sábado, 10 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
La maldición de Mirna
Busco entre las cosas algún indicio, pero no
encuentro. De que vivió conmigo. En los cajones, alguna prenda o un frasco en
la heladera. Me fijo en la alacena, en el baño y en el escritorio. No hay caso.
Mirna se fue para siempre.
Al principio encontraba, cuando empezaba a
extrañarla, cosas por la casa, como si no se hubiera ido del todo. Me decía
eso, que no se había ido del todo, que por eso me había dejado algunas de sus
cosas. Hasta que me di cuenta de que se había ido para siempre, que fue cuando
levanté la cabeza y miré los estantes más altos de la biblioteca, los que usaba
ella, y vi que se había llevado sus libros, y entonces fui a su lado del
placard y vi que se había llevado su ropa. Y ahí supe que no iba a volver
nunca. ¿Qué más necesita una mujer, que sus libros y su ropa?
Con los años fue quedando cada vez menos de las
cosas que dejó. Ojalá quedara algo de Mirna para poder recordarla. Si no
hubiera sido por sus cosas la hubiera olvidado hace tiempo. Pero era imposible
olvidarla, si estaba en todas partes. En la libreta con mariposas al lado del
teléfono, las biromes de colores del lapicero, en los colores y en el lapicero.
En las bolsas para freezer, los sahumerios, la yuca de la entrada, las
galletitas de almendra, la harina de algarroba, la mermelada de kiwi y el
abanico sobre el hogar. Me cubría con la manta que usaba Mirna cuando se
recostaba a leer en el sillón y era como si Mirna me estuviera abrazando. La
manta tenía su olor y, si cerraba a los ojos, enseguida me quedaba dormido, oliéndola.
La primera pelea que tuvimos con Clarisa fue
por la manta de Mirna. Ella dijo que estaba roñosa, que la iba a hacer lavar y
yo no quise. Me puse nervioso, Clarisa sospechó que había algo más y se puso pesada.
Terminamos discutiendo “¡por una manta roñosa!”, gritaba Clarisa. Yo nunca le
había hablado de Mirna; no le había contado que después de Mirna nunca pude
volver a amar. Preferí callarme. No me animé a confesar que todavía Mirna y yo
dormíamos juntos, en el olor de su manta. Esa misma tarde la puse en una bolsa
y la doné a la iglesia.
La manta fue el primer paso. Ese día
entendí que no podíamos vivir los tres juntos, Clarisa, Mirna y yo. Volví a
casa e hice un inventario de todas las cosas de Mirna que quedaban. Eran muy
pocas: la maceta turquesa, cinco carcasas de biromes secas, seis frascos
vacíos, el abanico y el gato. Pero no podía, como si nada, tirarlos a la basura
y que terminaran apilados en un basural. Sobre todo con el gato, no podía
hacerle eso al gato. Habían estado en la casa durante siete años, largos, en
esa casa que yo seguía compartiendo con una parte de Mirna. Tampoco podía
regalarlos, ni usarlos para otra cosa. Si no, el espíritu de Mirna iba a
habitar en esas cosas, en mi casa o donde fuera que estuvieran las cosas, y
tarde o temprano iban a volver. No quería que volvieran, porque si volvían las
cosas volvía Mirna, y si volvía Mirna se iba a ir Clarisa. Estaba seguro de que,
si volvía Mirna, tarde o temprano se iba a ir Clarisa.
Entonces se me ocurrió hacer un
ritual de despedida, ponerlo todo en un pozo, prenderle fuego y purificarlo.
Tenía que ser lunes, el único día
que Clarisa trabajaba hasta tarde. Hacer el
pozo y el ritual me iba a llevar un tiempo, además de lo que me iba a
llevar después volver a tapar el pozo, para que cuando volviera Clarisa no
sospechara nada.
Durante el fin de semana me encargué
de comprar y esconder en el sótano la pala, bidones de nafta, una caja chica de
fósforos y un pan de pasto para cubrir el agujero. El lunes, ni bien Clarisa
salió para la Clínica, después del almuerzo, bajé al sótano a buscar las cosas.
Miré los bidones de nafta, dos. Con uno me iba a alcanzar, así que agarré uno
solo, la pala, los fósforos y el pan de pasto. Me costó subirlo todo junto pero
pude.
Primero hice el pozo, en una
esquinita del parque, donde están las plantas altas. Ahí Clarisa no iba casi
nunca, no iba a ver el pasto nuevo, que hasta que se uniera a la tierra iba a
tardar. No muy grande, del tamaño de la maceta, más o menos. Pero sí profundo;
tenía que ser profundo. Me llevó cuatro horas. Después fui a buscar las cosas.
Entré al lavadero, agarré la maceta y puse adentro las biromes secas, que
estaban con las herramientas; fui a la alacena alta y agarré los frascos; y al final
el abanico, que seguía donde siempre, colgando del ganchito arriba del hogar.
Recién ahí me di cuenta: el gato estaba mirando. No había pensado en el gato.
Cuando quisiera meterlo no se iba a dejar. Iba a tener que atarlo. Pero si
chillaba mucho capaz algún vecino se asomaba, y para purificarme de Mirna necesitaba
intimidad. Demasiado para pensar, los materiales, Clarisa, los vecinos, el gato.
Tenía que hacer algo con el gato para que se quedara quieto, así se dejaba
meter y también se purificaba con las demás cosas de Mirna. Yo no quería
matarlo, pero tenía que lograr que se me quedara quieto. Lo metí en el freezer
y me fui a hacer el pozo. Chillaba. Pero me fui igual.
Volví al pozo, metí la maceta;
adentro ya estaban las biromes, los frascos y el abanico. Podía empezar por eso
y después ir por el gato. Le vacié encima el bidón. Abrí la cajita, saqué un
fósforo, lo deslicé de un tirón por el borde. Dije: “Chau, Mirna” y lo acompañé
con la mano, hasta el fondo. Se me apagó en el trayecto. Fue frustrante, pero
no podía dejarme ganar por la turra de Clarisa que, encima de abandonarme,
ahora no se quería ir. Miré alrededor, tenía que haber algo. La soga de colgar la
ropa. Con eso y tela de mi remera hice una mecha. La encendí y la bajé hasta la
maceta.
Cuando vi que había tomado volví a
la cocina, a ver si el gato había dejado de chillar. Era su turno.
Me paré delante de la heladera y vi
que no había ruidos. Debía estar calmado. Así que despacio, con cuidado por si
estaba fingiendo y me atacaba a la cara, abrí la puerta del freezer. Estaba
enrollado al lado del pollo; parecía él, también, otro pollo pero con pelos;
tenía hielo colgando de los bigotes y me miraba con los ojos entreabiertos,
como pidiéndome que lo dejara ahí.
Y entonces de repente sentí que venía desde el
sótano un rugir, como un viento que arrasaba.
¿Cómo iba a saber yo? ¿Cómo iba a
saber que el bidón estaba pinchado? Además no sé si fue eso, lo que pasó. No
sé. Me hubiera dado cuenta. No estaba tan alienado como para no darme cuenta, que
el bidón estaba pinchado, que al subirlo había dejado un rastro que iba del
pozo al sótano y volvía al otro bidón.
Los bomberos llegaron, no sé si enseguida,
calculo que sí, alguien los habrá llamado enseguida, porque recuerdo que cuando
los dos bomberos entraron a la cocina yo todavía estaba parado mirando al gato
adentro del freezer, había llamas alrededor, me cubrieron con una manta, agarraron
al gato y nos sacaron.
Sé que el gato está vivo porque en
la ambulancia ya estaba mejor, y porque Clarisa me lo dijo, la vez que fue a
verme, la única vez que fue. Recuerdo que me dijo, sonriendo y acariciándome:
— Hasta que la casa se pueda usar volví a vivir
con mi abuela. Tu gato está bien, lo estoy cuidando yo.
Con la vista fija en la cama de al lado, dije:
— No es mi gato. Es el gato de Mirna.
— ¿Quién es Mirna? —preguntó ella.
Y entonces le conté todo, todo desde el
principio.
Y así también la perdí a Clarisa.
viernes, 12 de mayo de 2017
martes, 2 de mayo de 2017
lunes, 24 de abril de 2017
FRONTERA en la Feria del Libro
FRONTERA fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes para integrar la propuesta de
Editoriales Independientes en la Feria del Libro. Lo presentamos junto a los libros de otros autores también seleccionados
para representar a Peces de Ciudad en un resultado de 10
participantes.
LUNES 1 DE MAYO /
17:00 hs. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
Pabellón Azul / Stand
525 (Fondo Nacional de las Artes).
lunes, 3 de abril de 2017
La mujer que era mi madre
Mi padre murió un 17 de octubre y en casa de Perón
todavía ni se hablaba. Era sábado, era de mañana, era primavera y hacía calor.
Murió cuando le dijeron que yo era nena, que no había tenido un varón. Esa
misma mañana armó dos valijas y se fue de casa, con la extraña fortuna de que
un colectivo al paso lo revoleó por el aire antes de pasar la segunda esquina.
Quedó en las fotos para siempre y del accidente nunca se habló, en mi familia
ni en ninguna otra. De esto me enteré por mamá. Del resto que voy a contar
también.
Las valijas eran la prueba de que se había ido
del todo. Las encontró su compadre, que terminó siendo al final mi papá cuando
yo cumplía diez.
Daniello (ese era su apellido) llegó a mi
fiesta con una orquídea de plástico pegada sobre una caja. Adentro de la caja
no sé qué había porque nunca la abrí, le prendí fuego en la parrilla cuando se
fueron todos, con alcohol y papel de diario.
—¡Parecés una princesa!
Nunca me había caído bien mi padrino, usaba
demasiado perfume y no sabía combinar la corbata con el pañuelo que se ponía en
el bolsillo del saco. Yo para molestarlo me metí un dedo en la nariz, me saqué
un moco y me lo limpié en el vestido blanco amarillento que me había puesto mi
madre. El moco era del mismo color que el vestido así que mi rebeldía pasó
desapercibida, para todos menos para Daniello porque lo hice delante suyo.
—¡Hola! ¡Llegaste temprano!
Mamá hablaba raro. Algo estaba mal.
—Sí, me adelanté para darle a esta muñequita el
regalo…
Me miraron y esperaban de mi alguna reacción
como si esa caja con una flor de plástico fuera la gran cosa. Yo la agarré y
mientras caminaba para mi cuarto dije:
—Lo abro después, lo llevo a mi pieza.
Volví al comedor cuando escuché otra vez el
timbre.
En el cumpleaños casi no hablé con nadie, eran
todos grandes menos las hijas de una prima de mamá, que la invitaba solo para
cumpleaños míos. De la escuela nunca me invitaba a nadie.
La comida era toda de grandes también y la
música ni hablemos.
—¿Y cómo te preparás para la Comunión?
Era la más chica de las hijas de la prima que
digo. Tenía la misma edad que yo así que supuse que lo que en realidad quería
era contarme cómo estaba preparándose ella, pero no iba a darle el gusto.
—No estoy mucho en eso.
—¿Cómo, no vas al curso?
—Sí al curso sí. Pero no estoy mucho en eso.
Lamenté que fuera tan tarada pero no tenía por
qué soportarla. Me puse a romperme con las uñas los pellejos de los dedos,
fuerte, para que le diera impresión y desapareciera. Lo conseguí.
Cuando se fueron todos quedaba solo Daniello,
que parecía un perro esperando que lo adopten. Me di cuenta de que tenía poder,
yo. Aunque fuera una nena.
Mamá se puso a apilar los platos como
hacendosa, seguro que porque estaba Daniello, porque si no dejaba todo para que
al día siguiente lo limpiara Angélica. Me dio pena mamá tratando de demostrarle
algo al idiota de Daniello. Me dio pena y fui a ayudarla. Él seguía ahí.
Me vio acercarme a la mesa, mamá, y me dio una
mirada que yo le devolví y que fue cómplice. Las dos sabíamos que esa juntada
de platos era un acto. Podríamos no habernos mirado pero lo hicimos, y esa
mirada selló la suerte de mi adolescencia y todo lo que vendría después. Una
mirada cómplice entre mujeres, no se necesita más para sobrevivir en un mundo
de hombres. Eso lo sé ahora.
—Está bien, Ronnie (así se llamaba Daniello).
Nosotras terminamos. Andá si querés— le dijo.
Me imagino que Ronnie esperaba más de mi madre
esa noche, que blanquearan su situación juntos, que me explicaran lo
inexplicable, lo que no hacía falta decir. Lo que es a mí, me tenía sin
cuidado. Daniello me caía mal porque sí, y mi padre nunca había sido mi padre
después de todo así que era igual, mi padre o Daniello.
—Sí, vaya Daniello —le dije yo, haciéndole un
gesto de chau con la mano — vaya, vaya.
Cuando nos quedamos solas mamá me contó que se
estaban viendo. Yo le dije que me parecía bien que hubiera un hombre cerca para
que pudieran hacer cosas de marido y mujer así ella estaba más calmada, y para
que trajera plata a la casa. Todo esto no sabía bien qué significaba pero lo
había escuchado en una novela y, en la novela, la que escuchaba se ofendía
mucho y se peleaba con la que lo había dicho. Mamá me dio un sopapo y dijo que
era una maleducada. Después se puso a llorar, me abrazó y me pidió disculpas.
Yo le dije que no iba a tomar la Comunión.
A la semana Daniello se mudó a vivir con
nosotras.
La historia de cómo terminé yo tantos años
después entrando con Daniello a una Iglesia vestida de novia la cuento en otro
momento, porque la verdad que es bastante larga y últimamente si las historias
no son de amor me importa poco contarlas. Sólo diré que no fue por sexo ni
tampoco por dinero, que mi madre ya estaba muerta y que me dedico a plantar
orquídeas.
Griselda Perrotta
lunes, 27 de febrero de 2017
FRONTERA tercera edición disponible
Ya está disponible la tercera edición de FRONTERA. Compra virtual haciendo click acá, todas las formas de pago con entrega a cualquier parte del Universo, o personalmente en Espiche (Humberto Primo 471, San Telmo, Ciudad de Buenos Aires).
miércoles, 22 de febrero de 2017
domingo, 12 de febrero de 2017
miércoles, 1 de febrero de 2017
Reseña de "Frontera" (N. Crantosqui)
"Griselda Perrotta estuvo mirando bien. Prestó atención a las preguntas escondidas en los personajes del pueblo, a la música de Once, a las palabras que los adultos deslizan en la curiosidad honesta de los niños. El tono inocente (y hermoso) con el que está escrito le da el sabor de transcripción: de nuestros barrios, de las familias y de la magia blanca que nos habita. Perrotta necesita de un lector-traductor que entienda que hay mucho detrás de lo que se enuncia, la nena de uno de sus cuentos, que se vale de un diccionario para abrir la puerta de lo que los grandes charlan en las sobremesas.” (Nadia Crantosqui)
miércoles, 18 de enero de 2017
La marca
El shortcito blanco tenía
puesto. Y cuando se sentaba la miraban más, porque apoyaba la cola en la punta,
estiraba las piernas para afuera un poco como un abanico y después las cruzaba. Enterraba los pies y jugueteaba viéndose la
arena correrle entre los dedos, encendía un cigarrillo que nunca se terminaba
completo, acomodaba el respaldo casi contra el suelo y se echaba al sol.
Ese día estábamos todos porque
era el campeonato de pesca y la orilla se convertía en una hilera de palos
largos que delineaban la costa. Los años anteriores éramos pibes pero para ese
verano varios ya no, y la mirábamos distinto. Ella todavía no nos registraba.
Pero teníamos un plan.
—¡Señora! ¿Nos pasa la pelota?
—grité mientras me le acercaba.
Si seríamos pendejos.
Me paré al lado y le tapé el
sol. Respiró como si quisiera meterse por la nariz el aire del mar completo y
quebró la cadera en cámara lenta. Me pareció que me estaba provocando.
—¿Qué?
—La pelota.
—¿Qué pelota, querido? —Escuchaba
a los otros risotear, pavotes, y quise que desaparecieran, que ese momento
fuera solamente de ella y mío. La señalé con la mano y enseguida me di cuenta que
era obvio, que la pelota la habíamos acercado a propósito. Me miró por encima
de los lentes, se volcó para el costado y tiró para zafarla. Se le corrió la
camisa y ahí vi la marca, justo encima del hombro. Mientras me alcanzaba la
pelota volvió a respirar hondo, y de cerca supe que sus tetas no eran tan
grandes como pensaba pero muchísimo más lindas.
Ni sospechó que yo le había
visto la marca, pero sí se acomodó la camisa, como algo incorporado. Me di
cuenta, pensé, que nunca la había visto en malla. Volvió a recostarse y fue
como si entre nosotros se bajara una cortina. Los chicos me llamaban para que
volviera al partido y hablaban entre ellos, riéndose:
—¡Traela que fue off-side!
—¡Traela, Lucas!
—¿Qué hace?
—¿Qué hacés, Lucas?
—¡Dale, pajero!
Pelotudos. Volví a jugar y
todas me pasaban de largo. Cada pelota que se acercaba eran los hombros de ella,
ella corriéndose la camisa, mostrándome a mí solo y contándome qué era la
marca.
El concurso lo ganó Felipe, el
novio de mi mamá, el novio de ese momento, que tenía ese verano. La plata la
iban a usar para cambiar el auto, dijo, pero eso quedó en nada porque con el
verano se fue Felipe, y también la plata. Con el pescado en cambio hicimos una
cena, esa misma noche. Lo cocinó él, a la parrilla, y les dijimos a los de las
demás cabañas. Mi mamá dijo que si quería invitara a alguno. Yo no podía elegir
a uno solo de los chicos, porque éramos
siempre en grupo, así que en cambio lo invité a Tomás, que no era tan cercano y
capaz prefería. Cercano cercano no había ninguno pero, si había que elegir uno,
Tomás.
Tomás llegó puntual con una
botella de Coca y unos pancitos de queso que dijo que mandaba la madre.
Devoramos las dos cosas jugando videos mientras afuera cocinaban el pescado.
Para cuando estuvo listo ya ni teníamos hambre. Nadie insistió. Nos quedamos
adentro y fui llevando el tema a la pregunta que había querido hacerle desde
que lo vi en la puerta con la Coca y los pancitos:
—La colorada, de la ochava, es
de acá, ¿no?
—Cati.
—¿Cati se llama?
—Catalina. No es de acá pero
viene mucho. ¿Por?
—Nada, no —y no sabía cómo iba
a seguirla—. Es que hoy, en la playa… la pelota…
—Me dijo, me contó.
—¿Te contó? —yo era el único
que se le había acercado, capaz me había nombrado a mí.
—Me dijo que unos pibitos la habían
estado molestando y que capaz en temporada empezaba a irse para los…
Se interrumpió. Vio que prestaba
demasiada atención.
—¿Adónde?
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—De Cati. Que me preguntabas
si es de acá.
No tuve que contestarle, por
suerte. Sentimos la puerta de adelante y entraron los grandes a pedir ayuda con
sacar la mesa.
Esa noche soñé que un
extraterrestre me agarraba en los médanos, me besaba en la boca y desaparecía. Yo
me dejaba. Me desperté tratando de ponerle al extraterrestre la cara de
Catalina pero no pude: cada vez que cerraba los ojos aparecía la cabeza gigante,
el vientre enorme y las patas flacas. Estuve así un rato largo y, cuando sonó
el despertador de Felipe, hasta el extraterrestre se fue del todo.
—No quiero jugar, no tengo
ganas.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé, mirar el mar.
Se rieron todos juntos, otra
vez, como marmotas.
—¡Mirar el mar a ver si llega
la nooooooviaaaaaa!
Sí esperaba que Catalina
viniera. Y me quedé esperándolo hasta que mis amigos se fueron a almorzar, y me
acordé lo que Tomás me había dicho, y que no había terminado de contarme.
Empecé a caminar para los
médanos. Debía parecer un demente, hundiendo los pies en la arena con esa
temperatura. Los del concurso ya se habían ido todos, y el resto a almorzar.
Los recorrí completos pero no estaba Catalina. “Ni el extraterrestre”, me burlé
solo mientras volvía.
No planifiqué el camino pero
las calles te llevan por donde ellas quieren, siempre es así, y vi la ochava.
¿Y qué iba a hacer? No tenía
excusa. Ninguna excusa. NINGUNA. Ya estaba en la puerta. Era hora de la siesta.
Debía estar dormida. O capaz no dormía siesta. Se sentía olor a incienso y de
adentro tambores, como tambores o algo así. No distinguía si era grabado o
tocando. Golpeé a la puerta y paró.
—¿Quién es?
Voz de hombre. Salí corriendo.
Nadie abrió, fue solo la pregunta. Mientras corría empecé a dudar si la voz había
sido de hombre o de mujer ronca. Capaz que estaba durmiendo y si la desperté...
Pero los tambores y el incienso… Y la marca en el hombro. Pensaba en la marca,
con el incienso y los tambores y un hombre, o varios, y en el medio de todo eso
Catalina.
Era todavía la siesta cuando
llegué. Por la puerta mal cerrada pude ver a mi madre y al novio durmiendo
desnudos. Me dio asco y me calentó un poco.
Me saqué la ropa y me tiré yo
también a dormir.
Griselda Perrotta
miércoles, 28 de diciembre de 2016
jueves, 22 de diciembre de 2016
Cinco milímetros permanentes
Media jarra de vino
guitarra oxidada
Arena en los ojos
postal del encierro
Será el monte mi escuela,
no el desierto
no
Las plantas aquí son delito
La calle acumula cuerpos que nadie ve
Descenso al infierno de la razón
Bienvenidos a la galaxia del hielo
La ciencia manda
Volveremos dicen, y yo no sé
Volveremos a una patria remojada en
leche
a un laurel mustio
al latir descremado de los tibios
En el mejor de los casos, volveremos
allí
Buenos Aires
cinco milímetros permanentes horadan
las huestes de la memoria
y por los cuatro bordes
los mercenarios de la ocasión
arrancan las flores para sembrar
cadenas
Es nuestro deber resguardar las brasas
en el bajo tierra
entre los escombros
Que nunca se apague el calor
Sepamos
que esta es una guerra perdida
Tienen todas las bestias la pólvora y
los camiones
No hay forma de vencerlos allí
No hay forma
Pero no tienen la magia
la paz en el vientre
Ignoran que el pecho puede partirse con
una mirada o una caricia
Que si la voz tiembla y las manos
traspiran vale la pena,
si no no
Ignoran la poesía, ignoran
que cuando la callan rebalsa
que el puño alzado emerge siempre del
submundo y cuando ocurra
recién entonces
volveremos
Griselda Perrotta
lunes, 19 de diciembre de 2016
domingo, 18 de diciembre de 2016
PRIMER PUESTO para mi libro FRONTERA
FRONTERA fue elegido PRIMER PUESTO de su categoría en el ranking libros del año que organiza Selección Literaria. Enorme e inesperada alegría.
lunes, 12 de diciembre de 2016
FRONTERA ranking 50 libros del año
Mi libro "Frontera" fue incluido en el ranking de los 50 libros del año en la Categoría Relatos de Autores Argentinos. Hasta el 17 de diciembre se puede votar para que quede entre los primeros diez mandando un mensaje por inbox al perfil de Selección Literaria, entrando por aquí.
viernes, 9 de diciembre de 2016
Revista "La punta de la Lengua" CETLV
Mis cuentos "La llamada" y "Vidas nuevas" en el primer número de "La Punta de la Lengua", publicada por el Centro de Estudiantes Terciarios del Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández".
domingo, 4 de diciembre de 2016
La hechicera
Hay
un solo poema que habita todas las cosas y que me habita
Habita
a todas las madres y a todos los hijos
Los
hombres que alguna vez me amaron y los que nunca supieron
Nombro
mil veces los mismos rincones y estoy en ninguna parte
Digo
el
resquicio de los amantes que no coinciden y también digo su distancia
Su
cobardía
Como
si la palabra redimiera esa ausencia repetida acaso tantas veces que ya me es
familiar
La
locura es un lugar lejano
Una
excusa que no me sirve como no lo hizo nunca
Yo
soy en cambio cordura
Voy
a encomendarme al cielo y abandonar la esperanza de que allí exista un dios
Uno
que me condene
No
necesito el perdón
tampoco
la calma
He
reposado lo suficiente
Bajo
un lecho de hojas muertas
húmedas
petrificadas
por la escarcha de la mañana azul en la que no supieron quererme
Pasé
allí mucho tiempo y vi
Vi
a los gusanos nacer de la nada y atravesar lo que alguna vez tuvo vida
Qué
palabra insensata, vida
Cuánta
exigencia impone
Debo
estar alucinando cuando digo que algunos peces son capaces de volar
pensaba
pero
los vi
Saltar
del agua y chocarse en el aire las panzas
Batir
las aletas con los ojos abiertos
Y
quise ser pez
Y
supe volar como nadie imaginó que podría
Decían
que mi lugar era el agua y es posible que sea cierto
Pero
tenía intención de volar y no estuve sola
al
menos aquella vez
Aunque
los peces
Son
tantos adentro del agua que te hace pensar
Y
los gusanos, sí
también
me acarreaban
Siempre
fui muy insegura
Y
la parte más cruel fue comprobar que
cada
límite
es
falso
Ese
fue mi pecado
No
necesito un dios que venga a crucificarme
Lo
pude descubrir sola
Nada
prefiero ya nada elijo
Descifré
el patrón de cada punto en la muralla de mis confines
que
son también los confines del mundo
Este
no es un mundo cualquiera
Aquí
los peces pueden volar y los gusanos aparecen si los miro
Yo
les doy vida y los alimento
Me
declaro responsable de lo aberrante y también de la magia
Traigo
la voz de los sin causa
Griselda Perrotta
sábado, 19 de noviembre de 2016
La misma canción
Que
al final éramos eso
El
viento agitando la ventana
vos
cruzando la ruta
De
fondo una película vieja
La
alfombra sucia
Los
mechones enredados que me tapaban los ojos
Y
yo
otra
vez
clavando
los talones para no ceder
Buscando
ramas secas de donde aferrarme
porque
en ese abismo no hay nada
Escuchá
el chasquido
las
hojas se rozan con soberbia
Parece
que aplaudieran
las
muy idiotas
Es
siempre así en este punto
Como
si el viento pudiera presagiar mi destino
repetido
repetido
repetido
y
lo festejara
Odio
al viento, odio a los árboles y a las ventanas
que
siempre me anuncian retornos a lugares donde no quiero estar pero estoy
Un
pasaje a ninguna parte
Eso
fuiste
Porque
las vueltas en redondo podrán marear un poco pero no es nada
Me
sé el cuento de memoria, y sé
que
cuando termine quedarán
invariablemente
la
alfombra sucia
los
mechones enredados
vos
cruzando la ruta
y
de fondo
siempre
la
misma canción
Griselda Perrotta
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