sábado, 28 de abril de 2018

El Desdén

De chico me gustaba llegar primero a todas partes. Si era antes de la hora, mejor, y me sentaba aparte a mirar cómo terminaban de prepararse los lugares, las personas y las cosas.
Ya a los seis, mamá me mandaba solo a todos lados. Decía que acá no pasaba nada. Pero eso era mentira, en todas partes pasan cosas. Más en un balneario, sobre todo en invierno —aunque, en realidad, El Desdén no es un balneario—. No sé a quién se lo decía. A mí me lo decía. Y cuando me pedía algo que era un descuido (eso lo entiendo ahora), cerraba con: “total acá no pasa nada”. Yo no sé si mamá sabía del Moka. No debía saber, porque cuando el Moka te agarraba, te decía muchas cosas, cosas feas, pero la más fea era que, si contabas, iba a aparecerse en tu casa para matarlos a todos. Por eso lo del Moka era un secreto, nuestro, entre los chicos. No hablábamos de él. Pero si estábamos por los acantilados o en la playa, y el Moka pasaba caminando, por ejemplo, todos nos quedábamos duros, nenas y varones, hasta que terminaba de pasar, y después algunos se ponían a llorar solos o se iban corriendo. Y a veces no es que el Moka nos mirara, ni nada. Otras veces sí. Pero no hacía falta.
El Moka era sobrino de Leonor, la del fondo. Había venido a vivir con ella a El Desdén, nadie sabía por qué. Bastante más grande que nosotros. No sé bien cuánto, pero cuando los de la Comunión del noventa teníamos siete, que es cuando empezamos el curso de la parroquia en Cangrejos, él ya manejaba la camioneta de Garmendia, con papeles. Lo sé porque una vez la Policía lo vino a buscar y, cuando le pidió documentos, él dijo que tenía nada más el registro. Estaba Morales, de Los Cangrejos, y también otros dos que eran de la Capital, lo sé porque Morales se lo dijo al Moka. Ese día se lo llevaron. Era otoño y ya hacía frío.
Cada uno trató de averiguar por su cuenta. No nos importaba por qué se lo habían llevado; queríamos saber si volvía. Fuimos juntados los datos, y al final supusimos que el Moka le había hecho algo malo a una “puki”, como les decimos acá a los que vienen por el día en verano. Parece que cuando volvieron a la Ciudad la chica contó, y al Moka lo denunciaron.
Cuando saltó en el balneario los grandes lo defendían. Lo que es yo, que los adultos lo defendieran al Moka no me afectaba. Lo que no podía soportar era que lo defendiera mi madre. Es verdad, yo nunca había contado, ni a ella ni a nadie. Pero igual. Ahora que puedo, me pregunto qué estaban pensando para decir que una nena de once años era “una puta como todas las de ciudad”, que el Moka era “un chico decente”, que “seguro ella estaba inventando todo, putita”, y que “si no, merecido lo tenía, por puta, con esa malla tan chica, culpa de la madre”. Todo eso decían. Yo había llegado temprano a la Peña y los escuchaba de adentro el placard, en la casa de Garmendia, que hasta hoy, y a su edad, es quien manda en El Desdén.
Cuando los escuché, me pasó de golpe imaginarme a la nena y al Moka, y al Moka haciéndole cosas. Yo me acordaba de esa nena: rulos negros hasta los hombros, ojos azules, boca chiquita rosa oscuro, casi roja, y la piel blanca, como lustrosa. Casi no venían turistas. Iban todos a Los Cangrejos. Pero con el tiempo ahí se fue llenando, y algunos empezaron a venir para acá porque decían que era tranquilo. Los de ciudad confunden estancado con tranquilo. Estancado no es tranquilo. Estancado es agua sucia, peces muertos, moscas volando, gusanos, peste. Eso es estancado. Eso es El Desdén. No hay escuela, médico, iglesia, intendente ni policía. Para esas cosas hay que irse hasta Los Cangrejos, que queda a diez kilómetros. La nuestra fue la primera camada en hacer la primaria y tomar la Comunión. Todo eso lo armó Garmendia. Eso, y el transporte. Garmendia y Leonor se entendían. Sospecho que capaz él sabía por qué el Moka se había mudado a El Desdén.
A poco de llegar, nuestros padres, Leonor y Garmendia decidieron que en la semana el Moka nos llevaba a Los Cangrejos hasta la escuela, y los sábados al curso de Comunión, los que los padres querían. Viajábamos en silencio, el Moka adelante, los chicos atrás. Por momentos se daba vuelta y reía como un demente. No nos dejaba llorar. Si alguno lloraba, tenía un palo largo con un cortaplumas atado y amenazaba desde adelante. Nunca nos tocaba con el filo, pero igual pueden pasar cosas. Aunque en el fondo no quisiera lastimarnos con ese palo, igual pueden pasar cosas. Así Rosario perdió un ojo: mientras el Moka estaba torcido, con el palo estirado, se cruzó un perro y chocamos. El perro murió, el Moka soltó el volante, la camioneta impactó en un tronco y Rosario perdió el ojo. Ahí sí todos lloramos, hasta el Moka, que salió del auto y se sentó en una roca. Después se fijó si la camioneta arrancaba y agarró cosas del baúl. Hizo una fogata, quemó el palo y apagó todo con el agua de tomar, la del bidón. Cuando eso estuvo, con el codo rompió los vidrios de la camioneta, que cayeron todos sobre el suelo y los asientos, y nos dijo que nos sentáramos encima. Todos llorábamos. Subió a la camioneta el cuerpo del perro y seguimos.
Cuando llegamos a Los Cangrejos manejaba como loco, directo hasta la Salita. Salió corriendo, haciéndose el que lloraba, y lo escuchamos contar que un perro se le había atravesado, que perdió el control, que le parecía que algunos estábamos lastimados, pedía ayuda, pedía perdón, se arrodillaba en el piso. Los chicos sabíamos que estaba actuando, porque un rato antes lo habíamos visto llorar en serio y, cuando el Moka lloraba en serio, no era así. Cuando lloraba en serio se tiraba de los pelos para arriba con las dos manos, chillaba fuerte y le colgaban mocos. Mentía. Lo comprobamos cuando abrió la puerta, antes que la gente llegara para ayudarnos, y nos puso la misma mirada de siempre, sucia, retorcida, y le agregó media sonrisa. Ni falta hizo que lo diga: nadie podía contar.
Yo no me había lastimado. Mientras esperaba que revisaran a los demás, entré a la escuela para hacer tiempo. Paseando, terminé parado delante del mueble de piso a techo que era la biblioteca. Yo nunca la había visto, los de El Desdén no teníamos acceso a todo. En la semana era directo al aula y después vuelta a la camioneta. Era la primera vez que veía tantos libros. Los colores, una dimensión nueva, como un mundo dentro del mundo en el que se existe. Y el olor me lo confirmaba: eso que estaba viendo era de otro lugar. Jacinta, que trabajaba, que sigue trabajando ahí, se me puso al lado, me apoyó una mano en el hombro y se estiró para arañar, con la otra, un libro rojo, chiquito. No recuerdo cuál era, pero ese día empecé a leer. Escondía los libros como se esconde la llave del botiquín en un lugar pobre. Leía de noche, en general, pero también de día si estaba solo. Me los llevaba a casa entre la ropa, de a dos a veces, y Jacinta me buscaba ella para hacer el recambio.
A partir del accidente el Moka fue un héroe en El Desdén. Nunca entendí cómo. Ya no sólo era llevarnos, ahora también se le pedía opinión sobre cuestiones nuestras, como horarios, comidas, gustos. Los padres nuestros decían que el Moka era quien más nos conocía. Hasta que la Policía se lo llevó.
La tarde de ese día que al Moka se lo llevaron fue como un duelo ahí, entre los grandes. Ni eso. Ni eso. Porque cuando en El Desdén uno moría, lo único que se hacía era llevarlo a Cangrejos y todo, la misa, el llanto, el entierro, era en Cangrejos. Y lo más importante: el muerto quedaba allá. Lo mismo con los enfermos. Cuando fue lo del Moka, en cambio, no. Corrieron todos donde Leonor para decirle que contaba con ellos. Mientras tanto, estábamos sorprendidos. Del apoyo y de que nadie, ni uno solo de los grandes, preguntara a nosotros por el Moka. Ya luego, no había reunión donde el asunto no fuera tema central. A mí me molestaba mucho. Más que a los otros. Quería contar lo que había pasado, pero me decían que estaba loco, que el Moka podía volver, que lo dejara así. Yo pensaba diferente. No me importaba. Creía que si mi madre, si todas las madres, los padres no sé, pero las madres, se enteraban del Moka, iban a abrazarnos fuerte y pedirnos perdón ellas, y entonces ya no íbamos a tener que callarnos, ni tener sensación de secreto cuando alguien lo nombraba al Moka. Eso pensaba. Hasta el día de lo de Garmendia, en la Peña, que estaba escondido y los grandes decían, tan frescos, que la nena era una “putita” y que, como fuera, lo merecía.
Fue como verlos, y se me cruzó lo primero: que la nena era como yo, aunque fuera puki, ella y yo éramos lo mismo. Entonces pensé lo segundo: que yo también sería una putita y que también me lo merecía. Pero fue menos de un segundo. Enseguida me entró una furia desde la panza y la amenaza del Moka me importó tres carajos; y casi salgo desde el placard de Garmendia, contándoles lo del Moka, lo que nos hacía, y de la amenaza. Pero no lo hice. Entre el murmullo pude distinguir clara la voz de mi madre diciendo, por encima de las otras: “es IMposible que el Moka haya hecho una cosa así; y si lo hizo, vaya a saber cómo fue; es IMposible; IMposible. Yo estoy segura que el Moka ya va a volver, y va a seguir ocupándose de los chicos como siempre. No sabemos lo que pasó con esa puki; y tampoco es cosa nuestra”. Pero sí era cosa suya. Si había pasado, era cosa de todos en El Desdén. Ahora que soy padre, me pregunto cómo es posible que no quisieran saber. Me acomodé en el placard hasta el final de la Peña. Nadie se dio cuenta de que faltaba.
Como ya no estaba el Moka, Leonor, ella, a pedido de Garmendia, se ocupó de llevarnos a Los Cangrejos.
Ya más tranquilo cuando el Moka no estaba, haciendo el curso del cura, llegó la primera Confesión. Tanto se había dicho del secreto, los ojos de dios y la mentira, que a mí me parecía que lo del Moka era algo importante que en ese momento tenía que contar. Tal vez fue lo solemne, la intimidad del confesionario, tal vez el tono discreto. Tal vez. Era el último de la fila, no por algo en particular; sólo me había puesto al final.
Habían terminado todos y esperaban en el patio jugando a las escondidas. Se escuchaban, desde adentro, los pies corriendo golpear contra el suelo, las risas mezcladas, las voces. Arrodillado en el escalón, con las manos entrecruzadas, conté al cura, con detalles, cada atrocidad del Moka. En un mismo pulso y sin llorar. Del cura no esperaba palabras. Solo quería contarlo. Escuchó mi historia en silencio, sin sorprenderse, como el relato de una guerra lejana en la que se anuncian los muertos, sin ser capaz de imaginar, de imaginar realmente, los cadáveres apilados, las viudas, los huérfanos, los moscas sobre los cuerpos, las casas destruidas, los animales sueltos. Sin ser capaz de ver, en definitiva, la muerte que se relata. Cuando terminé estaba aliviado, hasta libre, pero entonces el cura torció la cabeza y, sin correr la ventanita, sin mirarme, dijo: “Eduardo, hay que perdonar. Diez padrenuestros y veinte avemarías.” Esa tarde le dije a mi mamá que no quería tomar la Comunión. Fui la vergüenza de ella, de El Desdén y de toda mi generación.
Un tiempo después terminamos la primaria. Ninguno siguió estudiando porque para eso había que mudarse a Pampas, y nosotros teníamos que trabajar. Trabajar en la pesquera, que era, y sigue siendo, lo único en El Desdén. De no ser por la pesquera, El Desdén no existiría.
De grande me casé con Rosario. Nos besamos una tarde y seguimos hasta hoy. Yo trabajo en la pesquera y ella cuida a nuestro hijo, que todavía es bebé. Desde que estamos juntos nunca, ni una sola vez, nombramos al Moka. 
Griselda Perrotta



jueves, 15 de febrero de 2018

Frontera - puntos de venta

Frontera se consigue en Peces de Ciudad tienda online y también en:

→ Colastiné Libros (Mendoza 2620, Belgrano)
Libros del pasaje (Thames 1762, Palermo)
Hocus Pocus (Defensa 1323, San Telmo) 
→ Nivangio (Colombres 946, Boedo)
→ La Vaca Mariposa. (Palermo) 
→ Caburé Libros (México 620, San Telmo)
→ Librería del Conti (Av. Libertador 8151, Nuñez)
→ Factotum Libros (Mitre 1054, Berazategui)
→ Cantamañanas (Paunero 1421, San Miguel)
→ Supermercado Libros (17 # 1541 e/63 y 64, La Plata)


miércoles, 20 de diciembre de 2017

las máscaras de hierro

Conozco el sabor del sulfato en las piedras
El andar torpe de los faisanes
Me entrego a la ferocidad del sol y sus cicatrices
Ignoro la calma

Soy el pueblo atrapado entre un puerto y la gran ciudad
Señal de ruta que la intemperie oxida
Venado muerto
degollado
que adorna las paredes de un club

Mis heridas ya no sangran, pero con la humedad
todavía
duelen

Una bruja adivinó mi desgracia hace tanto que a veces lo olvido
Lo olvido y pienso que el mundo es nuestro
Lo olvido:
no hay mundo
no hay nuestro
Solo reflectores lejanos
Luces de ciudad que encandilan
Que no dejan descansar, y lo intento
Juro que intento la oscuridad,
mi reposo
Antes del baldazo frío,
del talco en la cara
Antes que los hilos vuelvan a tensarse y otra vez toque la escena
repetida
de un pájaro y las canciones más bellas

Pájaro que es historia y bandera
Que sabe
Sabe
Que lo que sus alas tocan no es cielo y se le va en eso la vida
Saber si hay un cielo
Qué hay más allá

Más allá de las máscaras de hierro
De los almohadones y el temor
Más allá de la malentendida piedad
Piedad
¡Cuántas vidas se apagan en tu nombre!
¿Cuánto falta para que mi cabeza también ruede?
Anhelo el silencio
Mi propia tumba me rechaza
Mi madre
Los hijos que me faltaron
y un dios
responsable de todas las cosas, por el que grito
todavía
Y otra vez mis heridas sangran
y estoy acá
El veneno me recorre y no es justo

Pólvora quemada a los pies de un cañón
El pájaro se mece en la rama
Tirita
Busca el nido que falta
Espera su bala en el pecho
Sentado
La espera
Griselda Perrotta

domingo, 17 de diciembre de 2017

FRONTERA - cuarta edición

Presentamos la cuarta edición de mi libro FRONTERA. Podés conseguirlo en:

→ Peces de Ciudad (venta online) 
→ Librería del Conti (Av. Libertador 8151, Nuñez)
→ Colastiné Libros (Mendoza 2620, Belgrano)
 Libros del pasaje (Thames 1762, Palermo)
 Hocus Pocus (Defensa 1323, San Telmo)
→ Nivangio (Colombres 946, Boedo)
→ Caburé Libros (México 620, San Telmo)
→ Factotum Libros (Mitre 1054, Berazategui)
→ Cantamañanas (Paunero 1421, San Miguel)
→ Supermercado Libros (17 # 1541 e/63 y 64, La Plata)

→ La Vaca Mariposa. (Palermo)

jueves, 5 de octubre de 2017

La Fortaleza (*)

            Mi historia empieza en una terraza. No recuerdo los detalles pero sí los colores, que son también los olores cuando pienso en mis abuelos. En esa terraza.
          No se abandona la patria cuando no quiere soltarte. Cuando es así, cuando la patria no quiere soltarte, la patria se hace una fortaleza. Como una embajada chiquita dentro de ese otro país siempre extranjero, ajeno. Hostil. Fortaleza impenetrable, en una terraza cualquiera de cualquier barrio porteño.
            Esa es la historia que vengo a contar.

          Mis abuelos eran la terraza. La terraza y salsa de tomate, albahaca y picante. Mucho picante. Picante en el huevo, en la pizza, en las pastas. Picante con agua y aceite. Comían eso a veces: picante, agua y aceite. Pipireata. Mamá decía que con eso paleaban el hambre en Italia. Que se llenaban de aceite, agua y picante para engañar al hambre. Para engañar al tiempo, que se hace más largo cuando es con hambre. Mi madre también nació en Italia y vivió cinco años allá, los primeros cinco, hasta que mi abuelo mandó traer a las tres: hija, esposa, madre / madre, abuela, suegra / nieta, nuera, bisabuela.
         Mi historia es la historia de tres mujeres que un día subieron a un barco siguiendo el designio del mismo varón que años atrás las había dejado.
Dos décadas después llegué yo.
Otra mujer, mismo destino.

           Lo que más recuerdo de mis abuelos es la terraza. Mujeres lavando a mano, tendiendo en sogas, disponiendo compras, cenas y almuerzos. Hombres durmiendo la siesta. Mujeres no. Hombres trabajando afuera. Mujeres dentro y afuera. Hombres violentos. Mujeres también.
Violentos todos. Estridentes. Demasiado para esa ciudad chata, homogénea, que se desparramaba al otro lado de La Fortaleza.
Vida urbana y traicionera, liviana, común. Vida de papeles y de cemento, sin aromas, sin color. Vida urbana.

         La vida urbana mató a mi abuela, eso dijeron los médicos. Hubo diagnóstico y todo. Simplemente empezó a enloquecer después de bajar del barco. Cuarenta días con su suegra y la nena en un depósito del Puerto. Diez años de conventillo. Trabajos denigrantes. Pobreza. Inmundicia diez años y después la fortuna. Su casa grande, su castillo. Poder comprar…lo que había.  
En la ciudad no hay gallinas ni pipireu. El cerdo es una pasta rosada que se corta en fetas y va a casa en un papel. Los huevos siempre están pasados, los zapatos aprietan. El piso es duro y se vive aislado. No hay tribus en la ciudad y el ruido lo tapa todo.

El castillo, la fortaleza. Un día tuvo eso, mi abuela. Espacio, escaleras, muchas habitaciones. Y su propio gallinero en la terraza.
Colombres y Venezuela, barrio de Boedo.
Allí, en mi infancia, yo veía torcer pescuezos y desplumar animales.
Yo. Niña bien de jumper almidonado y camisita blanca, colegio de monjas porque eso sí, había que ascender. Para eso (si no para qué) mi abuelo había dejado a sus mujeres solas tanto tiempo. Hay que justificar esa movida.
Y así lo hicimos.

Fue implacable mi madre: nosotros no llevaríamos la vida de mis abuelos (la suya). Seríamos gente fina. Uñas pintadas, jeans de marca, clases de piano. Tacos altos, hombreras y permanente —eran los ochenta y eso se llevaba—.
Gatopardo, The Embers, Ray Ban. Cancha de tenis y paté de foie.

Pero no se abandona la patria.

No se abandona la patria cuando la patria no quiere soltarte y más si se almuerza en La Fortaleza.
Ahí, con esos mismos adornos, uniforme de escuela privada y carteras de charol, nosotros, descendientes primeros del pueblo de mis abuelos, éramos la envidia de cualquier bistreaux: alivi scachiati, alivi arrustuti, pipireu, brasholi, milinshana. Mejores que cualquier frasco por más cool que sea la etiqueta.
Porque las etiquetas mienten: la comida de mis abuelos no se escribe. Se dice. Como una canción que se aprende de oído.

Porque la comida es la patria y son mentira las palabras cuando se habla de la patria.
La tierra de mis abuelos no tiene registros. No había tiempo para esas cosas y en la Argentina fue igual.
La historia de mis abuelos se dice.
A eso vengo.
Griselda Perrotta

(*) Mención Especial en el VIII Concurso Literario de la Sociedad Italiana de San Pedro.
  Publicado en la Antología del VIII Concurso de Cuentos y Relatos de Inmigrantes.


martes, 1 de agosto de 2017

Reseña en "El Furgón"

Acá se pierden amores, se ríe y se llora.” GustavoGrazioli leyó mi libro FRONTERA y escribió esta reseña para El Furgón, ala digital de Revista Sudestada
Dice:
Ese paseo por los talleres de Alberto Laiseca no quedó en el recuerdo de alguien que intentó escribir. Perrotta va hasta el máximo con algunas de las enseñanzas del “Conde Lai” y el leitmotiv de vivir para escribir se cuela, consciente o no, por los poros de cada uno de esos narradores. No hay pose ni reventados postmodernos. Hay vidas tratando de zafar las ausencias condenatorias y un lenguaje que no se calla.” 
La reseña completa en este link.


martes, 4 de julio de 2017

El cruce (*)


No la mira como si fuera la hija. Dice que es el padre pero no la mira como si fuera la hija. No soy tarada. Tampoco me importa, cosas de ellos. Solo necesito que me crucen. Qué calor que hace, se nota que acá no llueve, la tierra está seca y llena de pozos, me estoy partiendo la espalda. Es la única forma. Acostada en el doble fondo, bajo la cama de los cerdos. El olor es insoportable pero hay que aguantar. Podría ser peor, podría chorrear la paja, por ejemplo.
Paramos. No puede ser tan pronto. No podemos haber llegado al puesto tan pronto. No puede ser bueno que nos hayan parado. Paran camiones con animales cuando los registran. No puede ser bueno que nos hayan parado. ¿Dónde estará Silvio? Entramos al galpón separados, hombres, mujeres, y después de a uno para subir. Los hombres fueron con Marcos y las mujeres con ella, con la chica que trajo ayer y dijo que era la hija. Aunque estuvieras con alguien entrabas solo, acá abajo uno está solo. Si pasa algo también, solo. No se hacen cargo de nada y eso te lo avisan. No puede ser bueno que nos hayan parado. Ojalá Marcos y la hija puedan seguir sin que revisen.
Si revisan estamos muertos. A la guerrilla no se la engaña. Estás con ellos o estás muerto. ¿Quién nos mandó a elegir África? ¿No había suficiente muerte en América? ¿No alcanzaban el hambre, el sida y la malaria en español? No. Teníamos que salvar el mundo. África. Como si acá el hambre, el sida y la malaria fueran distintos de los que había allá, a mil, dos mil, cuatro mil kilómetros de casa. Tenía que ser África. Demasiado jóvenes y demasiado idiotas. Pensábamos que el guardapolvo blanco nos haría inmunes. La guerrilla no escucha razones. Cuando ataca una aldea arrasa con todo, hombres, mujeres, niños, animales. Y médicos, claro. ¿Por qué no iban a llevarnos también a nosotros? Valemos igual que el resto: nada. No valemos nada. Un número más, una estadística, un lindo artículo en las revistas, héroes de cartulina. Éramos los próximos. Van barriendo al revés de las agujas del reloj. Al revés de todo. Marcos vino con el dato de que éramos los siguientes cuando trajo el cargamento, el mes pasado. ¿Qué íbamos a hacer, si lo más probable es que fuera cierto? Al menos que iban a llegar. Al menos eso. Si bastaba con ver a lo lejos la humareda de las chozas incendiadas, y si el viento era a favor hasta los gritos, a veces, se escuchaban.
Ojalá Marcos pueda esquivar la requisa. Si no estamos muertos. Dijo que nos sacaba con la entrega del mes si le dejábamos lo nuestro. Lo de la sala y lo de la gente, el sembrado, los animales. Así Marcos se va armando lo que tiene. Es poderoso. Sé que no se llama Marcos, pero quiere que le digamos así. En otras aldeas habrá sido Jean Luque, Vicenzo, Jabahia o vaya a saber qué. No tiene acento, habla con todos los matices juntos. Es imposible saber su origen o adivinar la edad. Había que decidir para el día siguiente, dice que para cruzar el puesto tiene que arreglar cosas. Ahí sí tiene arreglado. El tema es la ruta. La ruta, es el problema. Si te agarran en la ruta.
Marcos o como se llame no es tan distinto de la guerrilla. También hizo lo suyo a costillas de la gente. Por lo menos él no te mata. Acá la lucha es entre guerrilla y carroña. La lucha baja, la que mata, viola, quema y destroza, a la gente que solo busca vivir un día mientras espera el siguiente. Como nosotros desde que llegamos a la aldea. Silvio me convenció de venir. Yo quería ir a Francia. Pero no. Teníamos que ser grandiosos, distintos. Y acá estamos. En el doble fondo de la cama de los cerdos, esperando, rezando, yo soy atea pero se entiende, rezando para pasar el puesto.
No puede ser bueno que hayamos parado tan pronto. No puede ser bueno que por las hendijas vea tres hombres en musculosa olfateando, altos como montañas. No puede ser bueno que el del medio gire la escopeta e impacte la culata contra la madera, ni que yo sienta el golpe. No puede ser bueno que el listón se haya quebrado y me esté mirando fijo. No puede ser bueno.

*****

En la Facultad aprendí muchas cosas. Aprendí por ejemplo que el pene promedio mide dieciséis centímetros y que la vagina es un músculo elástico, que el ser humano posee resiliencia innata y que una herida atendida a tiempo previene la muerte. Claramente, quienes me enseñaron esas cosas no estaban pensando en lo que ocurre cuando un adulto enajenado viola a una nena de siete años delante de su madre sin atención médica inmediata.
Las mujeres estamos todas arrodilladas en el piso, atadas con una cadena que nos une de pies y manos, formando una serie de círculos invertidos atados en línea desde la base. Sólo podemos mirar hacia arriba. Las ancianas no resisten y la línea recta empieza a desmoronarse. Las que nos sosteníamos perdemos el equilibrio cuando la madre de Agna trata de incorporarse usando toda su fuerza para asistir a su hija, que yace tendida, con las piernas abiertas en un charco de sangre. Se oye un disparo. La madre de Agna se desploma y todas volvemos a caer amontonadas al suelo. Entre varios vuelven a ordenarnos. Otra vez la hilera armada. El asesino nos apunta con ametralladora. ¿De dónde sacan tantas armas? No creo que quieran matarnos a todas, a algunas van a vendernos, por otras pedirán rescate, si no lo consiguen podrán matarnos luego, antes de convertirnos en sus juguetes y tal vez nos maten igual, incluso si lo consiguen. Sólo tres podríamos ser rescatadas por los dioses-institución que mandan: las dos monjas y yo. Ciencia y Fe. Es fácil reconocernos, nos delatan la ropa y la piel. Las tres miramos al suelo; sospecho que, igual que yo, las monjas prefieren morir a ser llevadas al cautiverio. Pero ellas tienen su dios; al menos tienen su dios a quien ofrecer este infierno, a quien ofrecer siquiera la duda de no vivir, que para ellas es pecado.
El destino es cierto para el resto, las que no sirvan para algo: el horror hasta la muerte. Agna de ejemplo. Creo que el hombre no quería matarla, lo noto en su cara, veo desde acá un destello, como preocupación o pena, diría que es preocupación. Es un hombre joven. Tal vez nunca antes había lastimado a una nena, tal vez le preocupa otra cosa. Agna es muy chiquita, su cuerpo es mínimo, como un perrito flaco. No se mueve.
Los gritos de las mujeres se suman a otros dos hombres de la guerrilla, los que estaban custodiando a los varones, que se acercan al escucharlas. Las monjas y yo callamos. Las demás son todo llanto. Los dos que llegaron golpean fuerte al que atacó a Agna mientras la señalan, uno en el abdomen y otro en la mandíbula. Lo reprenden en su idioma, no entiendo qué dicen pero me doy cuenta. Tal vez frustró los planes de la guerrilla de venderla bien, no sé. La guerrilla, igual que la Iglesia, igual que los nuestros, necesita financiación. El joven mira hacia abajo, acepta la reprimenda. Los varones capturados quedaron solos en la misma posición que nosotras, pies y manos juntos, enfrentándonos, a unos treinta metros. Con dificultad estiro el cuello buscando a Silvio. Lo veo totalmente echado, en la punta, tiene la boca llena de sangre y tierra, como si le hubieran pateado la mandíbula. Es tonto Silvio, desde acá veo en su mano la credencial. Anoche estuvimos hasta tarde tejiendo hipótesis sin terminar de nombrarlas, de lo que hoy podría salir mal. No eran tantas las opciones. O cruzábamos el puesto o nos atrapaban antes. Nos atraparon antes. Los dos sabemos que es mejor morir que terminar cautivos esperando el rescate. No lo sabíamos antes de llegar, lo supimos acá. Fuimos dándonos cuenta de todo lo que podía salir mal y nadie nos había dicho. Llegamos a la conclusión más terminal anoche, en la tienda: pacto suicida, hasta nos reímos de llamarlo así (tanto como puede uno reírse de semejante cosa). Yo no me atreví. Veo que Silvio tampoco, y no solo eso, el muy idiota trató de zafar mostrando la credencial. Si será idiota.
No hay niños varones en las hileras, los reclutan desde el vamos para su causa. Las niñas en cambio serán vendidas, en paquete con el resto de las mujeres que sirvan para aumentar el precio. Clavo la vista en mi compañero, en algún momento quizás mire acá. Estamos juntos en esto, tal vez no logremos sobrevivir pero estamos juntos.  
Las mujeres gritan, los varones gritan. Ruegos, perros ladrando, los raptores que pelean. Todo es polvo, sangre, angustia. No puedo seguir mirando, busco que eso se vuelva arrullo, como un zumbido que acune, así lo intento mientras mis ojos se cierran.
Qui sont les médecins! —ataca una voz ronca que invade, sombría. Qui sont les médecins. Quiénes son los médicos. No quiero mirar. Las opciones son tres y no quiero mirar pero tengo que abrir los ojos, quiero saber qué está pasando. El convocante pelea a los guardias de los varones mientras señala a Silvio tirado en suelo, inservible. Con solo verlo es obvio que Silvio es el médico, por su aspecto, y que no podrá ayudar a nadie, por cómo está. Deduzco que la reprimenda es por haberlo golpeado, no se golpea a los que pueden servir. El hombre alterna reprimenda y convocatoria. Nadie va a delatarme, lo sé. Todas estamos perdidas. El hombre imparte una instrucción a su gente. Nos desatan por un momento y separan de la hilera a cuatro de las mujeres: Cougra, las dos monjas y yo.
Cougra está de ocho meses, sigo su embarazo desde el comienzo. Como a tantas otras aquí, le enseñé los cuidados básicos para proteger al bebé y para protegerse a ella misma, hice todo lo que pude, todo lo que supe. Y sin embargo no es suficiente. No hay dato que ayude a Cougra contra la punta del Ka-Bar que le apoyan en la panza.
Qui son les médecins! —repite lúgubre. Nadie responde. Cougra llora y grita, la punta la está lastimando. Trato de callarme, estamos igual todas muertas, pero domina el impulso, maldita vocación y el juramento hipocrático, malditos médecins y maldita institución.
— ¡Yo! —intento gritar pero sale un hilito, mi garganta está seca, estoy débil y con sed. Las miradas de todas las cabezas que pueden moverse se apoyan en mí.
Qui son les médecins!
— ¡Yo! —insisto moviendo las manos. Me devuelven caras vacías. Entonces comprendo: no entienden qué digo. Grito, ahora sí: — C’ést moi!
El líder la suelta a Cougra. Otros dos me agarran de los hombros y me empujan hasta ubicarme donde está Agna, me arrodillo delante suyo y mis rodillas se empantanan en el charco de barro que se armó con la tierra y su sangre. Estoy más allá del llanto, esto supera todo. Tomo la muñeca de Agna entre mis manos, palpo su pecho, le toco la panza, busco su respiración. Agna está muerta.
Elle est morte —digo al aire. Está muerta.
El hombre toma por detrás al que la atacó, lo inmoviliza y le traza con el cuchillo una línea curva a la altura del cuello. El joven cae, se retuerce un poco y su sangre es como un río que sirve de advertencia al resto, de que acá hay reglas claras y quien no las cumple muere. Pienso que también para ellos, en este momento, la vida ha de ser dura. Pas de médecin pour lui. Il est aussi mort. Su mirada se apaga, los ojos se le cerraron. Ahora sí, para él no hay médico y está muerto también.
Miro alrededor. Todo es desierto. ¿Escapar a dónde? ¿Para qué? Si no morimos por estas bestias seremos cena de animales salvajes y no sé qué es peor. Por suerte tengo todavía entre la ropa mi pastilla. Espero que Silvio tenga la suya.

Griselda Perrotta

(*) Mención en el Concurso Nacional 60º Aniversario organizado por el Colegio de Médicos de Lomas de Zamora. Incluido en la antología Relatos Médicos. 


jueves, 1 de junio de 2017

La maldición de Mirna


Busco entre las cosas algún indicio, pero no encuentro. De que vivió conmigo. En los cajones, alguna prenda o un frasco en la heladera. Me fijo en la alacena, en el baño y en el escritorio. No hay caso. Mirna se fue para siempre.
Al principio encontraba, cuando empezaba a extrañarla, cosas por la casa, como si no se hubiera ido del todo. Me decía eso, que no se había ido del todo, que por eso me había dejado algunas de sus cosas. Hasta que me di cuenta de que se había ido para siempre, que fue cuando levanté la cabeza y miré los estantes más altos de la biblioteca, los que usaba ella, y vi que se había llevado sus libros, y entonces fui a su lado del placard y vi que se había llevado su ropa. Y ahí supe que no iba a volver nunca. ¿Qué más necesita una mujer, que sus libros y su ropa?
Con los años fue quedando cada vez menos de las cosas que dejó. Ojalá quedara algo de Mirna para poder recordarla. Si no hubiera sido por sus cosas la hubiera olvidado hace tiempo. Pero era imposible olvidarla, si estaba en todas partes. En la libreta con mariposas al lado del teléfono, las biromes de colores del lapicero, en los colores y en el lapicero. En las bolsas para freezer, los sahumerios, la yuca de la entrada, las galletitas de almendra, la harina de algarroba, la mermelada de kiwi y el abanico sobre el hogar. Me cubría con la manta que usaba Mirna cuando se recostaba a leer en el sillón y era como si Mirna me estuviera abrazando. La manta tenía su olor y, si cerraba a los ojos, enseguida me quedaba dormido, oliéndola.
La primera pelea que tuvimos con Clarisa fue por la manta de Mirna. Ella dijo que estaba roñosa, que la iba a hacer lavar y yo no quise. Me puse nervioso, Clarisa sospechó que había algo más y se puso pesada. Terminamos discutiendo “¡por una manta roñosa!”, gritaba Clarisa. Yo nunca le había hablado de Mirna; no le había contado que después de Mirna nunca pude volver a amar. Preferí callarme. No me animé a confesar que todavía Mirna y yo dormíamos juntos, en el olor de su manta. Esa misma tarde la puse en una bolsa y la doné a la iglesia. 
            La manta fue el primer paso. Ese día entendí que no podíamos vivir los tres juntos, Clarisa, Mirna y yo. Volví a casa e hice un inventario de todas las cosas de Mirna que quedaban. Eran muy pocas: la maceta turquesa, cinco carcasas de biromes secas, seis frascos vacíos, el abanico y el gato. Pero no podía, como si nada, tirarlos a la basura y que terminaran apilados en un basural. Sobre todo con el gato, no podía hacerle eso al gato. Habían estado en la casa durante siete años, largos, en esa casa que yo seguía compartiendo con una parte de Mirna. Tampoco podía regalarlos, ni usarlos para otra cosa. Si no, el espíritu de Mirna iba a habitar en esas cosas, en mi casa o donde fuera que estuvieran las cosas, y tarde o temprano iban a volver. No quería que volvieran, porque si volvían las cosas volvía Mirna, y si volvía Mirna se iba a ir Clarisa. Estaba seguro de que, si volvía Mirna, tarde o temprano se iba a ir Clarisa.
            Entonces se me ocurrió hacer un ritual de despedida, ponerlo todo en un pozo, prenderle fuego y purificarlo.
            Tenía que ser lunes, el único día que Clarisa trabajaba hasta tarde. Hacer el  pozo y el ritual me iba a llevar un tiempo, además de lo que me iba a llevar después volver a tapar el pozo, para que cuando volviera Clarisa no sospechara nada.
            Durante el fin de semana me encargué de comprar y esconder en el sótano la pala, bidones de nafta, una caja chica de fósforos y un pan de pasto para cubrir el agujero. El lunes, ni bien Clarisa salió para la Clínica, después del almuerzo, bajé al sótano a buscar las cosas. Miré los bidones de nafta, dos. Con uno me iba a alcanzar, así que agarré uno solo, la pala, los fósforos y el pan de pasto. Me costó subirlo todo junto pero pude.
            Primero hice el pozo, en una esquinita del parque, donde están las plantas altas. Ahí Clarisa no iba casi nunca, no iba a ver el pasto nuevo, que hasta que se uniera a la tierra iba a tardar. No muy grande, del tamaño de la maceta, más o menos. Pero sí profundo; tenía que ser profundo. Me llevó cuatro horas. Después fui a buscar las cosas. Entré al lavadero, agarré la maceta y puse adentro las biromes secas, que estaban con las herramientas; fui a la alacena alta y agarré los frascos; y al final el abanico, que seguía donde siempre, colgando del ganchito arriba del hogar. Recién ahí me di cuenta: el gato estaba mirando. No había pensado en el gato. Cuando quisiera meterlo no se iba a dejar. Iba a tener que atarlo. Pero si chillaba mucho capaz algún vecino se asomaba, y para purificarme de Mirna necesitaba intimidad. Demasiado para pensar, los materiales, Clarisa, los vecinos, el gato. Tenía que hacer algo con el gato para que se quedara quieto, así se dejaba meter y también se purificaba con las demás cosas de Mirna. Yo no quería matarlo, pero tenía que lograr que se me quedara quieto. Lo metí en el freezer y me fui a hacer el pozo. Chillaba. Pero me fui igual.
            Volví al pozo, metí la maceta; adentro ya estaban las biromes, los frascos y el abanico. Podía empezar por eso y después ir por el gato. Le vacié encima el bidón. Abrí la cajita, saqué un fósforo, lo deslicé de un tirón por el borde. Dije: “Chau, Mirna” y lo acompañé con la mano, hasta el fondo. Se me apagó en el trayecto. Fue frustrante, pero no podía dejarme ganar por la turra de Clarisa que, encima de abandonarme, ahora no se quería ir. Miré alrededor, tenía que haber algo. La soga de colgar la ropa. Con eso y tela de mi remera hice una mecha. La encendí y la bajé hasta la maceta.
            Cuando vi que había tomado volví a la cocina, a ver si el gato había dejado de chillar. Era su turno.
           
            Me paré delante de la heladera y vi que no había ruidos. Debía estar calmado. Así que despacio, con cuidado por si estaba fingiendo y me atacaba a la cara, abrí la puerta del freezer. Estaba enrollado al lado del pollo; parecía él, también, otro pollo pero con pelos; tenía hielo colgando de los bigotes y me miraba con los ojos entreabiertos, como pidiéndome que lo dejara ahí.
Y entonces de repente sentí que venía desde el sótano un rugir, como un viento que arrasaba.

            ¿Cómo iba a saber yo? ¿Cómo iba a saber que el bidón estaba pinchado? Además no sé si fue eso, lo que pasó. No sé. Me hubiera dado cuenta. No estaba tan alienado como para no darme cuenta, que el bidón estaba pinchado, que al subirlo había dejado un rastro que iba del pozo al sótano y volvía al otro bidón.
            Los bomberos llegaron, no sé si enseguida, calculo que sí, alguien los habrá llamado enseguida, porque recuerdo que cuando los dos bomberos entraron a la cocina yo todavía estaba parado mirando al gato adentro del freezer, había llamas alrededor, me cubrieron con una manta, agarraron al gato y nos sacaron.
            Sé que el gato está vivo porque en la ambulancia ya estaba mejor, y porque Clarisa me lo dijo, la vez que fue a verme, la única vez que fue. Recuerdo que me dijo, sonriendo y acariciándome:
— Hasta que la casa se pueda usar volví a vivir con mi abuela. Tu gato está bien, lo estoy cuidando yo.
Con la vista fija en la cama de al lado, dije:
— No es mi gato. Es el gato de Mirna.
— ¿Quién es Mirna? —preguntó ella.
Y entonces le conté todo, todo desde el principio.
Y así también la perdí a Clarisa.
Griselda Perrotta