al gato. Habían estado en la casa durante siete años, largos, en
esa casa que yo seguía compartiendo con una parte de Mirna. Tampoco podía
regalarlos, ni usarlos para otra cosa. Si no, el espíritu de Mirna iba a
habitar en esas cosas, en mi casa o donde fuera que estuvieran las cosas, y
tarde o temprano iban a volver. No quería que volvieran, porque si volvían las
cosas volvía Mirna, y si volvía Mirna se iba a ir Clarisa. Estaba seguro de que,
si volvía Mirna, tarde o temprano se iba a ir Clarisa.
Entonces se me ocurrió hacer un
ritual de despedida, ponerlo todo en un pozo, prenderle fuego y purificarlo.
Tenía que ser lunes, el único día
que Clarisa trabajaba hasta tarde. Hacer el
pozo y el ritual me iba a llevar un tiempo, además de lo que me iba a
llevar después volver a tapar el pozo, para que cuando volviera Clarisa no
sospechara nada.
Durante el fin de semana me encargué
de comprar y esconder en el sótano la pala, bidones de nafta, una caja chica de
fósforos y un pan de pasto para cubrir el agujero. El lunes, ni bien Clarisa
salió para la Clínica, después del almuerzo, bajé al sótano a buscar las cosas.
Miré los bidones de nafta, dos. Con uno me iba a alcanzar, así que agarré uno
solo, la pala, los fósforos y el pan de pasto. Me costó subirlo todo junto pero
pude.
Primero hice el pozo, en una
esquinita del parque, donde están las plantas altas. Ahí Clarisa no iba casi
nunca, no iba a ver el pasto nuevo, que hasta que se uniera a la tierra iba a
tardar. No muy grande, del tamaño de la maceta, más o menos. Pero sí profundo;
tenía que ser profundo. Me llevó cuatro horas. Después fui a buscar las cosas.
Entré al lavadero, agarré la maceta y puse adentro las biromes secas, que
estaban con las herramientas; fui a la alacena alta y agarré los frascos; y al final
el abanico, que seguía donde siempre, colgando del ganchito arriba del hogar.
Recién ahí me di cuenta: el gato estaba mirando. No había pensado en el gato.
Cuando quisiera meterlo no se iba a dejar. Iba a tener que atarlo. Pero si
chillaba mucho capaz algún vecino se asomaba, y para purificarme de Mirna necesitaba
intimidad. Demasiado para pensar, los materiales, Clarisa, los vecinos, el gato.
Tenía que hacer algo con el gato para que se quedara quieto, así se dejaba
meter y también se purificaba con las demás cosas de Mirna. Yo no quería
matarlo, pero tenía que lograr que se me quedara quieto. Lo metí en el freezer
y me fui a hacer el pozo. Chillaba. Pero me fui igual.
Volví al pozo, metí la maceta;
adentro ya estaban las biromes, los frascos y el abanico. Podía empezar por eso
y después ir por el gato. Le vacié encima el bidón. Abrí la cajita, saqué un
fósforo, lo deslicé de un tirón por el borde. Dije: “Chau, Mirna” y lo acompañé
con la mano, hasta el fondo. Se me apagó en el trayecto. Fue frustrante, pero
no podía dejarme ganar por la turra de Clarisa que, encima de abandonarme,
ahora no se quería ir. Miré alrededor, tenía que haber algo. La soga de colgar la
ropa. Con eso y tela de mi remera hice una mecha. La encendí y la bajé hasta la
maceta.
Cuando vi que había tomado volví a
la cocina, a ver si el gato había dejado de chillar. Era su turno.
Me paré delante de la heladera y vi
que no había ruidos. Debía estar calmado. Así que despacio, con cuidado por si
estaba fingiendo y me atacaba a la cara, abrí la puerta del freezer. Estaba
enrollado al lado del pollo; parecía él, también, otro pollo pero con pelos;
tenía hielo colgando de los bigotes y me miraba con los ojos entreabiertos,
como pidiéndome que lo dejara ahí.
Y entonces de repente sentí que venía desde el
sótano un rugir, como un viento que arrasaba.
¿Cómo iba a saber yo? ¿Cómo iba a
saber que el bidón estaba pinchado? Además no sé si fue eso, lo que pasó. No
sé. Me hubiera dado cuenta. No estaba tan alienado como para no darme cuenta, que
el bidón estaba pinchado, que al subirlo había dejado un rastro que iba del
pozo al sótano y volvía al otro bidón.
Los bomberos llegaron, no sé si enseguida,
calculo que sí, alguien los habrá llamado enseguida, porque recuerdo que cuando
los dos bomberos entraron a la cocina yo todavía estaba parado mirando al gato
adentro del freezer, había llamas alrededor, me cubrieron con una manta, agarraron
al gato y nos sacaron.
Sé que el gato está vivo porque en
la ambulancia ya estaba mejor, y porque Clarisa me lo dijo, la vez que fue a
verme, la única vez que fue. Recuerdo que me dijo, sonriendo y acariciándome:
— Hasta que la casa se pueda usar volví a vivir
con mi abuela. Tu gato está bien, lo estoy cuidando yo.
Con la vista fija en la cama de al lado, dije:
— No es mi gato. Es el gato de Mirna.
— ¿Quién es Mirna? —preguntó ella.
Y entonces le conté todo, todo desde el
principio.
Y así también la perdí a Clarisa.
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