sábado, 19 de noviembre de 2016

La misma canción

Que al final éramos eso
El viento agitando la ventana
vos cruzando la ruta
De fondo una película vieja
La alfombra sucia
Los mechones enredados que me tapaban los ojos
Y yo
otra vez
clavando los talones para no ceder
Buscando ramas secas de donde aferrarme
porque en ese abismo no hay nada

Escuchá el chasquido
las hojas se rozan con soberbia
Parece que aplaudieran
las muy idiotas

Es siempre así en este punto
Como si el viento pudiera presagiar mi destino
repetido
repetido
repetido
y lo festejara

Odio al viento, odio a los árboles y a las ventanas
que siempre me anuncian retornos a lugares donde no quiero estar pero estoy
Un pasaje a ninguna parte
Eso fuiste

Porque las vueltas en redondo podrán marear un poco pero no es nada

Me sé el cuento de memoria, y sé
que cuando termine quedarán
invariablemente
la alfombra sucia
los mechones enredados
vos cruzando la ruta
y de fondo
siempre
la misma canción 
Griselda Perrotta

lunes, 31 de octubre de 2016

Para siempre es demasiado

Para siempre es demasiado no le crean a la montaña
ni al sol
o más bien pregúntenles
Pregúntenles que ellos saben

La montaña sabe que el viento y el agua son su amenaza
El sol sabe que se está apagando
Saben los árboles cuando soportan nidos en primavera y también sabe primavera
Hasta el cielo si uno se fija

Porque tarde o temprano
y esto es ley
solo quedará el mar 
Griselda Perrotta

domingo, 2 de octubre de 2016

A mí la muerte

A mí la muerte me sigue hace rato
la siento
el día entero

Se para detrás ni bien me levanto
Me apoya las manos en las caderas
Me roza la espalda y con dulzura me huele, a mí
la muerte

Nos gusta el ritual
Nos conocemos
Tanto que ya ni nos saludamos
Como los matrimonios tristes

La muerte es varón ¿qué pensaban?
Varón
Se le nota en las manos

Con sus gestos me invita
Nunca hablamos pero entiendo:

No piensa llevarme hasta que se lo pida
Está esperando de mí la palabra
Y yo
no quiero decirla
Griselda Perrotta

martes, 20 de septiembre de 2016

Presentamos la reedición de FRONTERA

Algunas fotos del evento donde presentamos la segunda edición de FRONTERA, mi primer libro de cuentos. Aquí el álbum completo.
Podés comprar el libro acá.





domingo, 11 de septiembre de 2016

el hueco

No esperaba demasiado
te confieso
Hoy las distancias me resultan exageradas

Tuve un paso efímero por cada mundo que entendí que existía
Solo para comprobar que cada mundo era igual
y un escalón antes de la cima saltar
de todos
con la ciega esperanza de que en el siguiente estuvieras

Ahora entiendo más
Entiendo
Que hay un punto donde al final todas las cosas confluyen
Nosotros también

Entonces moverse tanto ya pierde sentido

Este poema si te fijás
por ejemplo
es el mismo que vengo escribiendo de siempre
Hasta en mis cuentos vas a encontrarlo
el mismo el mismo
Cambian las palabras, nunca el poema

El secreto es encontrar ese instante donde las cosas desaparecen
Las cosas y las personas
Y ves solamente un hueco lleno de nada
donde estamos vos, yo, todos
Que somos el hueco
y también la nada

En ese punto cobra sentido
Te das cuenta de que vencer, escapar, nacer, morir, ser derrotado
no cambia en absoluto el resultado de nosotros
De lo que somos nosotros
Siempre es el hueco
Y adentro el hueco, la nada


Cuando eso ocurra
Cuando encontremos el punto
Vamos a relajarnos
Vamos reírnos
supongo
de las cicatrices que nos hicimos solos
de los vasos que arrojaste a las paredes
de cada beso que no nos dimos

Vamos a entender que al final era lo mismo porque no hay forma de escaparle al punto
Al hueco, quiero decir
Tan seguro de sí mismo que ni necesita succionarnos

Entonces vamos a mirar con nostalgia
Con mucho cansancio, también
Pero por fin vamos a ser libres
Te juro que va a ser hermoso


La pregunta, mi vida:
es qué hacemos mientras tanto
Griselda Perrotta

pago

Pago con mi cuerpo aquel instante de lucidez

Busqué
sabe dios cuánto
Un dios, todos los dioses
Para ver solo fracaso en cada capítulo
en cada libro

Pago
aunque nunca haya sido mi guerra y no existan tierras ni honores
Pago
con lo que nunca quise y lo que nunca tuve
Pago esta deuda que nunca fue mía
como tampoco es mía la eternidad
aunque se la hayan robado

Por ellos
pago también

Griselda Perrotta

ojalá

Ojalá hubiera alguien registrando nuestros actos
Analizando las fotos,
cada opinión publicada

Ojalá a alguien le importe si pensamos de más,
hablamos excesos o hacemos de menos
Que cada expresión de odio quedara escrita en alguna parte
En tinta
También las de amor

Que alguna sombra se enoje y traspase las dimensiones
Que se apersone y nos ajusticie
Al fin de cuentas lo merecemos

Que se ofenda del todo algún dios
O que el diablo nos baje el pulgar

Ojalá a vos te importara con quién voy a pasar la noche
y a mí
saber si cenaste o qué vas a desayunar

Ojalá que alguien registre estas líneas
Ojalá que a alguien le importe
le ofenda
le emocione
lo que tenemos para decir

Ojalá a alguien le parezca que vale la pena hacernos callar
Griselda Perrotta

jueves, 1 de septiembre de 2016

Segunda edición de FRONTERA

Mi primer libro de cuentos se agotó. El 3 de septiembre presentamos la segunda edición. Podés encargar tu ejemplar acá.



martes, 2 de agosto de 2016

El impostor

Tener un hermano es grave. Pero compartir el vientre es aberrante. “¡Es un error!”, gritaba cuando vi que el idiota empezaba a separarse. Debíamos estar en el día cinco. “¡Es un error!”, más fuerte, pero nadie escuchaba. Miré alrededor y era tarde: estábamos implantados.
Para la primera ecografía el impostor ya tenía su propia bolsa, formada, enterita. Y más: tenía un corazón suyo, que le latía y todo. Me indigné. Estaba preocupado pero no tanto. Sabía que, en cuanto lo viera en la pantalla, mamá iba a darse cuenta de la estafa; ella se iba a dar cuenta de que su hijo era yo. ¿Acaso las madres no saben todo? Pero no. La muy traidora se puso feliz. ¡Feliz! De que me estuvieran usurpando el útero, ¡mi útero! Quise avisarle, grité más fuerte, pero no escuchaba. ¿Dicen que madre e hijo se comunican? Pavadas. Yo hablaba y ella, como una idiota, se acariciaba la panza todo el día, y encima hablaba en plural, como si los dos fuéramos hijos. Le empecé a dar acidez, para que aprenda. La reventé como por tres meses. El imbécil ya tenía dos huecos que parecían ojos pero todavía no los abría. No se animaba, calculo. Sabía que todavía yo no llegaba, pero en algún momento sí, ya iba a ver, cuando tuviera brazos, cuando tuviera piernas. Le iba a reventar la bolsa a patadas. Pedí hablar con alguien pero ni respondieron. Tenía poco tiempo: había que deshacerse del farsante antes del parto. Después iba a ser más difícil. Trataba de sacar todo lo que podía del cordón y que a él le quedara poco, pero nada. Noté que además de bolsa tenía su propio cordón. Las había pensado todas.
Ahí sí empecé a asustarme. Como fuera, me iba a defender. Ya pasaban cuatro meses. Yo tenía las piernas fuertes. Empecé a patearlo al tramposo, con furia. Quería romperle la bolsa y después, con los brazos, que ya tenía, iba a partirle la cara. Pero no pasaba nada. Yo pateaba y él seguía, ahí, comiendo, fresco. Y mamá, mamá peor, cuando yo pateaba ¡se ponía contenta! Y decía “¡mirá, mirá, se están moviendo!” Y entonces otra gente, extraños que yo no conocía, le ponían las manos en la panza, y yo sentía esas manos, que a veces estaban frías y me desconcentraban. Yo no me estaba moviendo. Estaba tratando de matar al infiltrado antes de que fuera tarde.
Y ahí, recién ahí, me di cuenta de lo peor: no íbamos a entrar los dos. Me asusté mucho. Alguno tenía que morir. Tenía que asegurarme que fuera él. Seguía pateando con fuerza pero no podía alcanzarlo. Bastardo. En un momento el roñoso me empezó a mostrar el pito. Yo me sentía muy solo. Cada vez que mamá iba al médico, o a controlarse, todo era algarabía, todo era dicha. Nadie se daba cuenta de lo grave que estaba pasando adentro. Cuando a mamá le pasaban el gel frío por la panza yo ya empezaba a mover los brazos, para que cuando me vieran se dieran cuenta de que tenía algo importante para decir. Pero cuando aparecía en la pantalla agitándome desesperado, escuchaba a los idiotas decir “¡Ay qué lindo! ¡Está saludando!” Saludando. Estaba pidiendo auxilio. Desesperado, pidiendo auxilio.  
Y en un momento, como a los seis, el traidor abrió los ojos y me miró raro, con odio. Noté que no me tenía miedo. Se estaba burlando. Él sabía, y yo sabía, los dos sabíamos, pero sobre todo él sabía, que el único hijo de mamá era yo, y que él era un ocupante. Desde ese día me clavaba la mirada todo el tiempo, para controlarme, se ve. Ya estábamos tan gigantes que no había más lugar. Y no lo decía yo. Lo decía el médico. Los dos escuchamos cuando le dijo a mamá “no hay lugar para los dos”. ¡Pero si yo sabía! ¡Lo sabía de hacía un montón! Y no quería ni pensar, si había podido escabullirse hasta la panza, lo que este nosferatu nos iba a hacer si salía. No podía permitirlo. ¿Qué hacer? Estaba abrumado. Un
esperpento como éste era capaz de matarnos.
El médico dijo que no había lugar y mamá se preocupó. Le preguntó qué podía pasar, y ahí paré la oreja, porque capaz daba alguna idea. Y me la dio. Le dijo varias cosas que podían pasar, yo escuchaba y no podía intervenir. Hasta que dijo que “en caso de existir una presión desigual del cuerpo del feto en la membrana, ésta puede romperse en forma prematura y causar riesgo”. Mamá pidió que le explicara más y ahí entendí: si se abría alguna de las bolsas cuando estábamos en la panza, el habitante podía morir. Tenía que ser él.  
También dijo que, si para la siguiente ecografía empeoraba, iban a programar una cesárea antes de la fecha estimada. No entendí mucho, pero tampoco podía arriesgarme a que naciéramos los dos vivos.
Puse todo en destruirlo. Lo empujé, mirando fijo, constante, para que recibiera. Al principio el impostor me enfrentaba, pero de a poco empezó a ceder, porque yo empujaba con todo y a él se tenía que apachurrar, así, cada vez más. Tenía que lograrlo antes de la siguiente ecografía.
Y un día pasó. Vi cómo su bolsa se empezaba a rasgar, como un papel. No, como un papel no. Como una tela. No, no. Como un churrasco. Eso, como un churrasco. Él entendió enseguida lo que le estaba pasando. A mamá le llevó más; recién cuando sintió el líquido chorreándole entre las piernas. Fuimos los tres al hospital y pasó algo que no esperaba: le abrieron la panza con un cuchillo y nos sacaron a los dos. Fue todo rápido. Yo todavía no estaba listo, el imbécil tampoco. Yo lloraba, gritaba, quería avisarles que me dejaran, que afuera íbamos a morir, pero no me hicieron caso.
Nos separaron de mamá y nos metieron en dos cajas transparentes, con una luz fuerte, nos llenaron de cables, con ropa y pañales. Hacía frío, todo era blanco y de metal. Mamá venía, se sentaba y lloraba. Yo también lloraba porque no quería verla triste. Pero el bastardo ni se movía, y cada tanto venían corriendo y empezaban a cambiar sus cables; se ve que lo controlaban de cerca, por peligroso. Hasta que un día se escuchó un ruido finito, seguido, vinieron todos corriendo y lo estuvieron revisando, después le sacaron todo, lo envolvieron y lo llevaron, desenchufaron su lado, le sacaron la cajita y le apagaron la luz. Ese día mamá estuvo todo el tiempo al lado mío, llorando fuerte. Yo estaba contento porque por fin se habían dado cuenta que el otro era un infiltrado. Quería salir. Tenía que consolarla. Al principio no entendía por qué ella estaba tan triste, pero un día mientras lloraba gritó algo así como “¡muerto por quééééééééé!”, así largo dijo, ééééééééééé, y entendí que al irritante no se lo habían llevado. Había muerto. Ahí me sentí mejor. Pero mamá seguía triste, se ve que la había engañado y ella también creyó que era el hijo.
Me puse bien para ayudarla y como a la semana ya me empezaron a sacar. Mamá me agarraba a upa. A los dos meses más o menos vinieron todos, me revisaron, y vi al médico firmar papeles. Después una chica me dio a mamá y vinimos juntos a casa.

En mi habitación además de mi cuna hay otra vacía y muchas cosas repetidas. Yo creo que ella pensaba que el monstruo se iba a salvar y venía a vivir con nosotros. Por suerte de esa zafé.
Mamá siempre estuvo triste, ella es triste. Fueron dos años y sigue triste. Pero nada más cuando hay otra gente. Cuando estamos solos no.
Me gustaría que mamá no hiciera esas cosas raras, como comprar dos juguetes, o usar tres platos en la mesa aunque sólo seamos dos, ella y yo.
Para que siga contenta yo en casa hago como que lo veo en la cuna, acostado, y le hablo, o en la cena cuando ella se da vuelta a buscar algo me como rápido lo del plato que sería para el farsante, cosas así. Cuando estamos solos ella dice “ustedes, ustedes”, como si la bestia compartiera y nos atendiera a los dos. Pero lo hace si no hay nadie. En el jardín, el supermercado, en el doctor, con gente del trabajo, con las amigas o los abuelos nunca pero nunca le habla al fantasma. Solamente se pone rara y la ven triste, y todos comentan que mamá es triste porque el otro se murió días después de nacer.
¿Y yo? ¿No alcanzo yo, que estoy vivo, que soy el hijo? ¿Para qué quería a ese impostor?  Igual algo le habrá hecho en la cabeza a mamá, se ve que tenía poderes, porque sigue convencida de que el monstruo vive acá. Y cuando estamos solos por eso es que está contenta. Sí, ya sé, que yo la ayudo, comiéndole la comida, desarmando su cuna, dejando juguetes en lados raros, como el mueble de las escobas o la mesita de luz, para que ella los encuentre. Pero no me animo a decirle. Tengo miedo de que mamá empiece a ser triste también en casa. Voy a seguir así, haciendo mis cosas y las cosas del monstruo, para que mamá no se entere de que se fue para siempre. Total soy fuerte y puedo.
Griselda Perrotta 


martes, 5 de julio de 2016

La llamada (*)

Es muy temprano o anoche todavía. El despertador quiere taladrar pero fracasa, ya estoy despierta, nunca me duermo. Vivo cansada pero en vela. Culpar al bebé no puedo. No se culpa a los bebés. Al padre que durmió toda la noche, sí; que no se levantó en ninguna teta, sí; que no cambió ningún pañal, sí. Por meses.
Me acuesto última y me levanto primera. Hoy es miércoles 15 de junio. Mitad de mes, mitad de semana y mitad del año, el peor día: ya no hice la mitad de las cosas.
Me visto yo, visto al bebé y él me da un mate. Lo odio.
Lo veo despedirse y salir antes y, otra vez, lo odio.
Salimos corriendo. Tengo frío y además llueve. La capa impermeable sobre la cabeza nos cubre a los dos. Parezco un linyera.
Quince minutos más y hubiera salido a tiempo. Quince minutos más y no llegábamos tarde. Quince minutos más y yo elegía mi ropa. Quince minutos más y me lavaba los dientes. Quince minutos más y no olvidaba la llave. Pero nunca hay quince minutos más, yo nunca tengo quince minutos más. Si el padre no hubiera salido antes diciendo que arranca temprano, si anoche hubiera preparado las cosas para el bebé, si esta mañana me hubiera ayudado a vestirlo, si nos hubiera alcanzado en auto aunque vaya para otro lado, tal vez si alguna de esas cosas hubiera pasado, al menos una, tal vez sí tendría quince minutos y no estaríamos llegando tarde. A la guardería que elegí yo, porque me queda cerca de donde trabajo. Yo.
No queremos llegar tarde. Camino casi corriendo, no mucho, lo que se puede, pero el colectivo no nos espera. Todo me pesa mucho pero no entiendo cuán mucho. Pesa demasiado. Por lo menos veinte kilos me cargo encima, bolsos, cartera y bebé. Se soporta porque es gradual, aumenta de a poco. Dos kilos, tres, cinco, ocho, doce, quince, veinte. Ahora son veinte. Y encima llueve. Y vamos a llegar tarde. ¿Necesito trabajar? Sí, claro, el alquiler, las expensas, los gastos, la obra social. Y la guardería. Eso ni se pregunta. Siempre hay que trabajar. Y hay que ser madre del bebé, nadie puede hacer eso por mí. Pienso, siempre, si habrá otras opciones, pero es como estar abrazada a un trompo; y sé que abajo está el suelo, que si me atreviera a apoyar la mano el trompo se detendría, rodaría descontrolado conmigo encima, terminaría roto, pero al menos se detendría. Este punto desquiciado existe solamente porque yo existo. Sin mí no hay trompo, el bebé tiene más madres, el padre trabaja por todos. Sin mí el mundo es otro. Pero el cambio es sacrificar, no sé si me atrevo, porque algo sobra, lo sé. Tal vez el marido, tal vez el trabajo, tal vez el bebé, tal vez yo. Tal vez un poco de cada cosa. No estoy lista.
Pienso. Pienso que esta propuesta funciona porque sirve a demasiados, hombres, mujeres. No tenemos opción. Ayudan el aislamiento, la soledad, la distancia. No saber quién vive enfrente, todo es pautado, pensado, fraccionado.  Nada es personal.  Esto pienso mientras subo la escalera hasta el salón. Llegamos.
Entrego al bebé.
La vida es eso que encajo en las tres horas que tengo.
            Salgo corriendo, paró de llover.
            Siempre para de llover cuando menos lo necesito.  
Griselda Perrotta


(*) Mención en el Primera Certamen Nacional de Literatura de la Revista Conurbana.Cult, publicado en Voces del Cono Sur.


domingo, 26 de junio de 2016

Evento presentación de FRONTERA

Algunas fotos de la presentación de FRONTERA. El álbum completo acá.
Podés comprar el libro acá.




martes, 31 de mayo de 2016

Brinda explicaciones

Brinda Explicaciones

Señor Juez:

         Quiero aclararle a usted, ante todo, que soy un ciudadano decente que se vio envuelto en circunstancias que lo sobrepasaron, y que cualquier persona normal hubiera terminado igual o peor que yo. Me siento a escribir estas líneas porque mi abogado dijo que si alega demencia temporaria podría evitar ir preso. Pero desde ya le digo que, si es por mí, se pueden ir al carajo usted y el abogado, que yo no voy a andar diciendo que estoy loco cuando no lo estoy. Aclarado esto, y sólo para que usted entienda y considere mi versión de lo ocurrido al tomar su decisión final, relataré tal cual lo recuerdo los hechos del 20 de agosto de 2011, que ocurrieron justo antes de que la Policía entrara al departamento de Ponce y me encontrara con un cuchillo en el cuello de su mujer.
            Ese día, 20 de agosto de 2011, no fue un día cualquiera. Pero empiezo por el principio para que todo quede bien claro.
            Ya me había dicho yo que tremendo error había sido firmar contrato con la editorial (sabrá que soy escritor). La cosa es que, apurado por las cuentas que se me acumulaban, pacté con una editorial de mala muerte que publica una revista de cuarta, qué digo de cuarta, de quinta categoría, que me contrató para escribir un artículo semanal de seis carillas sobre temas de interés vinculados a cuestiones de actualidad tratadas en los medios, con contenido escandalizante. ¿Tiene idea usted, Señor Juez, del tiempo que lleva llenar seis carillas? ¿Tiene noción de lo escasos que son los temas de interés en este mundo? Mire, mire nomás en los diarios, en las revistas o en internet; me imagino que usted mira en internet. Mire y dígame, sinceramente, si los medios no giran todos alrededor de tres o cuatro cuestiones que son siempre las mismas y nos presentan como cosa nueva, como si todos fuéramos idiotas. Y hay más. Si se fija va a ver que ni siquiera les importa decir una cosa en una página y la cosa contraria al reverso. No es que no se den cuenta. Créame que no les importa. Créame que nos toman a todos por idiotas.
            A la editorial llegué por Susi, la mujer de Ponce, vecinos del quinto. Una gorda chillona con cuerpo de foca sin perilla de volumen: para ella todo es super alto. Huele a cuerina y maquillaje berreta y su actividad principal es meterse en la vida de los otros. Una mañana yo bajaba a comprarme unas figacitas de manteca y me la cruzo en el ascensor. Ella acompañaba a la escuela a su hija Licita, una chica de 12 años que le juro que con escucharla basta para perder la fe en la raza humana. Yo no soy mucho de hablar, pero tampoco maleducado. No sé cómo ella me saca conversación, y le termino haciendo algún comentario del que dedujo que estaba apretado de plata. No niego que fuera cierto, los apremios estaban. Digo que la mujer estaba alerta, porque de plata no hablé, estoy seguro. Habré hecho algún chiste, la verdad no me acuerdo, pero con algo que dije ella se vio habilitada a taladrarme todo el viaje a la panadería, contándome que trabajaba de directora de arte en una revista y siempre buscaban columnistas. Susi sabía que soy escritor, por las reuniones de consorcio, por eso digo que debía estar alerta y yo como un gil le di el pie. Estuve lento. Con verla a Susi ya basta para entender que, si esa es la directora de arte, qué puede esperarse del resto.
            No estaba muy convencido. Para mí escribir siempre fue algo serio, muy personal, pero en ese momento pensé que en definitiva muchos escritores lo hacen, que no tenía nada de malo escribir por dinero, y accedí a mandar una muestra al mail que ella me indicó. Era un pequeño ensayo que había escrito unos meses antes, después de escuchar en televisión que una viejita agarraba gatos de la calle y se los cocinaba a su perro, como comida. Mi ensayo versaba sobre la desesperación y la soledad.
            Cuando me quise acordar, Susi estaba tocándome timbre con un contrato en dos ejemplares y una sonrisa rojo pastoso que le llenaba la cara. Le pedí que me lo dejara para revisar; lo leí por encima y sólo veía era que, sumando caracteres y frecuencia, y multiplicándolos (o sumándolos, ahora no recuerdo), me cerraba para los gastos fijos. Firmé. Cuando se lo bajé a la casa, Susi grito de alegría agitando los brazos y me besó apoyando los labios sudados sobre mi boca, dejando una marca de rouge que tardé quince minutos en sacarme cuando volví a casa. Debí haberlo sospechado, la mujer no estaba bien.
            Según el contrato las entregas empezaban inmediatamente al firmar. Para escribir el primer artículo abrí el diario y esperé a que surgiera algo. Pasé Economía y Negocios, Política, Deporte, etcétera hasta que vi, en Policiales, la nota ideal: un chico de trece años había golpeado en forma salvaje al novio de su hermana cuando los encontró desnudos en el garaje de la casa. El novio había entrado en coma y el hermano quedó preso; la hermana se suicidó al día siguiente. Decía también que el agresor y la chica eran gemelos y hacían todo juntos. Parece que, desde jardín, los gemelos y el novio habían sido íntimos, los tres, y desde hacía un par de semanas la chica y la víctima se veían a escondidas del chico. El periodista dedicaba la mitad de la nota a detallar hábitos y costumbres del trío anteriores al noviazgo. Mi primera sensación fue que de algún modo justificaba el actuar del gemelo, culpando a los otros dos de engañarlo. Por supuesto no lo dijo así, pero ese era el espíritu de su narración. Eso me inspiró a usar cuatro de las seis páginas para desarrollar la frecuencia del incesto adolescente en los jóvenes. Actual y escandalizante, como la editorial quería. Estaba orgulloso. Ya terminado, lo imprimí y lo subí a mi vecina.
            Desde el pasillo podía escuchar a Licita destrozando un aria de Bizet. Susi abrió en calzas y musculosa y me invitó a pasar. Cuando le dije que había terminado se puso eufórica. Había pedido que, antes de mandarlos al mail, los imprimiera y se los dejara leer, para ver si estaban en línea. El pedido no me gustó, pero como me había hecho el contacto me dio no sé qué negarme.
            Me hizo sentar en un sillón lleno de manchas y me obligó a tomarme un vaso de Fanta. Después se puso unos anteojos con borde dorado que le colgaban siempre del cuello. Se apoltronó en su sillón y empezó a leer mi trabajo. Licita seguía cantando como una muñeca grande, espantosa y tonta. Susi pasaba las hojas y, sin saber por qué, noté que su cara se transformaba hasta posarse claramente en una expresión de asco; mi relato le daba asco. No lo terminó. Estaba apenas por la mitad cuando me lo rompió en dieciséis partes (las conté), mientras miraba alternadamente, a mí con odio, a su hija con preocupación, moviendo sólo los ojos. La línea entre la nariz y el labio se le empezó a llenar de gotas; levantó su cuerpo redondo, se me acercó y en tono humillante me dijo: “¡¿Pero vos qué te pensás que sos?! ¡Deberías estar preso! ¿No te das cuenta de que esta es una casa de familia? ¿Cómo te atrevés a traerme esto, pedazo de degenerado?”. Yo no entendía nada. Licita seguía cantando en su mundo, como si la madre no estuviera gritándome a todo pulmón, al punto de despertar a Ponce, que dormía la siesta.
Susi no podría haber elegido mejor complemento que Ponce; tal para cual. También gordo, sonoro, se movía como en una caminata lunar: ladeaba el cuerpo hacia los costados y no levantaba un pie hasta terminar de apoyar del todo el otro. “¿Qué mierda pasa?”, dijo abriendo la puerta de su habitación a medias, lo suficiente para que me enterara de que usaba bóxers de raso rojo. Era gigante. Al verlo agradecí en silencio que Susi hubiera destrozado mi artículo y no fuera a compartirlo con él.   “Nada”   —contestó Susi— “es que no sabés la porquería que me trajo para la revista”. Ponce, sin responder, dio media vuelta y volvió al cuarto cerrando de un portazo. Licita seguía cantando y su voz hacía todo más inverosímil.
            La gorda siguió: “Mirá Rogonov, yo no sé para qué clase de gente estás acostumbrado a escribir vos, pero así vamos mal. Que sea la última vez que me traés una porquería así. Yo soy una mujer de su casa. ¿Cómo te atrevés a traerme esta barbaridad? La próxima Ponce que te caga a trompadas”. Y la remató diciendo: “¿No ves que acá hay una criatura?”, mientras señalaba a Licita. Yo seguía sin entender. En ningún momento había pensado que la chica iba a leer mi artículo. Más que arrepentido de haber firmado el contrato, le pedí disculpas a mi vecina, sin convicción, sólo para calmarnos. Dije que nunca había visto un ejemplar de la revista y le pregunté si podía facilitarme alguno para ver el tono. Susi rió con estruendo, tapando por unos segundos la voz de Licita. Ya calmada, suspiró, me miró con desprecio y dijo: “¿Me estás diciendo que jamás en tu vida leíste ‘Noticias y Delicias’???”. “No”, respondí sin emociones. La gorda revoleó los ojos, dio media vuelta sobre su eje y se agachó poniéndome todo el culo de frente; tomó de un revistero un ejemplar de unas 20 páginas, impreso en el papel más berreta que vi en mi vida, y me lo tiró a las piernas. El olor a tinta me penetró la garganta. Lo tomé y vi que los dedos me quedaban pegoteados con manchas de tinta.
            Era un pasquín de difícil clasificación. Tenía chimentos, política, chimentos de política, análisis superficial de notas periodísticas, resultados de partidos de futbol, una sección de automaquillaje, consejos de lactancia, otra vez chimentos de política. Lo primero que pensé fue que, si yo tenía que escribir seis páginas, mi artículo iba a ocupar casi un tercio de la revista. Lo segundo, fue que la gorda tenía razón: lo que yo había escrito no encajaba en el pasquín ni a presión. Y lo tercero, que un solo renglón publicado en esa revista con mi nombre al lado sería la peor vergüenza de mi vida y la muerte de mi carrera de escritor.
            No le dije a Susi, pero sabía que no iba a poder entregar ni un solo artículo, así que me despedí en forma amable, subí a mi departamento y empecé a buscar el contrato para leerlo bien. Decía algo así como que, si me abría, tendría que pagarle a la editorial como indemnización lo que ellos me hubieran pagado a mí durante un año, doblado. Me pareció un delirio, así que lo hice ver por mi primo que es abogado. Él lo confirmó, y me dijo que si no lo hacía me exponía a un juicio de la editorial. Juro, le juro yo Señor Juez, que hasta que me lo vio mi primo yo no había reparado en el nombre de la contraparte: Editorial A-Licita. Fue escucharlo de boca de otro para que me llegaran como ráfaga los dedos de Susi veteados de tinta y las pilas de papel que se veían por la puerta entreabierta de la cocina mientras la gorda me servía la Fanta. Recién ahí lo entendí: había firmado contrato con una editorial familiar clandestina. La verdad me tranquilicé un poco, porque pensé que los Ponce no iban a hacerme ninguna trastada con abogados, juicios, ni esas cosas sucias. Lo que nunca pensé era que Susi estaba tan loca. Que de haberlo sabido, Señor Juez, le juro que me sentaba, como castigo por haber sido tan idiota, a llenarle las seis páginas semanales con cualquier pelotudez.
            El día siguiente al que la gorda destrozó mi artículo, a las seis de la mañana me tocan el timbre. Era Susi, que venía a traerme un libro de oraciones y unas estampitas y a preguntar si tenía listo el primer artículo. Le dije que no, que lo había estado pensando y quería abrirme porque estaba con otras cosas y no iba a poder cumplirles. “¿Con qué cosas, si sos un vago?”, me contestó impertinente. Le cerré la puerta de un golpe, sin saber que sellaba mi condena.
            A partir de ese día Susi se puso en campaña para hacerme perder los estribos. Todas las mañanas a las seis me tocaba el timbre y pasaba por abajo de mi puerta estampitas de santos. Pegó en el ascensor y en todos los árboles de la cuadra una nota diciendo que yo era un degenerado y advirtiendo a los padres que no permitieran a sus hijos acercárseme. Convenció al encargado de que dejara de limpiar mi palier y de sacar mi bolsa de basura, que yo dejaba en el lugar para eso y aparecía, todos los días, abierta en mi puerta con el contenido desparramado. No se cómo, hizo que en el barrio los negocios dejaran de venderme. En cuestión de semanas ya no podía caminar por la calle sin que la gente murmurara a mi paso. Y no vaya  pensar, Señor Juez, que yo soy un paranoico ni ninguna de esas cosas raras que me dice el abogado. Por ese lado me quedo tranquilo de que cuando me revise el psiquiatra oficial va a corroborar que estoy cuerdo. No, paranoico no estoy. Cada vez que me la cruzaba, la gorda dejaba bien claro que lo que estaba pasando era obra suya, y que lo merecía por ser un “degenerado bastardo”. Al principio yo no le contestaba, porque pensé que se le iba a pasar, que pronto iba a encontrar a otro a quien molestar y se iba a olvidar de mí. Cuando vi que no paraba, le dije que la cortara o íbamos a terminar mal. Varias veces, en persona, se lo dije, hasta que me di cuenta que disfrutaba viendo cómo me ponía nervioso, y entendí que así no iba a conseguir nada. Intenté hablar con los vecinos pero me daban vuelta la cara. Vaya a saber uno qué cosas habrá inventado esta tipa. Hasta traté de hablarlo con Ponce, pero fue peor. Le toqué timbre un día tipo nueve de la mañana, que sabía que Susi y Licita no estaban porque era hora de ir a la escuela. Ponce me abrió en pijama y volvió a cerrar en cuanto vio que era yo. Insití con el timbre y fue un error. Volvió a abrir, me cazó de la camisa y me arrastró, gritando que los problemas con su mujer los arreglara con su mujer. La verdad que no me animaba a ir a la Policía porque tenía un poco de miedo de lo que iba a decir Susi, y no quería quedar sospechado de algo grave, que puede pasar. Así aguanté unas semanas. Todos los días empezaban con un martirio y terminaban peor. Esperaba que la cosa se pasara sola. Pero el 20 de agosto de 2011 fue demasiado.     
Ese día me levanté, como todos, con el timbrazo de la gorda, que en lugar de meterme una estampita abajo la puerta, esta vez pasaba agua. Abro rápido y la veo con un balde mojando todo mientras rezaba. “¡¿Estás loca?!”, le grito. “¡Degenerado, a ver si con agua bendita te curás!!!” me contesta mientras me tira encima lo que le quedaba en el balde. Y ahí me transformé. Ella se habrá dado cuenta, porque empezó a correr para la escalera. Yo la perseguía convencido de que esta iba a ser la última, sin saber bien qué iba a pasar cuando la agarrara.
La corría por la escalera y después por todo el pasillo, mientras ella gritaba como si yo fuera un asesino, hasta que se mete en su departamento, va a la cocina, agarra un cuchillo de carnicero y me salta encima, quedando en el aire suspendida por un momento y cayendo de pleno sobre mí. Parecía una película. Quedamos en el piso los dos forcejeando, mientras la gorda gritaba como si yo le estuviera haciendo algo a ella. Era increíble lo que pesaba; casi no podía respirar. No sé cómo, en el forcejeo empezamos a rodar y yo termino encima de ella; en una pirueta le saco el cuchillo con la mano derecha; por inercia giramos otra vez y yo vuelvo a quedar bajo la gorda. Y en ese momento siento que ella me agarra los huevos clavándome las uñas y me los empieza a apretar pero con una fuerza, Señor Juez, que le juro que era para arrancármelos. Le juro que si la cosa no terminaba como terminó esa mujer me los terminaba arrancando. Yo estaba inmovilizado hasta el cuello; lo único que podía mover era el brazo derecho, y entonces como un instinto se me dobla el codo, con lo que el cuchillo (que de antes lo tenía en esa mano) viene de casualidad a quedarle a mi vecina justo entre los pliegues del cuello. Y ahí es donde la Policía me caza el brazo y me inmovilizan. Yo traté de explicarles que era un malentendido, pero nadie escuchaba. Me pusieron boca abajo y me esposaron. Y después ya me acuerdo poco. El viaje en patrullero, el colchón roñoso, la falta de apetito, la internación después de la golpiza, la primera reunión con el abogado. Desde que estoy preso paso todo el día drogado porque si no ya estaría muerto, para qué le voy a mentir.
            Mire Señor Juez, yo no espero que usted me crea sólo por leer lo que acabo de escribirle. Lo que le pido, si es que le importa un poco la Justicia o lo que sea que usted imparte, es que aunque sea una vez los cite a Susana, Alicia y Juan Carlos Ponce, no digo para tomarles declaración porque no sé si eso se puede, yo de cosas legales no entiendo nada, pero cítelos para ver que esta gente está mal del bocho, y hágales un par de preguntas y va a ver que tengo razón. Sólo eso le pido. Después decida como a usted le parezca, que al fin y al cabo para eso está.
            Agradezco desde ya su atención, y les deseo a usted y a su familia lo mejor para estas Fiestas.
            Atentamente,                         

Maximiliano Rogonov



Griselda Perrotta