martes, 29 de marzo de 2016

El rey

Aunque el ruido que hace un disparo se desconozca, se reconoce igual. Era un disparo.
            —¿No habría que llamar a la Policía?
            —¿Para qué?
            —Y que hagan algo…
            —¿Algo de qué?
            —No sé, ¡llevárselo!
            —¿Y si fue ella?
—Te toca a vos.
Patricia mueve el caballo.
—¿Pero meternos, decís? Son cosas de ellos.
—La casa es nuestra.
—Bueno, pero si le alquilamos la habitación…
—A él se la alquilamos.
—¿Y si está muerta?
—¿Quién?
—¡Ella!
Patricia, sin anunciarlo, se come un peón.
—Esas no sirven para nada —dice Valeria despreciando la movida, mientras ve a su hermana acomodar la defensa junto al resto de las piezas blancas que, desde ayer, le viene ganando.
—Los hombres muertos tampoco.
—¿Qué decís?
—De Omar. Que ahora, muerto, no va a servirnos de nada.
—No entiendo.
—Las cosas. Que no va a poder ocuparse más de las cosas.
—¿Eso te preocupa?
—Jaque.
—La reina no es jaque, Patricia. Solamente el rey.
—¿Y no es este, el rey?
—No. Esa es la reina.
—¿Y si te como la reina qué pasa?
—Pst…¡nada!
—¿Entonces qué hacemos?
—Y, o movés esa torre a la izquierda, o…
—Con el disparo, digo.
—¿Vos decís que fue ella? Habría que subir a hablarle a él, entonces.
—Pero si fue ella…él…
—Es raro, que ahora no se oya nada.
—“Oiga”, se dice, “no se oiga”.
—Ah, mirá vos, pensé que era “oya”.
—Es “oiga”.
—¿Y estos peones gigantes qué son? Hay pocos.
—“Alfiles”, dice la caja.
—¿Y cómo se mueven?
—Habría que subir.
—O llamar a la Policía…
—No sé qué les vas a decirles…
— “Qué vas a decirles”
—¡Vos! ¿Yo por qué?
— “Qué vas a decirles”, se dice. No, “qué les vas a decirles”.
—Ah, mirá vos, no me lo recordaba.
—Te como la torre. No tenés más. ¿Gané?
—El rey, tenés que comerte. Sólo el rey gana.
—Pierde.
—Sí, pierde. No te hagas la piola.
—¿Te pagó el mes?
—¿Quién?
Valeria cierra el puño y levanta rígido el índice, señalando a la planta alta.
—No.
—¡Patricia!
—¡¿Qué?!
—¿Y ahora a quién le cobramos?
—¡Y, a ella! Si vive acá, también.
—¿Decís que se quedará?
—Tocan timbre
.           —No escuché…
—¡Pero sí, te digo que tocan! ¡Y hace rato, ya!
Registra los golpes y entonces reacciona:
—¡Ay, qué animal! ¡¿Quién golpea así?!
Desde la puerta llega una voz clara, contundente:
            —¡Policía! ¡Llamaron vecinos, que oyeron disparos!
            Con fastidio, Valeria camina a la puerta desatándose el delantal.
            —¿Quién es?
            —Policía, señora. Los vecinos reportaron disparos. Por favor abra.
            Por la hendija, con la cadenita puesta, la mujer, sin saludar antes, le dice:
            —Uno solo.
            —¿Cómo dice?
            —Uno solo. Disparo. Uno solo, hubo. No disparo…s, como dice usted. Uno solo. Disparo.
            —Por favor, abra la puerta y nos explica qué pasó.
            —Es que no sé qué pasó.
            Desde la ventana, Marconi divisa sobre la mesa un tablero de ajedrez y el perfil de unas pantuflas. Sin sacar la vista del cuadro, le pregunta:
            —¿Está sola?
            —Tengo derechos.
            —Señora, tenemos que entrar.
            —Es mi morada. Tengo derechos.
          Marconi hace un gesto al costado y Valeria ve salir, por detrás, a otro oficial que va hasta el patrullero y dice algo por radio. Al rato siente que el vidrio de la puerta trasera se rompe. Después no escucha nada más.
Cuando vuelve en sí, está echada en el sillón. Una chica vestida de policía le apoya un paño frío en la cabeza, mientras otra vestida de médica le toma el pulso.
Un poco más lejos, parados, hay dos oficiales con armas que escriben sobre papeles. De casualidad, casi, escucha que el más joven le dice al otro, mientras señala el tablero:
—Está fallado. Tiene dos pares de reinas.
Griselda Perrotta






jueves, 17 de marzo de 2016

Primera reunión con Peces de Ciudad


Ayer nos reunimos con Peces de Ciudad para conversar sobre la publicación de mi primer libro.
Será un compilado de cuentos para adultos y será pronto.
Gracias a Mariana Kruk y a Sole Blanco por mirarme.
Soy un manuscrito lleno de tachones y una montaña de ganas.




martes, 16 de febrero de 2016

La fruta prohibida (*)

            Es posible que alguien transcurra la vida entera ignorando el sabor de ciertas cosas. Las naranjas, por ejemplo. Recuerdo el día en que las probé por primera vez. Yo tenía ocho años y fue gracias a Vera, mi abuela paterna. Si no hubiera sido por ella, tal vez no las conocería. Mamá nunca las compraba, decía que son muy fuertes y que largan olor feo. De hecho, nunca volví a comerlas.
Para poner en contexto, debo decir que mi infancia fue bastante constructiva: la pasé casi entera en construcciones. El departamento de dos ambientes durante el año, y el de uno solo en vacaciones, siete días en Mar del Plata. Y la escuela, claro.
Mi abuela Vera no podía soportar muchas cosas. Una, que su único hijo hubiera dejado la enormidad de la quinta en San Pedro para mudarse a un dos ambientes en Barracas. Otra, saber que lo había hecho para estar con mi madre, que había heredado el dos ambientes de Barracas. Y la última, que nunca, nunquísima nunca, fuéramos a visitarla. Así que cuando venía, dos o tres veces al año, se alojaba donde vivíamos y dedicaba el día a cuestionar la forma en que mis padres se conducían, ellos, como seres humanos vivientes, y la forma en que me estaban educando. “Criando”, decía.
Ese verano de la naranja no fuimos a Mar del Plata porque en las vacaciones iba a nacer mi hermano. Mamá era una mujer práctica, así que no sólo programó el embarazo para que terminara más o menos en enero, sino que también le pidió a su médico que le organizara una cesárea para organizarse con el trabajo, con la casa y con el nene. El nene era yo.
Aprovechando la visita de Vera para las Fiestas, armó el procedimiento para el día cuatro, así yo podía quedarme con mi abuela mientras ellos se iban a la Clínica. De todo esto Vera se enteró el 23 de diciembre durante la cena. Para Vera, el embarazo consciente con cesárea programada y comprarse una entrada al infierno eran más o menos lo mismo. Semejante nivel de manipulación le resultaba inconcebible. Así se los hizo saber en voz alta y delante mío, pero igual se quedó.
La cesárea no fue tan simple como mi madre pensaba, y eso hizo que ella y mi hermano quedaran internados casi un mes; mi padre quedó con ellos. En ese tiempo, Vera y yo convivimos.
Ya antes de que se supieran las complicaciones, Vera me había aclarado que eso que iba a hacer mi madre no era parir, y se encargó de explicarme, a mis ocho años y con detalles, la perfección del cuerpo humano, femenino y masculino, y, sobre todo, el delicado pasaje del mundo sutil al mundo material que un parto supone —y, por el contrario, el horror que una cesárea implica—. Todo esto según ella, se entiende. También me habló mucho de mi madre, de mi padre y de la vida. Yo la escuchaba. Nada más. Poco podía opinar o decir ante tanto conocimiento, revelado a una edad tan temprana. Aprendí mucho, ese verano.
Fue así que, envalentonada por la ausencia de mis padres, además de darme un curso intensivo del sentido del Universo, Vera, que al principio respetaba la detallada lista de alimentos que   —según  mi madre— yo estaba acostumbrado a comer (y que decía cosas como, por ejemplo: “Merienda: leche chocolatada. Si no quiere, jugo de naranja Tang”), empezó de a poco a incorporarme otras comidas que ni siquiera se conseguían en el almacén donde mamá compraba, y que teníamos que ir a buscar en colectivo. Un mundo nuevo.
Una tarde Vera acababa de explicarme el motivo por el cual enferma el hombre, que al parecer ella tenía muy claro, por cómo lo expuso. Yo quedé bastante sorprendido y hasta un poco asustado. Entonces me dijo: “Voy a preparar la merienda. ¿Querés esa leche que te da tu mamá?”. Respondí: “No. Prefiero naranja”, esperando un vaso largo del líquido anaranjado.
Cuando llegué a la mesa, Vera había desplegado en un plato violeta, como una flor, los gajos de una naranja pelada a vivo, sin semillitas ni la parte blanca. La mire con duda, pero no pude negarme a su sonrisa.
Tomé uno con las dos manos. Estaba frío. Cuando mordí, el ácido me hizo fruncir los labios y achinar los ojos, mientras la boca se me llenaba de saliva. Era una sensación nueva, hiriente y dulce a la vez.
Vera me acarició la cabeza y rió fuerte. Tomó también ella un pedazo, lo masticó con las muelas y, después de tragarlo, me dijo: “¿Ves, Lorenzo? Así saben las naranjas”.
Griselda Perrotta

(*) Mención de Honor en el Concurso Literario de Cuento y Poesía "Horacio Quiroga" 2015 de la Sociedad Argentina de Escritores (ZN) 



jueves, 14 de enero de 2016

Los perros

Los perros están imposibles. Capaz por la nube de mosquitos que, desde hace tres días, flota a la altura de las copas, sin bajar. No pican pero tampoco es normal.
—¡Chito, Satán! —grita el Mono, como si el perro lo conociera. Sigue ladrando. Coqueta, en cambio, aúlla.
—Perra de mierda, ¿es castrada?
Irma niega con la cabeza.
—¿Un mate, doña? —y estira la mano, alcanzándoselo.
Irma muestra la palma volviendo a negar.
—No se asuste, es unos días, no más, hasta que todo se calme, ¿vio?
No sabe de qué está hablando, en los ojos de Irma, el Mono, lo nota.
—¿No sabe quién soy? ¿No tiene televisor? ¿Radio, no tiene?
El Mono mira al rancho, ve los yuyos altos, casi hasta la ventana, revisa alrededor girándose todo y queda de espaldas. No se ve antena, ni poste, cables, nada. Ni caserío.
—No sabe quién soy… Mejor. Dígame “Mono”, yo soy el “Mono”.
—El Mono —repite Irma.
—¿Y usted? Su nombre, digo.
—Irma Inés Suarez —responde digna, alzando el mentón, con la frente en alto.
El Mono ríe.
—¿Y es sola, acá?
Duda qué responderle, se da cuenta, el Mono. Los perros siguen, ladra uno, la otra que aúlla.
—Si es sola, pregunto. No tenga miedo, doña, para saber, no más.
—Tengo marido. Está en la cosecha, él vuelve —dice tocándose el anular.
El Mono se limpia con el mayor y el pulgar, en la comisura, una saliva imaginaria.
Irma se acomoda y con las dos manos busca estirar la pollera, pero la tela es muy dura y apenas puede pasar un poco por abajo de las rodillas. En el movimiento la cuerda de los tobillos le hace sentir un tirón.
            —¿Está muy fuerte? No es personal, ya le dije.
Satán y Coqueta siguen insoportables, encadenados los dos, junto a las cuchas con nombres.
El Mono se pasa por el flequillo todos los dedos abiertos, como un peine, e insiste volviendo a ofrecerle:
—Tómese un mate, Irma Inés Suarez, que acá es temprano y para la noche falta.
Irma mira a los perros. A los mosquitos que vuelan, y también mira a los perros.
Griselda Perrotta



lunes, 21 de diciembre de 2015

La transferencia


Podría haber dicho que, si existió algo, yo no lo sabía. O haberlo negado. O asentir y callarme, como hicieron varias. O solo callarme. Pero me largué a llorar delante de todas, y entonces cada una sacó la conclusión que quiso. Y lo peor fue la puesta en común que (supongo) vino después entre ellas, y de ahí habrá surgido —calculo, si no, ¿de dónde?— lo que Cynthia me preguntaba.
            —Es mentira —dije solamente.
Noté que esperaba más, pero lo que se decía de Martín tampoco era falso, y para empezar a defenderlo hubiera tenido que retacear datos, que me pareció más peligroso que dejarlo así. Además, tampoco estaba segura de que lo que Cynthia decía fuera mentira. Y no es que fuera a averiguarlo (ciertos temas es difícil, tocar con un novio).

Los padres, nunca supimos si se enteraron (salvo por la involucrada, la única que debía saberlo).
Cuando nació el bebé algunas dijeron de visitarlos, no para saludar, se entiende: querían ver si era pelirrojo.
Lo que es yo, me moría por comprobar que era rubio, moreno, azul, de cualquier color menos rojo. No fui a verlo. Nadie fue. No se…“estila”, digamos, que las docentes visiten a las madres cuando tienen un bebé. Tendría que esperar el rumor, verlo en algún acto, o aguantar  unos años hasta que fuera alumno.

Martín, mientras tanto, actuaba normal. Tanto, que yo dudaba del rumor. Con nosotras siempre había sido tan prolijo, que me costaba creer que con la madre de un alumno fuera a descuidarse tanto. Pero esas cosas pasan. Puede pasar.

Debía ser por septiembre cuando la vi parada en la puerta. Tenía al nene tapado con tela, como una tela que le colgaba del hombro y la ataba por detrás de la espalda. Iba con los brazos sueltos y se acomodaba el pelo. Pensé si el bebé sería pelirrojo. Lo tenía tapado.

—¿Acá es Plástica?
La pregunta era inútil: las latas con pinceles y las paredes de collages podían responderle solas. Le dije, en cambio:
—Sos la mamá de las mellizas, ¿no?
—De las mellizas —dijo asintiendo, mientras apretaba el bultito que le colgaba delante del torso.
—¿A quién buscás?
—A vos. A vos te buscaba, Luciana.
            Me hice la que acomodaba los acrílicos en la mesa mientras trataba de controlar los nervios, capaz treinta segundos, y quise llevar las cosas a lo formal:
            —¿Pasó algo con las nenas?
            —Nada. Las chicas están perfectas. Les encanta tu clase.
           —Qué suerte. Me alegro mucho. A mí también me gusta mucho enseñarles técnicas, porque a esa edad es cuando… —no podía creer la estupidez que estaba diciendo. Rogaba que sonara un teléfono, que llegara el de limpieza, o que ella empezara a hablar. Pero no lo hacía, solo acariciaba el bultito de tela que le colgaba adelante.
            Habré estado más o menos diez minutos hablándole de la clase, del arte y de las mellizas. La invité a acercarse a la pared del fondo, donde había colgado lo de las nenas, y podría haber seguido horas si no fuera porque el bebé empezó a ponerse molesto, a hacer ruiditos y a contonearse. Se puso a llorar. Esperaba que con los llantos la madre saliera a cambiarle el pañal, no sé por qué pensé en el pañal.
          —Tiene hambre —me dijo. No la invité a sentarse pero ella, sin pedir permiso, se acercó sola al escritorio, alejó un poco la silla y se acomodó ahí. Se desprendió el portador que le cruzaba la espalda y, con destreza, sin descubrir al bebé, se lo apoyó sobre un muslo mientras con la mano izquierda se desprendía todos los botones de la camisa blanca. No usaba corpiño. Tenía los pechos redondos y duros, llenos, como si fueran a explotar. Acomodó al bebé de costado y se lo acercó al cuerpo. El bebé se prendió a la teta, hábil, como un cachorro. Y seguía sin saber a qué habían venido.    

—Los hijos… —empezó ella.
—No tengo —le respondí. Me miró raro y siguió:
—No queríamos tener más. Bah, yo sí, mi marido no quería. ¿Sabías que se operó?
—No, ¿cómo iba a…?
—A lo mejor él te había contado.
—¿Quién?
—Mi marido. Me contó de ustedes. De la kermesse.
—No entiendo.
—Que mi marido me contó… lo que pasó en la kermesse de Fin de Año, el año pasado, cuando desaparecieron. Que la gente de limpieza los encontró, borrachos, en el cuarto de las escobas.
Eso era lo que se rumoreaba de esta mujer con Martín: que los había encontrado juntos, un año atrás, en actitud sospechosa. O era una especie de prueba o estaba loca. Quise tantearla. Le dije:
—Yo no desaparecí. Estuve toda la tarde en el puesto de los patitos.
Ella se inclinó y besó al bebé en la cabeza, a través de la tela. Siguió:
—No, Luciana. Ya no podés mentirme más. El bebé está empezando a crecer y se nota.
—¿Qué cosa se nota?
—Se nota… que es hijo tuyo.
Definitivo: estaba loca. No iba a contradecirla ni a decir nada. Solo esperaría a que se fuera. Pero seguía ahí, sentada, sin decirme a qué había venido. No aguanté más y le pregunté:
—¿Qué necesitabas?
—Que te hagas cargo de tu hijo, eso necesitamos. Que te lo lleves, que es tuyo.
—Pero ese bebé es hijo…
—Tuyo. Tuyo y de mi marido. Él no lo quiere, así que te lo traigo a vos.
—¿Pero cómo puede ser hijo de tu marido, si me dijiste que se…?
—A veces fallan esas operaciones.
Y, sin darme cuenta, estaba yo también entrando en el delirio:
—Sí, sabía. Sé que a veces igual… Pero tendríamos que verlo, porque yo, con este bebé, no tengo nada que… tendríamos que ver cómo…
Y mientras yo hablaba empezó a apartarlo de su pecho. Volvió a abrocharse la camisa y se paró. Caminaba hacia mí.
Cuando la tuve al lado, me dijo, señalando una cartera azul grandota que había dejado en la puerta:
—Ahí tenés sus cosas —y me pasó al bebé. Lo agarré. No podía dejárselo a esta demente. Pensaba seguirle el juego, despedirla y después ir con el bebé a Dirección, explicar todo. La Escuela llamaría al marido, o a la Policía, habría algún protocolo para estos casos, me imaginaba.
Lo sostuve mientras la veía alejarse.
Cuando quedamos solos me relajé en la silla. Desde donde estaba podía sentir cómo olía, una mezcla entre dulce y suave. Lo aparté un poco para observarlo: seguía envuelto en la tela y tenía puesto un gorro que le cubría hasta la frente. Así como estaba, me levanté, fui hasta la Dirección y expliqué lo que había pasado. Enseguida llegó el Comisario y una Asistente Social. Dijeron que llamarían al marido y que tomarían medidas.
La Asistente me hizo preguntas y anotó lo que iba diciendo. Yo lo sostenía en brazos. Contesté muy responsable, sin dejar de abrazarlo.
El bebé me miraba. Tenía los ojos tristes, y me miraba.

Griselda Perrotta


jueves, 26 de noviembre de 2015

Lo profundo (*)

          Nunca creí en la telequinesis, por un motivo muy simple: si yo no puedo mover cosas con la mente, entonces nadie. Porque mi mente es poderosa. Predice el clima y las catástrofes, por ejemplo. Una vez predije que tres bañistas iban a ahogarse ni bien rompiera la tormenta. Dos chicos y una chica. Y todavía la playa estaba vacía. Era temprano. Fue como una visión, no muy lejos de la costa, ahí no más, un poco más atrás de la primera rompiente, que es la última que se ve desde la orilla. La playa estaba vacía y había un sol. El típico sol de noviembre, que todavía no es verano pero casi. Los vi como un par de segundos, entre la cresta blanca, y al rato los tres flotando, también entre la espuma, pero ahora muertos, no manoteaban. Me paré rápido en la arena y los vi claro: flotaban. Entonces corrí a buscar ayuda hasta la choza blanca, que es lo más cerca que hay del mar. En seguida del primer golpe Ringo abrió, que en esa época ya tenía canas y vivía solo. Miró para el lado que yo le decía achicando los ojos, mientras manoteaba de memoria de al lado de la puerta los largavistas que siempre tenía ahí colgados, en la pared. Desde la choza, que es en el médano, se ve mar adentro mejor que desde la orilla. Se fijó donde le marqué y dijo que me lo debía haber imaginado, que no había nada. Y que además no hay bañistas en noviembre, que hay solo gente de acá, y que la gente de acá sabe que cuando las olas rompen así no hay que meterse. Miró con desprecio y cerró la puerta.
            Volví a la playa y me senté en el suelo, seguro de que en cualquier momento el mar iba a devolver los cuerpos hasta la orilla. En esa época pensaba que el mar siempre devuelve todo. Me quedé el resto de la mañana, pasé el mediodía y me dormí en la arena. Las clases habían recién terminado, los grandes trabajaban todo el día y yo no tenía nada que hacer.
            Cuando me desperté eran las cuatro. Lo supe por el sol. Acá nadie usa reloj, se sabe por el sol. Me desperecé un poco, me sacudí la arena y volví a casa por el camino largo. Pero no podía sacarme de la cabeza los tres cuerpos flotando, que las olas levantaban como pedazos de madera, para volver a golpearlos y vuelta abajo, y otra vez al aire, sin tregua. Como un castigo. Con maldad, casi. Es tremendo el mar, cuando se enoja. Tendría que estar prohibido nadar del todo, si me preguntan. Hay días que sí, como una laguna, a penas movida, pero otras… Lo observo desde siempre. Y por más que lo haya estudiado, y me lo hayan explicado mil veces, por más que tenga enmarcado un título que dice que soy oceanógrafo; aunque me haya memorizado perfecto cada lección, cada libro, y hasta tenga diploma de honor, cuanto más investigo, más termino ignorando cuál es la lógica del Mar. Yo y todos los Hombres. Porque esa lógica no existe. Ciclos largos, dicen algunos, tan largos que aún no pudimos contabilizarlos completos, ver un patrón. Yo, que contemplo desde chico, que lo viví en carne propia y que lo estudié en detalle, sé que el Mar es otra cosa. Que tiene vida propia, voluntad y gustos. Ama, odia, se enoja, saborea y, a veces, deglute. Como el día de los tres muertos.
            Fue dos meses después de la visión. Yo estaba en la plaza juntando leña, cuando un rayo rompió el cielo y para mí fue como un recuerdo, como si la descarga y el trueno hubieran activado algo que me transportó a la orilla, viendo otra vez los cuerpos volar, en el aire, azotados por las olas. Corrí a la playa. Era temprano pero era enero, que siempre alguien llega a la playa, aunque acá no haya mucho más que un bar con una despensa. No es zona de baño y no hay guardavidas. Es más: en la parte más despejada, que es donde van los turistas, hay carteles de madera que dicen, a mano, “PROHIBIDO BAÑARSE. PELIGRO”. Esos carteles los puso Ringo. No es que sean oficiales.
          A la gente no le importa, igual se mete. Ringo es como un monje, hizo su casa en el médano cuando todavía era muy joven. En esa misma playa perdió a su familia, de chico. Se había quedado dormido en una manta, sobre la arena, y cuando despertó vio a sus papás y a sus dos hermanas lejos, pidiendo ayuda en las olas altas. Él tenía cuatro años y en la playa no había nadie. Trataba de entrar al mar, pero cuando el agua le llegaba al pecho lo volvía a tirar al suelo y lo escupía hasta la orilla. Todo eso me lo contó él, el día después de la tormenta, cuando murieron los bañistas. Ese día, en cuanto vi el relámpago, solté la leña y corrí a la playa. Cuando me acercaba iba viendo, repetida, la escena de la visión. Exactamente la misma. Sólo que esta vez Ringo corría desde la choza, con una tabla en el brazo, e intentaba entrar al Mar. Pero el Mar no lo dejaba, como si a él quisiera salvarlo, o concentrarse en los otros. Hasta que se rindió. Lo vi sentarse en la arena, agotado, a ver los cuerpos volando. Le ofrecí ayuda, le dije que tal vez juntos podíamos. Todavía agitado, giró la cabeza y dijo “a veces no se puede; si el Mar los quiere para él, no se puede”. Ringo imponía respeto. Nadie sabía su historia. Todos (yo inclusive, hasta que él me la contó) pensábamos que era un loco. Me le senté al lado y miramos juntos, hasta que el Mar se los llevó del todo. La lluvia seguía cayendo pero yo ni la sentía.
            Cuando ya no se vio más nada, flotando, volando, nada, de golpe, juro que fue de golpe, el viento cambió de rumbo y el Mar se quedó quieto. El agua se puso verde, con lomitas bajas de espuma, como voladitos blancos, y la lluvia paró. Yo había visto al Mar así mil veces, pero nunca había visto el cambio: de la violencia más salvaje hasta esa calma inquietante. Me dio miedo.
          Sin mirarme, dijo: “era verdad, los habías visto”. Asentí. “Te espero mañana temprano, vamos a conversar”.
Al día siguiente llegué a su choza a las ocho. La puerta estaba abierta y Ringo ya me esperaba. Me recibió con mate y bizcochitos de grasa. Me aclaró que él no era un loco y me contó su historia. Después me dijo para que me había invitado: que si podía predecir cosas, dijo, tenía que desarrollar el don y ayudarlo a él; que, siendo yo de la zona, era mi responsabilidad. Me contó que, además de lo que todos sabían —que es que Ringo era pescador—, en el Mar salvaba, por año, alrededor de treinta personas. Las que el Mar le permitía, solamente. Descreí la cifra pero no el hecho. Yo mismo lo había visto salvar familias enteras.
            Ringo me habló del Mar; dijo que es un ente vivo, un nombre propio, que solo la arena compensa. La arena, la nada en la que reposa, el cúmulo pasivo, sin vida. Y dijo que el Mar siempre quiere cosas.
            Sentado ahí, escuchándolo, con las canas transparentes y los ojos azules, achinados, no parecía ningún loco. Salvo por lo del talento, lo de desarrollarlo. ¿Cómo iba a hacerlo? “Practicando”, me dijo. Practicando. Y me enseñó técnicas “que amplían el espectro mental”, dijo. Como ejercicios de meditación que tenía que hacer todo el tiempo. Y algo habrá funcionado, porque al tiempo empecé a adivinar cosas, como qué iba a cocinar mi madre, o el clima. Tal vez eran ciclos, no sé, como los del Mar; tal vez, por ejemplo, todos los segundos martes del mes mi mamá cocinaba sopa, aunque ella no lo supiera; o tal vez yo había aguzado el olfato y percibía de antes la lluvia. Algo había conseguido, es cierto, pero eran cosas comunes, al alcance de todo el mundo. Como si estuviera alerta, no más. No como algo místico o superior, sino cosa de observar. Como la vez de los bañistas, no. Eso no lo repetí nunca.
            A veces pienso que lo de los bañistas fue un sueño, o un medio sueño. Capaz había visto a esos chicos caminando por el pueblo y los escuché comentar que volverían en enero; capaz la tormenta se repetía siempre para esa fecha; la verdad, no lo recuerdo, pero es posible.
            Ringo, en cambio, no estaba tan convencido. Dice que tengo poderes. Que una vida en el Mar y los mismos ejercicios que me enseñó y él practica, no lo hicieron predecir ni un cuarto de lo que yo puedo. Que es mi deber desarrollarlos y usarlos para ayudar. Que si lo intento en serio, y practico, un día podré yo arrebatar cosas al Mar, hacerlas volar por el aire y volverlas hasta la orilla. Solo con la consciencia.
Pasaba horas practicando, al principio, tratando de sacar del agua, con la mente concentrada, cosas que él iba y tiraba. Era imposible. Y a veces Ringo hasta se enojaba y me llamaba irresponsable, “por no intentarlo con ganas”, me decía.
Tal vez para refutarlo, porque yo quería estudiar, o porque me estaba volviendo loco, me convertí en hombre de ciencia.
Estudié con los mejores, en los mejores lugares a los que pude acceder. Y al principio, durante unos años, parecía estar funcionando. Creía empezar a entender por qué el Mar es Mar. Sin embargo, cuando avanzaba en los textos, cuando buscaba cotejar esas teorías prolijas contra mi propia experiencia, volvía a dudar, y la soberbia me asqueaba, la de mis profesores, que buscaban, inocentes, poner nombre a lo innombrable. Ninguno, estaba seguro, podría sostener con Ringo una conversación del Mar y salir ganando.
Ya graduado, comprobé que no se dicen con tinta las cosas del Universo. Entonces empecé, sin darme cuenta, a coquetear con los dioses. Y fue peor. Porque tampoco ellos quisieron revelarme los secretos que buscaba, sino que, al revés, terminaron desmintiendo cada palabra que ya sospechaba falsa. Cuando me vi organizando un viaje clandestino a Irlanda para interceptar sirenas, supe que había ido muy lejos. Quizás fuera cierto y las sirenas existen; pero, incluso así, si las hubiera encontrado, no hubiera sabido qué hacer con eso. Mis compañeros de viaje me tildaron de cobarde, y tal vez tengan razón. Mi límite estuvo ahí.
Quedé entonces suspendido entre los libros y la fe. Y las respuestas no están.
Con más dudas que al comienzo, vuelvo a encontrarme a Ringo, esperando que me reciba y que esta obsesión por el Mar no me termine devorando.  
Griselda Perrotta

(*) Premio Accésit Concurso de Cuentos 2015 - Colegio Público de Abogados de la Capital Federal


sábado, 7 de noviembre de 2015

Desde chiquito

The Crow Magazine publicó mi cuento "Desde chiquito" en su número de Noviembre.




jueves, 29 de octubre de 2015

Agua

Escribo mucho del mar, que puedo porque a mí los erizos nunca me tocan, ni esas como aguavivas de cola larga, que están lejos e igual llegan, esas tampoco. Puedo entrar tranquila, pisar la arena desde que es blanda y se hace dura y después blanda de vuelta, y después nada. Ya floto hasta donde no hay olas. O sí hay pero no rompen. Es todo igual de celeste, sin blanco, que es de la sal cuando rompen. Inmenso es igual (más, seguro) pero ya floto, y acá tampoco me tocan los erizos ni las aguavivas largas.
Griselda Perrotta


martes, 6 de octubre de 2015

Un ejército de ángeles

         Chorro en vida, chorro por toda la Eternidad. Así me explicaron. Es que el Universo tiene una astucia perfecta para apoderarse de las cosas, para hacerlas suyas y que las cosas pasen. Si no es caos. Nadie quiere caos.
Les dije que no era chorro; era punga, que no es igual. Lo mío era un arte. Yo era un rey, en Once. A veces me pasaba una hora entera siguiendo a alguien, hasta que se distraía mirando peluches atados por los bracitos para elegirle uno al sobrino; a la gorda, hasta que se agachaba en una manta para estirar la calza con las dos manos; o a las pendejas, que venían en grupo a buscar mallas, que les dijeron que es la misma y que acá sale al costo. Son momentos sublimes. Los cazás al toque, cuando tenés arte, como tenía yo.
De lunes a viernes hay que cuidarse porque la gente está avispada, vienen todos a buscar mercadería, con el tiempo justo; se sortean unos a otros, esquivan los carros llenos de paquetes, paquetes colgando del cuello, paquetes en la cabeza, bolsos gigantes, carteras; y los puestos, sortean los puestos, les pasan por encima, sin pisar ni un guante, ni un calzoncillo, ni un trencito a pilas; y los de la comida, que se consigue peruana, coreana, en baldes, te lo sirven con cucharón, en un descartable blando, que se empieza a deformar ni bien el caldo lo toca; y se sientan en el suelo, en escalones, en el cordón; y comen ahí, solos, en pareja, en familia; o a veces parados en la puerta del negocio, mientras un otro o una otra van y siguen comprando; porque hay que apurarse para embalar todo y subirlo al micro antes que cierre la lista, y de ahí otra vez a Retiro, o no importa adonde, lo importante es que la mercadería salga hoy, porque si no perdiste el día; y por encima de todo eso, la gente pasa, sin pisarse, sin patearse, sin joderse; con el ruido, con la mugre, con el vértigo y los empujones. Caminan rápido pero el pulso es lento. De lunes a viernes Once tiene ritmo de baguala. Parece cumbia pero es baguala. Para entenderlo hay que pararse un rato, un rato largo, a mirar callado, o meterse entre la gente, caminar así, rápido, como los demás, esquivando, salteando, puenteando; para sentirlo, el lamento dormido del busca, que sigue, aunque le duela la espalda, aunque tenga hambre, aunque esté cansado; que toca, pregunta, y agradece que al final no llovió; que saca cuentas en el aire, mejor que un trajeado de Yale, y en un segundo decide qué, cuánto y cómo; el lamento dormido del chino, del boliviano, del judío, del peruano, del ruandés, del ucraniano; que son horas de colectivo, días de micro, meses en barco; que dejó raíces, troncos, copas; que dejó todo y se vino; que se vino a Once, porque le dijeron que acá está la plata, que acá nadie pregunta; porque acá la ley es el billete; acá todo se consigue, todo se negocia, todo se puede; todo se dice, todo se calla, todo se condena y todo se perdona. Porque no hay tiempo para boludear. A las seis son todos calabaza, y al rato se cortan los ruidos, no hay más bocinazos, las luces se apagan, las cortinas bajan, las mesitas se pliegan, los bolsos se llenan con lo que no se vendió, los olores amainan, las calles se vacían, y Once descansa. De lunes a viernes.
Los sábados es otra historia.  Los sábados no viene la chica del polirrubro a buscar estiquers, el rasta a buscar hilo encerado, ni la encargada a reponer medias. Los sábados vienen las pibas lindas de Caballito a buscar remeras nuevas, que acá salen la mitad; el gordo de Villa Urquiza, que quiere ropa de fútbol pero no piensa gastar tanto; la pituca de Palermo, que busca para la nuera una cartera barata; la señorita eficiencia, que de Belgrano no sale pero medias y bombachas las compra acá por docena. Todos lo saben, y los sábados a la mañana Once se prepara para recibirlos; los locales, las calles, los puestos, los manteros. Son los mismos pero se preparan: cambian la chicha por el Levité, la quinoa por garrapiñada, el pan de yema por las galletitas, las sopapas por juguetes chinos, las plantillas por ropa de perros. Todos lo saben. Los pungas también.
Esos días eran gloriosos. Alambre y yo trabajábamos juntos. Hacíamos “minitas”, que son las más fáciles. Habíamos desarrollado una técnica, un arte total, que era agarrar a las menos despechugadas, sobre todo en verano, porque la mina que en verano se tapa para venir a Once es por un solo motivo: no quiere que los negros la miren. La pone nerviosa, a la minita, la mirada del negro. Pero hay que entenderla, a la minita. La mirada del negro no es pavada. La mirada del negro atraviesa la tela, se mete entre el escote, y es como si a la distancia te estuviera lamiendo con los ojos, el negro. Creeme que es así. Una minita no tolera, tanto derroche, tanto sexual, en plena calle, así de mañana, si lo único que quería era ahorrarse unos pesos. Y entonces con Alambre teníamos un know-how, cuando elegíamos a una, que yo la empezaba a mirar y la minita se ponía nerviosa, y estaba tan preocupada por taparse las tetas que se olvidaba de agarrarse la cartera, y entonces Alambre iba y les sacaba el celular, o la billetera; son tan boludas que vienen con billetera. Y si las veía medio hostiles, así de las que se dejaban mirar las tetas, aplicaba el grado dos, que era infalible: les relojeaba la cajeta; y ahí sí que se ponían histéricas; como si uno tuviera rayosequis, y entonces igual que la minita sentía, yo también sentía, a la distancia, el desprecio de la minita que me mandaba una mirada de asco y me llegaba pero como una cachetada, mirá, y en todo ese eso que pasaba entre yo y la minita, el Alambre ya le había pungueado algo. Después cambiábamos, Alambre las distraía y yo actuaba. Hasta que me la dieron.
La cosa se puso fea, con el rollo de la inseguridad, parecía que era todo igual, todo lo mismo, y entonces avisaron que ahí basta, pero no dimos bola, y me largaron, y me la dieron, un sábado, casi al mediodía. Pienso que capaz me vendió Alambre, porque justo esa mañana de la nada me había dicho “Oreja, a la tumba yo no vuelvo”; o no sé, capaz tuve mala suerte, pero fue raro. Seguíamos a la minita y la minita entró al boliche a buscarse algo; vi que Alambre la seguía; pensé que él iba a hacer y yo campaneaba, pero el gil de golpe le arranca la cartera, me la tira a mí y raja. Yo lo veo y rajo atrás con la cartera, apretándola en la axila, y en la esquina uno me cruza patada a la rodilla y caigo, y la gente me empieza a caer encima y me entran a dar, y uno patea mal y ahí quedo. Raro que pase algo así en Once.
No me quejo. Tenía que ser. Velorio, la vieja destrozada, mi mujer diciendo que yo no era chorro; la van a ver de la televisión, a algunos les parece mal que me mataran aunque hubiera sido, y mi mujer que insistía que no, que yo no era, y que se arma una cosa mediática de meses de que si estuvo bien, o si estuvo mal, o qué mierda, y decían que “pobres contra pobres”. Pero estaban diciendo “negros contra negros”. Una confusión genial, tan genial que parecía armada. Ahí empecé a entender. Y me quedé un rato para ver en qué terminaba. Y fui entendiendo. Cuando te morís entendés todo. Sos la yuta, la minita, Alambre, tu mujer, el peruano y la piba de los estiquers. Sos todos y entendés por qué las cosas pasan.

Cuando dejo de seguir el tema y me doy cuenta de que soy todos, en cosa formal así de sentarse ante una pantalla, me informan que por mis dotes y habilidades había sido asignado a formar parte del Ejército de Compensación Zonal.
Viene entonces una instancia de adaptación, de comprensión, de asir yo las Cosas, las Cosas con mayúsculas, así, Cosas. Y entiendo qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos, qué hacemos y para qué estamos. Que en vida es solo un tiempito, un rato, nada más, para ver en qué es que uno despunta, y entonces sí, entonces después te recuperan para arrancar.
            Y así fue que a mí me ponen a hacer esto. Ahora soy parte del Ejército de Compensación Zonal.
Me explican que el mundo está dividido en una cantidad finita, increíblemente numerosa pero finita, de zonas de atribución; y me explican también que en el mundo existe, de un modo eterno e invariable, una cantidad definida de objetos asignada a cada zona. La zona tiene una cantidad puntual de cada objeto que existe en el Universo. En términos prácticos, significa, por ejemplo, que el área delimitada por las calles Paraguay, Riobamba, Tucumán y Junín, en la Ciudad de Buenos Aires, contiene en total la cantidad de seis mil cucharas de postre. El Ejército de Compensación Zonal busca mantener el equilibrio que el conjunto total de individuos de la zona posee de cada objeto. La cantidad dentro de la zona debe mantenerse constante, o el equilibrio del Universo correría peligro. Es decir que si, por ejemplo, una familia de cuatro personas que vive en el sexto piso de un departamento ubicado en Viamonte y Ayacucho adquiere un nuevo juego de cubiertos que viene con cuatro cucharas de postre, de algún modo hay que hacer desaparecer otras cuatro cualesquiera del perímetro que delimitan Paraguay, Riobamba, Tucumán y Junín. Cuatro cualesquiera, viejas o nuevas, no importa, para que sigan siendo, siempre, las mismas seis mil. Y así con todos los objetos que hay en cada hogar, oficina, negocio, dependencia, plaza, todo, con todo pero con todo todo. Si es susceptible de apreciación material, fue contabilizado en las Cuentas Eternas y debe conservar su equilibrio, o el Mundo estalla. Qué digo el Mundo. El Todo estalla. No es joda.
Así, dada mi sutileza en el arte de ubicar objetos deseados y apoderarme de ellos sin sospechas de sus legítimos tenedores, y en vista de mi acabado conocimiento de la zona, fui asignado al Ejército de Compensación Zonal del perímetro delimitado por las calles Castelli, Sarmiento, Larrea y Bartolomé Mitre. Once.
Las tareas son de tiempo completo, absoluto. Acá no hay descanso, porque los Ángeles no dormimos. A la mañana se nos entrega una lista del día, y somos los encargados de hacer desaparecer de la zona los objetos sobrantes. Cada uno tiene asignados hasta tres; más sería imposible. En general yo hago tapas de frascos, biromes y DNIs. La tarea consiste en localizar el ítem en la cantidad requerida, extraerlo, y llevarlo a la Cámara de Compensación Total de Todas las Cosas del Universo, donde se encargan de hacer el clearing para que, no bien despunta el sol en cada zona, el Balance Absoluto sea perfecto. Los objetos que allí reciben son reciclados, reacondicionados, reubicados, remozados o perfeccionados. Nunca destruidos. Eso generaría una cantidad de vacío que diosmelibre.
Por si quedan dudas, la sospecha es acertada: nada se crea. Es todo mentira. Las fábricas, la producción, el empleo, todas ilusiones generadas por enormes y poderosas maquinarias divinas que nos hacen creer que son los hombres los que mueven el mundo. Explicarlo en términos humanos es demasiado extenso y complejo, si no imposible, al menos para esta narración. Pero juro que es así.
Los Ángeles solemos operar en momentos de distracción de los individuos, pero no siempre se puede. A veces el tiempo apremia y hacemos desaparecer los objetos prácticamente delante de sus ojos. En muchos casos la víctima es tildada de distraída, o se le indica tomar vitaminas, o pastillas para la memoria. Hay gente que tiene la sensación de padecerlo con más frecuencia, pero no. Es solo que esas personas tienen mayor porcentaje del cerebro activo, y por eso perciben lo que a otros se les escapa. Los Ángeles de la Compensación no hacemos diferencias.
        Es un buen trabajo. Mejor que el que tenía en vida. Además, cumplo un rol fundamental en el engranaje del Ser. Y me encanta.
Griselda Perrotta