jueves, 10 de septiembre de 2015

Vidas nuevas

Enero en Buenos Aires es una verdadera prueba. No hay nada más concreto que la gota de transpiración rodando por la espalda y el sabor amargo del primer mate a la mañana.

Paloma se plancha el vestido azul, el único que tiene. Llegó a Retiro hace una semana con un bolsito, cargando una falda, su pulóver, dos camisetas, un corpiño, tres bombachas y el vestido azul, las cosas de higiene y los documentos. El papelito con la dirección lo guardó en el bolsillo del pantalón que se puso para viajar.
Edith le dio bien con detalle las instrucciones para tomarse el ciento quince, “el que va para Boedo, no el que va para el río”, le dijo. Le dijo que se fijara bien, y que en Retiro tuviera cuidado. Mucho cuidado. Edith sabe de las cosas que pueden pasarle a una chica tan joven que pasó su vida en la selva cuando llega a Buenos Aires.
Hubiera ido a buscarla, pero al fin y al cabo Paloma suyo no es nada, y no podía arriesgarse. Trabajar en Buenos Aires sin papeles será fácil pero te lo cobran. A veces piensa si no sería mejor limpiar, o cuidar viejos. Terminó juntándose con los chinos. Los chinos siempre te dan trabajo. No te tratan ni mal ni bien. Lo único que piden es que trabajes y te vayas, que no molestes. Por lo menos te pagan siempre, y van a seguir estando. Con lo otro no se sabe.
Edith pasa el día sentada a la entrada de una tienda de esas que venden de todo: pistolas de agua, maquillaje, flotadores, termos, ungüentos. Y se llena. Tiene al lado de la banqueta unos cuadradotes huecos donde hay que dejar las bolsas. Los chinos tienen miedo de que la gente les robe, dicen que los argentinos son chorros. Edith piensa que tienen razón, y sueña con que, un día, algún hombre de bigote de esos que vienen de la provincia, se fije en ella y la haga señora. Hasta ese día seguirá sentada nueve horas en la banqueta, cambiando números por bolsas, comiendo lo que trae el chino, que no se entiende qué es pero se fue acostumbrando.

Paloma le habló por carta. De papel. Víctor volvió a buscar gente, y ahí le dio a Paloma el dato de la pensión. Quién sabe qué habrán hablado. Víctor te ayuda pero al principio. Se encarga de organizar, juntar, desmaleza, pero no es él, el que hace. Dispone pero no hace. Si después se logra o no, depende de las personas.
Habrá juntado a escondidas, Paloma, porque mandó la carta certificada; para que llegue seguro, se ve. Si no hubiera mandado así, Edith hasta se hubiera hecho la que no recibió nada.
La tuvo en la silla, al lado de la cama, dos días, hasta que se animó a abrirla. Sabía que iba a ser grave.
Mientras leía, los lagrimones redondos le corrían el maquillaje, dejando un surco marcado de los ojos al escote. Le decía que el Coyote estaba cada vez peor, que había empezado a pegarles y que, además de llevar tipos, amenazaba con venderlas. A las tres. Le rogaba, le imploraba que mandara para el pasaje hasta el puesto de correo, y que la ayudara en Buenos Aires, así ella podía ver cómo hacía con las hermanas, que todavía eran nenas; le decía también que iba a llamar a la pensión el martes 21 a las ocho y cuarto, que Víctor le había dicho que a esa hora la encontraba. Leyendo, recordó que hay cosas peores que los chinos, que el ruido y que Buenos Aires.

Edith sabía lo de Paloma porque vivía enfrente. Eran las únicas casas cercanas. Para el resto, lo de Paloma era un rumor. Pero Edith sabía. Ella veía entrar al padre con tipos, tarde, que se quedaban a veces veinte minutos, a veces un par de horas. Y cuando Paloma fue creciendo, el padre, además de los tipos, la hizo meter en la zafra, donde conoció a Edith, que cuando se podía también, trabajaba en la zafra, como todos.
Ahí nadie interactuaba; se cosechaba solo, comías cuando te decían, y después otra vez al camión, y a casa. Punto. Paloma siempre buscaba sentársele cerca, se dio cuenta enseguida, y la verdad no hizo nada. Pero bastó que una vez, una sola vez que la tuvo enfrente, Paloma le clavara la mirada hasta que la obligó a verla, y entonces Edith supo que Paloma sabía que ella sabía.
Víctor estaba a cargo del grupo. Tampoco hablaba con nadie, salvo que hubiera problemas. Era como un capataz, o algo así. Sin embargo, todo cambió cuando en el incendio no hizo nada para salvar la cosecha, y se puso en cambio a sacar a la gente. Entre esa gente estaban Edith y Paloma. A Víctor lo echaron. Todos pensaron que era porque no había salvado la cosecha, pero un tiempito después se empezó a cuchichear que el fuego lo había empezado él. Nadie quería preguntar. Fuera o no cierto, tenían que seguir ahí.
Víctor dejó Las Ruinas y volvió a los dos años, hecho un señor. A los que quisieron, se los llevó a la tala. Edith y algunos se fueron con él. Paloma no. Al poco tiempo Edith se dio cuenta que la tala era igual que la zafra y buscó de irse a Buenos Aires. A Víctor mucho no le gustó pero tampoco hizo lío; no solo eso, sino que le dio una mano contactándola con los chinos. Es raro, Víctor. Va, viene, lleva, trae, presenta. Capaz hace lo que puede.
Así juntó a Edith y a Paloma. 

Hoy Edith va a presentarle a los chinos, que es lo único que conoce. Ahora comparten la pieza. Mientras Paloma se mira en el pedazo de espejo que cuelga de la pared, Edith se acerca y, acomodándole la vincha que le ata el pelo, le da un matecito tibio.     
Griselda Perrotta


viernes, 21 de agosto de 2015

Pequeñas visiones

Beto de chico podía predecir cosas inútiles, y durante un tiempo se creyó mentalista. Una vez dijo que iba a acabarse la mayonesa en pleno armado de los tomates rellenos para la cena de Navidad, y sí. Ya en la escuela, un día al primer recreo adelantó la crisis de las tizas para el segundo piso del edificio, y al rato fue de locos ver niños por los pasillos, pidiendo de aula en aula trocitos de las usadas. Con las mujeres fue igual. Supo que Elvira se haría tetuda a poco de empezar la secundaria. Se ponía pesado avisando; tan pesado, que la gente lo ignoraba. Y después, cuando lo que Beto había dicho pasaba, no se sorprendían tanto como él hubiera querido, ni de la cosa, ni de sus facultades. 
Aunque estoy siendo injusta. Lo inútil no eran las cosas que Beto predecía sino la predicción en sí misma. Por un lado, porque las víctimas o beneficiarios (su madre el 24 a la tarde, las maestras en la escuela, o la propia Elvira al ver sus tetas) iban a darse cuenta más o menos enseguida de lo que él predecía. Por el otro, porque las cosas que predecía eran obvias, o pequeñas; o tenían solución rápida; o no tenían vuelta atrás, que es lo mismo. Pero había otro motivo por el que a la gente no le divertía la cuestión, y es que a nadie la gusta tener cerca un sabiondo. Un smartass, como decía Miss Claudia, su profesora de inglés. Clodia, quería que le dijeran. Era de Lanús, pero quería que le dijeran Clodia.
La carrera de mentalista de Beto terminó pronto, al entender que, si realmente tenía poderes, hubiera podido predecir que ese viernes a la tarde cuando, como todas las tardes, entró a fumar al baño del de Maestranza, Clodia lo iba a estar esperando con la blusa abierta y le iba a decir: “Mirá nene, las mías son más grandes que las de Elvira”. 
Griselda Perrotta 


                               

miércoles, 5 de agosto de 2015

Al abrigo del humedal

Los castores destrozan bosques para construir diques, sirviéndose únicamente de sus dientes incisivos. A partir de entonces, todo a su alrededor empieza a ser agua, difusa como es el agua, y donde antes se podía se podía transitar, ahora hay agua con castores. A la larga el ecosistema que los albergaba muere, y sólo quedan finalmente el agua y los castores. Construyen allí sus casas, que se llaman madrigueras; guardan alimento para usar en tiempos duros; y, sobre todo, se resguardan de otras especies que los depredan, como los osos o los lobos. Viven en grupos solitarios, enghettados en sus humedales. Quienes habitan en zonas donde los castores son fauna autóctona fundan en las leyes de la naturaleza esta costumbre perversa de estropear al resto. Yo creo que es maldad, y que quienes conviven con ellos no se atreven a desafiarlos. Los entiendo. Yo tampoco me atrevería a desafiar a una rata de un metro de largo que pesa veinticinco kilos y es capaz de derribar un árbol con sus dientes. Si eso no es la personificación del Demonio, entonces no sé qué es.
El castor es también uno de los pocos animales que sigue creciendo durante toda su vida. Una vida, recordemos, dedicada a la destrucción.
Empezaron lejos, en el Norte, hace millones de años, cuando el hombre aún no existía. Los de esa época se llamaban castores de Kellogg.  Eran gigantes, brutos y mucho más feos que los de ahora. Luego fueron mutando, haciéndose más amables, para llamar menos la atención y seguir devastando a gusto.
Los Castores destruyen su entorno. ¿Qué especie del reino animal destruye su entorno? Los Castores son la única, aparte del Hombre. Aunque, claro, el Hombre también es, desde el comienzo, la personificación del Demonio.
Al principio era confuso, pero a esta altura llevo ya tiempo investigando, he también observado, y sé por eso que mis conclusiones son firmes.
Como decía, los primeros Castores aparecieron en el Norte y tienen, desde su llegada, un plan claro: aniquilar el Planeta para erradicar a todas las demás especies, cepillando el terreno tramo a tramo, hasta quedar ellos solos. Así ha sido desde la Prehistoria, y fueron siempre consistentes con su objetivo.
Tenían para hacerlo toda la Eternidad, y por eso, simplemente, ir de Norte a Sur les parecía un buen plan. Pero entonces llegó el Hombre y los Castores temieron. No al principio. Hubiera sido ridículo temer, al principio. Nadie hubiera imaginado que, con magníficas bestias peludas de colmillos filosos, gigantescos seres alados surcando el cielo, o monstruosas fieras cubiertas de escamas, fuera el Hombre, ese bípedo inútil, incapaz de incorporarse al ciclo vital, quien finalmente triunfara. Los Castores subestimaron al Hombre y les salió caro. No entendieron que, al igual que ellos, también el Hombre había sido provisto del don de la Maldad, aunque en un grado más puro y refinado. Y como si eso fuera poco, le dieron ventaja. En tiempos de la Glaciación, cuando el extermino fue casi absoluto, la Ayuda Extraordinaria lo hizo subsistir, permitiendo que su contextura frágil continuara a pesar de todo. Eso debería, al menos, haberles generado a los Castores cierta sospecha. Pero no. Ni cuenta se dieron de que un ser lampiño, sin garras ni colmillos, mal podía, por sí solo, sobrevivir. Poco a poco, los Castores vieron con horror cómo el Hombre iba diezmando sin piedad, sin necesidad, de puro gusto casi, hasta que todos, animales, plantas, todos, empezaron a volverse más pequeños, a esconderse y a persistir. Pero los Castores no. Fueron astutos y supieron quedarse al margen, para pasar desapercibidos.
Es difícil entenderlo en retrospectiva; pensar cómo habrá sido ese primer período en que Hombres y Castores convivieron, cuando el Castor era aún inmenso y daba miedo. A poco de convivir, los Castores entendieron que, si el Hombre los veía como una amenaza, iba a buscar eliminarlos. Por eso, al  ver el poder ilimitado que el Hombre estaba adquiriendo, los Castores decidieron con cautela cambiar de maniobra: dejaron de atacar y se hicieron más pequeños.
Así estuvieron siglos, practicando solamente su estrategia, sin llamar la atención, preparando el regreso.
           Los siglos, sin embargo, se les hacían eternos —a pesar de durar cien años, como lo habían hecho siempre—. Veían al Hombre cada vez más fortalecido, a costas de todo el resto y, sintiéndose estafados, empezaron, sí, a sospechar. Entonces exigieron una explicación. Exigieron primeramente que se les hiciera saber por qué se había asignado a otra especie, más lenta y fofa, como era el Hombre, el territorio que hacía millones de años les habían prometido a ellos. Dijeron dudar incluso de que haber cambiado su Estrella por la promesa de un planeta propio hubiera sido buena idea. Fueron tiempos de reclamo sindical, paros y movilizaciones en el mundo de los Castores. Durante siglos, los Castores talaron a reglamento, sólo los árboles necesarios para que la evolución y Darwin, lacayo preferido del Diablo, no les achicaran los dientes. Vivían tranquilos acolchados en sus madrigueras, y parecían incluso acoplados a la mismísima Creación que habían venido a eliminar. Al punto que el Demonio temió también él por su Plan, y la necesidad de negociar se le hizo inminente.
         Satán no podía permitirse volver a perder la Tierra. Añoraba aquellos tiempos en que todo era lava y caos, antes de cometer la estupidez de apostar por Planetas, para finalmente perderlos todos a manos de la Luz.  Fue así que buscó acercarse, intentando más bien un tono tibio, que al menos apaciguara el enojo de los Rebeldes. Trató de convencer a los Castores de que sólo había querido animarlos; de que sin competencia no hay incentivo; de que no podían en serio considerar amenazante la presencia del Hombre. Hasta ahí los Castores lo escuchaban. Aunque dudando un poco, lo escuchaban. Pero qué torpeza los dictadores cuando la soberbia los puede y olvidan que el único método para controlar a un imbécil es la Demagogia. Y en su discurso ensalzado, erotizado consigo mismo, el Diablo se olvidó de seguir repitiendo a los Castores cada dos o tres frases que eran ellos lo más grande del Universo, y en cambio empezó a quejarse. Les dijo el muy zapato que llevaban en la Tierra millones de años y que aún no habían sido capaces de conquistarla; que no les iba a venir mal una sacudida, y que a ver si se despertaban.
Para qué. Los Castores se pusieron como locos. Llamaron a un paro de tala por tiempo indeterminado y exigieron al Diablo la firma de un Convenio de Programación de la Toma del Planeta, donde querían hacerlo comprometerse por escrito a entregar la Tierra a los Castores cuando la destrucción de ecosistemas hubiera finalizado. El Diablo un poco se asustó, y no sólo eso sino que hasta se sintió un boludo por haber sido presa de sus pasiones. Todo el mundo sabe que los líderes no pueden permitirse tamaño error. Avispado de la macana, sintió entonces el temor egoísta de que los Castores se sublevaran, y tener que empezarlo todo de vuelta con otra especie. Eso hubiera podido llevarle varios millones de años más, y no estaba dispuesto a esperar tanto. Pero, además de bajar los humos porque si no se le retobaba la indiada, también un poco le dio ternura, la ingenuidad de estas ratitas de cola larga. ¿De veras pensaban que Él, único poderoso y verdadero Señor, les iba dar el dominio absoluto de algo, aunque fuera de una pequeñísima porción del Universo como era la Tierra? ¿No habían acaso imaginado los Castores que, incluso si algo se les asignaba, ese algo no sería de los Castores sino para los Castores, y que el único dueño en papeles sería el Diablo?  Pero entonces recordó que eran ratas, y que por eso las había elegido. Recompuesto, el Diablo recordó que necesitaba a los Castores. Un verdadero déspota sólo logra su meta cuando cuenta con el apoyo de las masas más numerosas e ignorantes. Y fue así que esperó la ocasión para apaciguar a las fieras.
Era diciembre y los Castores estaban reunidos en Asamblea General, como todos los últimos viernes de cada mes. Para la ocasión, los machos se habían pintado con barro el pelaje de los cachetes y, dado que era reunión de Solsticio, como todos los diciembres, habían convocado al Diablo. Las hembras cuidaban de las crías y los machos entonaban ritmos ancestrales reunidos en ronda y dando pequeños saltitos alrededor de un tronco. Estuvieron así toda la mañana. Promediando el mediodía, un viento cálido empezó a envolver el humedal, de a poco, cada vez más, hasta que los pelos de los Castores empezaron a enredarse. Era un Chinook. El sol rompió la cubierta de nubes, todo se volvió rosa y un susurro copó el aire, cada vez más fuerte, hasta convertirse en sinfonía de silbatos que hizo a los Castores callar y detenerse. Cuando estuvieron prestos, el viento se detuvo y el Diablo se hizo ver. Erguido en dos patas, tomó la forma difusa de un enorme castor rojo con cuernos en la cabeza, el gesto grave, la postura soberbia. Les dirigió una mirada condescendiente e hinchando el pecho, con tono de autoridad, dijo:
            — Los papeles no son necesarios. La Tierra es de los Castores. Siempre tuvieron mi palabra.
        Comenzó la Asamblea. Sentados en ronda, hablando durante horas, el Diablo convenció a los Castores de que traer al Hombre había sido necesario. No sé bien qué excusa dio, pero los Castores quedaron convencidos de la cosa.
            Lo cierto es que, aunque no fuera a confesarlo, el Diablo sí tenía una buena razón para introducir en la Tierra una especie tanto o más destructiva que estos roedores, y era que necesitaría a alguien capaz de eliminar a los Castores una vez que los ecosistemas hubieran desaparecido. Siempre existía la posibilidad de que el roñoso de Darwin y su malparida evolución permitieran a estos alieníjenas mutar y empezar a vivir en una Tierra sin vida. Era una posibilidad remota, pero aun así existía, y Darwin lo amenazaba con eso cada vez que discutían por cuestiones de lo más domésticas. Igual lo necesitaba: le había llevado milenios dar con un ser tan espurio y rebuscado, que además estuviera dispuesto a trabajar para él con tal de ser nombrado en la historia “Padre de la Evolución”. Cómo puede la fama cegar al alma frágil. A cambio de un simple reconocimiento en la memoria general de un pequeño planeta, Satán consiguió que Charles se sumiera a las huestes de su Plan, junto con los otros. Por supuesto que a los Castores no les dijo esto, sino que les inventó alguna pavada que los otros, por ratas, creyeron.
           Para reencausarlos en el camino del Mal, y ya establecida de un modo permanente la existencia de los Hombres en la Tierra, el Diablo propuso a los Castores una ventaja estratégica sobre ellos, a la que no pudieron resistirse: mudar un grupo que comenzara a trabajar desde el Sur del Planeta.
        Si esto se cumplía, el trabajo de los Castores se vería reducido a la mitad ya que, atacando el territorio desde dos frentes simultáneos, sería mucho más fácil destruirlo. Les dijo que él personalmente se encargaría de arreglar el traslado con unos contactos personales, y que comenzarían a trabajar en el punto más austral del Planeta: La Tierra del Fuego.
            Los Castores escuchaban como escuchan las masas, es decir: con suerte, la mitad de los presentes entendía la mitad de lo que estaba escuchando. El más viejo del grupo, un roedor gordo de pelo grueso y blanco, con los dientes ya gastados de tanto roer, se alzó en dos patas, carraspeó para aclararse la garganta, y habló por el grupo:
            — Pero, ¿y los Hombres? ¿no van a tratar de eliminarnos?
            — De los hombres me ocupo yo — dijo Satán.  
           El líder de los Roedores iba a decirle que con eso no era suficiente, que necesitaba alguna garantía, algo más que su palabra; que ya habían estado en esa situación y los habían traicionado sin explicaciones. Todo eso iba a decir el líder de los Castores. Pero en cuanto juntó aire, ni llegó a abrir la boca que, junto a su pie derecho, vio una rama redonda, cortita y jugosa a la que no pudo resistirse. La tentación fue tan grande que, antes de emitir palabra siquiera, cayó sobre sus propias pompis, tomó la ramita y empezó a roer. Viendo al jeque reposar, los demás se relajaron, suponiendo que sus intereses estaban protegidos y no había nada que temer.
          Entonces el Diablo, satisfecho de su gestión, volvió a convertirse en viento cálido para desparecer entre las rocas.
         Aunque no viene al caso, algo parecido ocurrió entre el Diablo y los Hombres, que luego de una reunión similar terminaron creyendo que el mundo les pertenece.
          A los Castores les han mentido. Ni más ni menos que a los Hombres. Temo el día en que la batalla final llegue; en que los últimos roedores, nuevamente feroces y gigantescos, se enfrenten a hombres ya del todo salvajes, cruciales y desbordados. Será una batalla a todo o nada, buscando cada grupo acabar por completo con el otro, para poder hacerse entonces del Planeta. Claro que no será un Planeta amable, verde y rebosante, como hoy lo conocemos. Será un mundo cubierto de agua, no habrá vida vegetal y no quedarán animales. Entre el Hombre y los Castores se habrán ocupado de destruir toda especie viviente. Y ya no importará quien gane, los Castores o los Hombres. Quien sea, el Diablo habrá conquistado.
         Sé que el destino de los Castores es extinguirse. Sé que el mismo espera a los Hombres. Ignoro aún, sin embargo, qué estará buscando el Diablo.
Griselda Perrotta

miércoles, 22 de julio de 2015

La silla

No me atrevo a mirar la silla. Se mueve sola. El desplazamiento es mínimo, pero lo sé: la silla se mueve sola. Vengo sospechándolo hace días, y ayer marqué en el suelo con un cuchillo el lugar donde estaba puesta. Esta mañana lo confirmé: entre el raspón del suelo y la silla hay por lo menos dos centímetros. No tengo miedo de la silla; sería ridículo. Tengo miedo de lo que la mueve. Es algo que no se ve. Capaz que es Gustavo. Pero yo con los muertos no me meto. Con esas cosas no se jode. Si aparecen es porque quieren algo de uno, y vaya a saber qué quieren. Por las dudas no la toco. Está justo frente a la cama, delante de la tele, y tengo miedo de correrla. No sé cómo terminó ahí en el medio. Yo no la puse. Habrá sido Inés, antes de irse. Seguro que sí. Para molestarme, no más. Si será turra. Piensa que no me puedo mover de la cama y me viene a poner la silla justo delante de la tele ¿Volverá hoy Inés? Si vuelve le puedo preguntar si también ve que la silla se mueve. Si no, no. Si no vuelve no le puedo preguntar. Y tampoco voy a comer nada, si no vuelve Inés, porque ella es la que trae comida. Después de la operación el médico dijo que no podía levantarme, eso me dice Inés que dijo el médico, y dice que tengo que hacer reposo todo el tiempo porque si no me puede reventar el corazón. Yo no creo que a mí me vaya a reventar el corazón como dice Inés. Si cuando ella no está me levanto lo más bien y nunca me reventó. Para mí lo dice porque quiere que me quede quieta y no la moleste. No le alcanzó con meterse en mi casa y empezar a portarse como la dueña.
Y qué iba a hacer yo, si Gustavo la trajo, si también es la casa de Gustavo. Era la casa de Gustavo. Ahora Gustavo está muerto. Se cayó del techo cuando fue a ver si con la tormenta se habían roto tejas, y quedó duro, ahí en el caminito de piedras que bordea la casa. No se levantó más. Yo lo vi de acá desde de la cama, porque cayó justo al lado del ventanal ese. Y la empecé a llamar a los gritos a Inés pero me decía “¿qué querés vieja de mierda, no ves que estoy hablando por teléfono?” Qué carajo iba a ver yo que estaba hablando por teléfono si estaba en la cama y no me podía levantar; ahí sí que no podía no podía, porque recién me habían operado y todavía tenía los puntos. Tardó como cincuenta minutos en venir la guacha, y ahí lo vio y salió corriendo, llamó a la ambulancia y todo, pero la ambulancia tardó como otros cincuenta en venir. Yo lloraba a pecho vivo desde la cama pero no me daban ni bola; como si no existiera. Gustavo todavía estaba vivo, porque desde acá yo lo escuchaba que le balbuceaba a Inés mammma, mmmmammmmmmma, pero la muy soreta ni me vino a decir nada, ni a buscarme ni nada; ni siquiera fue capaz de abrir el ventanal como yo le pedía. Pienso a veces que si la turra de Inés hubiera llamado rápido a la ambulancia capaz Gustavo se salvaba. Se lo dije y me reputeó. Es verdad, esas cosas no pueden saberse. Se murió y se murió. No hay nada que hacer. Mi abuelo decía que nadie muere en vísperas y es así. Era la hora de Gustavo y punto. Aunque, si hubieran sido cincuenta minutos antes, capaz no era la hora de Gustavo. Tsssss, yo qué sé. No hay que pensar más.
Ya de antes Inés me trataba para el culo, pero desde que estamos las dos solas en la casa, que ya no está Gustavo, está desbocada como yegua sin montura, la hija de puta. Ni me avisa cuando sale. A veces pienso que no está y me levanto a buscar algo y se pone como loca, gritándome que vuelva a la cama; pero ni se asoma para verme. Me tiene medio presa, acá. Cuando salgo del cuarto voy siempre a tientas porque capaz pienso que no está y sí está, y me caga a pedos. Si yo estuviera tan enferma como ella dice me vería algún médico, pero a mí hace más de un año que no me revisa nadie. Desde la operación. Ella me sigue dando las pastillas de la vez que me operaron; dice que los médicos me las siguen dando. Yo no las tomo; las tiro por el inodoro.
Aunque nunca nos llevamos bien. Ya cuando estaba Gustavo era una cosa de no poder estar juntas en el mismo cuarto porque se armaba. O ella o yo. A Gustavo no lo iba a echar nunca porque es mi hijo. Era mi hijo. Y se vino a encajar con esta guacha y se la trajo a vivir con él. Ni me avisó ni nada. Un día me levanto y estaban los dos en la cocina desayunando café. Gustavo no desayunaba café. Esas son cosas de cogotudos. La gente normal desayuna mate. El café es amargo y además te revienta el estómago. Eran cosas de ella, esas. Eso, y todo lo que empezó a traer a esta casa, que la terminó convirtiendo en un burdel, casi.
Gustavo pobrecito no salía nunca. Por lo de las fobias, que los médicos habían dicho que, si no quería curarse él, no había nada más que hacer. Años estuve llevándolo a los médicos. Todo al pedo. Años y años, para que un buen día me salieran con eso de que si no quería curarse él. Gustavo no daba bola ni a mí ni a los médicos, pero a Inés sí la escuchaba. Ella no tenía problema con que él no saliera a la calle, total ella hacía la suya, salía todo lo que quería, y volvía acá a usarlo de hotel, la muy puta. Y ahora que Gustavo ya no está ni te cuento. Peor que un hotel. Yo escucho todo. Seré vieja pero el oído me funciona como a los quince.
Se quedó y no sé cómo sacarla. A mí nadie me va a dar pelota; ya de antes de la operación decían que soy una vieja loca; que estaba celosa por Gustavo, decían. Si me le enfrento la van a escuchar a ella, que usa esos trajecitos ajustados de vendedora de freeshop y se pinta la boca roja como un payaso. Además tendría que llegar hasta el teléfono, que está en el living, y es muy peligroso porque me puede ver Inés.
A ella sí Gustavo la escuchaba. Las tejas no estaban tan mal como para hacerlo subir, no había goteras ni nada. Él había dicho, que le daba miedo. A quién no le va a dar miedo subirse a un techo a ver las tejas. Y en chancletas lo hizo subir; le dijo que iba a tener mejor agarre así. Y Gustavo pobrecito que no entendía nada le hizo caso, y no la pudo contar.
Inés no me abandona para que me muera porque tampoco le conviene. Creo que me quiere hacer pasar por loca para seguir viviendo acá. Me cobra la jubilación; ella tiene la tarjeta, tuve que hacer así de cuando me operaron, que no podía salir a cobrarla y Gustavo pobrecito él no salía por lo de las fobias, así que le tuvimos que dar a ella la tarjeta y desde ahí se la quedó. No me la devolvió más. Y encima dice que yo no puedo salir. Dice que los médicos dicen. Pero para mí es ella la que dice. Para mí son cosas de ella.
        Ahora Inés controla todo. A veces cierra mi habitación con llave pero otras se olvida. Calculo que viene cada dos o tres días; y me deja capaz un termo con sopa o unos sánguches que me voy comiendo, una jarra con agua y las pastillas, acá en la mesita de luz; se ve que me los deja cuando estoy dormida porque nunca la veo. Capaz me habla de lejos, o me pega un grito, pero nunca me viene a ver. Debe hacer como no sé cuánto ya que no la veo. Desde que murió Gustavo, debe hacer.
Pero mirá si será soreta dejarme la silla atravesada entre la cama y la tele, si piensa que no me puedo levantar y que lo único que hago es mirar televisión, me la deja ahí en el medio, ¿qué mierda de televisión voy a mirar, con la silla ahí adelante?  Y la tengo que mirar así, con la silla en el medio, que no la voy a mover ni loca, ahora que sé que hay algo que la mueve.
Para mí que es Gustavo que la mueve, pero mejor no me fijo. A mí los muertos no me gustan. Yo por las dudas no la toco.
Qué mala, Inés, dejar la silla ahí.
Si sabe que no me puedo levantar porque me va a reventar el corazón.
Griselda Perrotta


miércoles, 8 de julio de 2015

La fiesta de Mauricio

La fiesta de Mauricio se pone de lo más brava. Es la mejor de todas porque, como su papá es rico, contrata los mejores planners y animadores, para que al nene no le falte nada. Quiere un poco lavar culpa, porque durante los primeros años, cuando Mauricio era chiquito, estaba todo el día dale que te dale trabajando y trabajando, para hacer mucha mucha plata. Pero ahora que está grande, pudo parar un poco y dedicarse a su familia.
De chiquito nadie quería juntarse con Mauricio porque, además de malcriado y egoísta, era (y sigue siendo) bastante lento, prejuicioso y berrinchero, todas cualidades que no gustan a los niños —ni a los grandes, para ser francos—. Y además, como habla mal, en ese entonces todos los chicos lo cargaban. Tiene un problema con la erre que, en lugar de hacer la erre, hace para adentro con los dientes y saca los colmillos como un vampiro, o como si le estuviera haciendo a otro “hannnnnnnvre nene”; entonces en lugar de decir por ejemplo “dirigente” dice una cosa así como “divigente”, con la v corta suavecita y los dientes para afuera. Su papá, como dijimos, estaba muy ocupado trabajando y nunca se molestó en dar cuenta de esta anormalidad que las maestras marcaban, por lo que Mauricio creció y creció hasta que el defecto quedó asentado, y ahora no puede decir cosas simples como povsupuesto, vevdad o divevsión, sin que por lo bajo los demás chicos rían. Y es que, aunque Mauricio no lo sepa, si bien es cierto que ahora está rodeado de otros nenes, esos nenes no es que lo aprecien, ni que lo quieran, porque esos chicos que se juntan con él, en realidad, no son sus amigos. Mauricio amigos no tuvo nunca.
Cuando su papá ya tuvo más tiempo y le armó el primer cumpleaños, fue de lo más triste, porque a esa fiesta no vino nadie. Pero Mauricio ni se mosqueaba. Como si no le importara nada, si venían, si no venían; se pasó la tarde jugando solo en el pelotero gigante; se bancó sentadito, con la piernas cruzadas, la obra de teatro infantil; hizo todos los personajes del juego de los tres cerditos (la mamá, el lobo y los tres chanchos); pidió que lo ayudaran a agarrar solo todos los globos de la fiesta para ver si salía volando —lo cual, por supuesto, no ocurrió—; y finalmente se cantó el cumpleaños a sí mismo, se aplaudió, fue hasta el espejo para besar su imagen reflejada, volvió a la mesa y apagó las velitas. Luego trató de auto-llevarse en andas pero, como es físicamente imposible levantar algo y ser ese algo levantado al mismo tiempo, cayó al piso como torre de yenga. Torta no quiso, porque dice que lo dulce no le llama. Todo esto transcurrió ante la mirada atónita de los animadores, la dueña del salón y el padre de Mauricio, que así caía en la cuenta de que su hijo era un freak. Las causas, vaya uno a saber, pensó el tipo; y en todo caso, es más difícil trabajarlas que construir a partir de ellas —porque, si algo puede decirse del papá de Mauricio, es que un hombre pro-activo—; y así comenzó a idear alrededor del niño una imaginario abstracto, confortable e indolente. Algo compatible con su hijo, pero que fuera funcional. Luego el tiempo diría qué puede hacer uno con personalidad semejante. Lo importante era elaborar algo a lo que Mauricio pudiera amalgamarse, pasando desapercibido, casi; pero que fuera algo grande; y, por extraño que suene, hay siempre un grupo, conjunto o franja de gente, a la cual lo que uno hace resultará atractivo, si se invierte en ello tiempo y dinero suficiente. Y así fue con Mauricio.
 Con la periferia lista, que llevó casi un año armarle, lo primero que hizo su padre fue determinar el target. Elaboró un listado de niños prospecto, acordes a ser seducidos por la personalidad inerte del niño y de la red que a su alrededor el hombre había tramado. Muy a su pesar, notó que los compañeros que podían interesarse en estar cerca de Mauricio no eran los que tuvieran por su hijo algún tipo de interés (amigos, si se quiere), ni tampoco los que disfrutaran alguna cosa en particular como grupo colectivo, ni ninguna de las cosas que él, como empresario que era, buscaba en ese listado. Lo que unía a esos niños, el hilo que, más que unirlos, los enhebraba como columna penosa, era que ellos, al igual que Mauricio, eran chicos excluidos con los que nadie quería juntarse. Por motivos diferentes —algunos mentales, otros emocionales, muchísimos conductuales (que ahora está tan de moda), o del tipo que fuere—. Como sea, eran niños que ni entre ellos querían juntarse. Entonces el papá de Mauricio supo, con sus años de experiencia, que para reunirlos había que armarse un motivo, un evento o una causa a la que no pudieran resistir. El próximo cumpleaños sería el momento indicado.   
Fue así que, sumado a gastarse como mil en cotillón del bueno y asegurarse a los mejores payasos del mercado, el señor —además de invitar a ese conjunto lacroso que conformaba la lista, para asegurarse la asistencia (con la que el año anterior no había contado, pese a haberlos también participado del evento)—, esta vez decidió ofrecerles, a cambio de estar presentes, algún regalito, lugares privilegiados en la fiesta, porción extra de torta, roles con nombre pomposo (como Subsecretario de la Piñata, Vicedirector Adjunto del Subibaja o Gerente de la Wii), por más que esos niños fueran los más troncos, brutos y sociópatas del condado.
Entonces, más allá del cómo, y gracias a la estrategia, Mauricio contó en su fiesta de cumpleaños con un montón de chicos a los que los demás no querían invitar a las suyas; o que, cuando eran invitados, quedaban rápidamente al margen. Eran nada menos que el 30% de los chicos de la escuela. Un número alto. Con ese 30% Mauricio empezó su plataforma, y el evento de una sola vez se empezó a tratar en las sombras bajo el genérico “La Fiesta de Mauricio”.
Año a año, cada vez más subnormales llegan sin ser convocados por Mauricio ni su papá. La invitación fue yendo de boca en boca, de troncho en troncho, hasta que no hubo un outsider en toda la ciudad que no estuviera presente. Y el que no lo está, es porque sobrepasa los altos niveles de insensatez que se mueven en la Fiesta. Y eso que estamos hablando de un nivel alto. Muy alto.
Con el tiempo, el papá de Mauricio se sintió liberado de no tener que ofrecer más extras a cambio de la presencia. Los tronchos ya vienen solos, hasta contentos, y se ofrecen los extras entre ellos: el que invita le exige al convidado, como una catarata de la mediocridad plena. Y Mauricio, chocho. Su Fiesta siempre en la cima.
Y lo que es mejor, ya a nadie le importa ni Mauricio, ni su papá ni el cumpleaños, sino la Fiesta en sí misma, que se convirtió en el motivo propio de la asistencia, sin nada que festejar ni nadie a quien agasajar. La Fiesta es lo único que importa. Y tan metidos están todos, que en lugar de seguir insistiendo en el motivo, o en el homenajeado, cosas que claramente a nadie ya importan, el papá de Mauricio fue vivo y, anticipándose a que él no siempre va a estar, porque bueno, aunque sea rico y poderoso, algún día va a morirse, como cualquier cristiano, se encargó de dejar todo armadito para que la Fiesta de su nene no se termine nunca —o al menos es su deseo; lo que luego ocurra, solodioslosabe—.
Para hacerlo, se dejó de rodeos y empapeló la ciudad con carteles del color del sol que invitan al niño gris a seguir participando, y para que no queden dudas, dice: “Si se sienten apartados, si nunca los han querido, si de ahora en adelante muy bien la quieren pasar; vengan, vengan, no demoren, los estamos esperando. Lentos, malos, ignorantes, brutos y maleducados, a la Fiesta de Mauricio, están todos invitados”.
Griselda Perrotta 

martes, 7 de julio de 2015

Presentación Revista Ficcionario


     Para hablar la palabra hay que destrozarla. Atreverse a cuestionar; a preguntarse por qué la c queda abierta, si no tiene acaso igual derecho que la o, a ser redonda, perfecta, cerradita; o si la e, de noche, a solas, aspira a despertar conversa en ele. El mensaje no está en la sintaxis ni en el morfema. Qué novedad. Y aun así, el mundo nos pide forma. Forma reconocible, clasificable, materia homogénea vendible a montones. En góndolas de supermercado, si es posible. Mercado chico, mercado grande, mercado alterno, mercado under, mercado al fin. Si hay mercado tendrá reglas; y a ellas, a conformarse. El ámbito literario no escapa al férreo mandato. Sin embargo, hay esperanza.

   Revista Ficcionario llega con una propuesta subversiva: espacios donde desmenuzar el lenguaje es posible, donde se escribe y donde se lee; espacios para pensar, para crear, para sentir.
     Gracias Facundo Floria y Facundo Rizzi por gestar la idea y por poner el cuerpo; por pararse encima de la mesa para gritar lo que duele; por haberse tomado el trabajo de leer mis cuentos sin conocerme; por la oportunidad de decir.
     Esta es una foto que me sacaron leyendo un cuento en la presentación de Ficcionario. Honor.




martes, 23 de junio de 2015

Mi paraguas rojo

     Siempre quise tener un paraguas rojo. Bombé, de los buenos que te cubren hasta los hombros, con las varillas duras, que no se doble con el viento. Sobre todo los días de lluvia. Ahí lo quiero más.
     De las cosas que he querido, casi todas satisfice. Pero el paraguas rojo está pendiente. Podría ir un lunes, o un jueves, cualquier día; podría ir cualquier día y comprarlo. Aunque…no es fácil. No hay tantos negocios que vendan paraguas rojos, bombé, de los buenos, hasta los hombros. Mucho menos de varillas duras y que el viento no los doble.
     No sé qué ha pasado con los paraguas, que hasta el más mejorcito que se encuentra es, llanamente, porquería. Al primer viento acaba doblándose hacia arriba, los palitos quebrados, y algunos hasta se llueven por las costuras de la tela. No hablo de paraguas cualuncues de esos de cincuenta. Digo los de doscientos, o trescientos, que ya es un precio por el que uno bien puede esperar algo durable. Por supuesto es como todo, ya sé, los hay más caros. Pero ahí ya no me dan tantas ganas de tenerlo. Si alguien me dijera “venga señora, tiene aquí un paraguas rojo, bombé, de cobertura hasta los hombros, varillas de acero y ni el viento las dobla, le sale mil”, ahí ya no sé si me dan tantas ganas de tenerlo.
     Si me lo regalan capaz sí. Pero ¿quién me va a regalar un paraguas de mil? Sería un regalo muy raro, gastar mil en un paraguas, que al fin y al cabo es algo que se usa, cuando mucho y si uno es callejero, digamos, qué, ¿veinte veces al año? Y exagero. Ni al más pascual la lluvia lo agarra veinte veces en la calle a lo largo de un año. Y si pasa, que uno anda mucho a la intemperie, e incluso si es previsor y se avispa, tampoco. Tampoco es que toooooooodas las veces que llueva uno va a andar cargando ese coso. Porque no puede negarse el engorro, de andar por la calle con tamaño artefacto. Y además están las gotitas de frente;  esas que el viento intercepta antes que toquen suelo. Esas te mojan siempre. Si no es la cara —porque como dije, el paraguas sería bombé hasta los hombros— te mojan igual, de los hombros para abajo, que es al final casi todo el cuerpo. Y entonces, ¿para qué quiero, digo yo, un paraguas de mil, si de todas formas voy a empaparme? Aunque sea rojo y bombé, como yo quiero. Si hay viento sonaste. Creo que es eso, lo que me frena. Capaz por eso no me lo compro. Es eso. Sí. Es por el viento.
     Y no debo ser yo sola. ¿Ha notado que ya casi no se ven paragüerías? No es que la gente prefiera baratijas. Fíjese si no con los zapatos. Hay de cincuenta, de cien, quinientos, de mil y de más también. Con unas cuadras de diferencia se puede encontrarlos todos. Con las carteras, lo mismo. Juguetes, la ropa, hasta comida. Pero ¿paraguas? Dígame usted dónde puedo encontrar paraguas buenos. ¿Ya ve? Tiene que pensarlo. Sí, sí, la marca esa. Ya sé. No me convence; es raro el nombre. Y además, vaya uno a saber si viene en rojo, como yo quiero. Porque si voy a gastarme semejante dineral en un paraguas, lo menos que he de exigir es que mi paraguas sea rojo, y que llegue hasta los hombros. Si no, ni me interesa. Ha visto que no es tan simple. Lo voy a seguir pensando.
Griselda Perrotta




miércoles, 10 de junio de 2015

Elsa te ayuda

     Elsa estudió psicología, como su padre. Nunca ejerció su profesión. No trabajó mientras estudiaba, y luego de graduarse dio clases de psicología como suplente en una escuela secundaria durante tres años, dos horas por semana. A los treinta años se casó bien, y, como no necesitaba sueldo porque su marido ganaba más que suficiente, dejó de trabajar. A los treinta y tres se dio cuenta de que se aburría y quiso tener un hijo. A los treinta y seis le confirmaron definitivamente que eso nunca pasaría porque estaba físicamente impedida para procrear. A los treinta y nueve descubrió que su marido estaba enamorado de otra persona y así encontró la oportunidad para zafarse del matrimonio, con dos inmuebles y una buena cantidad de dinero. A los cuarenta y dos se compró un Yorkshire terrier macho, le puso un collar turquesa con brillitos plateados y le consiguió un almohadón de chenille color manteca. Después del perro se empezó a aburrir de vuelta y escribió un libro de autoayuda, donde les decía a las mujeres que la vida empieza a los cuarenta, y en cada una de sus setenta páginas desarrollaba un consejo para ser feliz. Para que no quedaran dudas, el libro se llamaba “Setenta Consejos para Ser Feliz después de los Cuarenta”. Descubrió que las editoriales no encontraban ninguna novedad en sus consejos, y que la única forma de publicarlo sería pagando. Lo hizo de buena gana, pensando que así su ex moriría de envidia, y hasta le mandó una invitación personalizada para el evento de la presentación del libro. En cambio, a su ex lo llenó de vergüenza saber que los dos hijos que había tenido con su nueva esposa algún día serían hombres, y sabrían que hubo una época en la que su padre estuvo casado con la persona que había publicado semejante cosa. Lo tranquilizaba pensar que, seguramente, en dos años los libros de Elsa estarían apilados en una mesa de saldos de la calle Corrientes, deseando que alguien los eligiera de entre otros tantos mientras esperaba que pasara alguna lluvia torrencial. Lo que el hombre nunca pensó es que existía alguna posibilidad de que Elsa tuviera su propio programa de radio.
      De las épocas del matrimonio, Elsa era amiga de compras de Sabrina, una chica más joven a la que había conocido en el gimnasio, que estaba en pareja con un conocido empresario de la industria de los medios. No es fácil llenar horas y horas de programación, sobre todo en verano. Caipiroskas mediante, una madrugada de noviembre, sentados al borde de la pileta, Elsa y el empresario pactaron hacer un piloto de dos horas para salir en AM los domingos a la una de la mañana. Nadie quiere trabajar en verano por AM los domingos a la una de la mañana, por lo cual esa es una franja que el empresario solía llenar con lo que encontraba, y lo que encontraba duraba, como mucho, lo que tarda en concluir el verano.
     Elsa presentó un formato tradicional en el que ella leía un capítulo (o sea, una página) de su libro, con música clásica de fondo, y se explayaba unos treinta minutos ahondando sobre lo leído, seguidos por una tanda de tres temas musicales, y luego recibía preguntas con preocupaciones de los oyentes, a quienes respondía con un consejo, alternando los consejos con temas musicales, de a uno: consulta, consejo, tema musical; consulta, consejo, tema musical. Elsa empezaba el programa contando que era psicóloga graduada, que había sido docente y que ahora era escritora, con lo cual, al oído común, cualquier estupidez que pudiera llegar a decir tenía fundamento científico. Agregaba que había estado casada durante quince años, que la habían traicionado, y que su perro era su familia. Con eso conquistó al público de AM en verano los domingos a la una de la mañana. Gente sola, acalorada, con insomnio, sin horarios. Ese era su público.
     El proyecto estaba pensado para durar setenta programas, en los que se abordarían, de a uno, los setenta consejos para ser feliz que el libro plasmaba. Fue un éxito rotundo desde la primera transmisión. Noche a noche, el dial iba incrementando su audiencia, hasta que el de Elsa fue el programa más escuchado de su franja. Los oyentes la llamaban pidiendo que les explicara cómo encontrar la verdadera vocación; en qué invertir el dinero sobrante; la forma de combatir el sobrepeso; por qué sus hijos se drogaban; si era normal sentir deseo durante el embarazo; cuántos kilos menos es anorexia; cómo se hace para retener a una mujer; si es correcto internar a la abuela en un geriátrico; hijos sí, hijos no; cómo salir de una secta; cómo dejar a un amante: todas cuestiones de índole sumamente personal. A todas Elsa respondía con un tono seguro y convincente, dando un consejo certero y absoluto, y sus oyentes le agradecían por decirles exactamente qué tenían que hacer ante las situaciones que los atormentaban. Elsa hablaba de cosas que ignoraba, pero sus palabras parecían verdad. Los oyentes veían verdad en la voz que se proyectaba hacia el aire, y le hacían caso, porque Elsa era psicóloga, y había sufrido, y después escribió un libro diciendo que ahora era feliz y que encima tenía la receta. Escuchaban su sabiduría mediática. Elsa estaba satisfecha con el rumbo que su vida había tomado y estaba pensando en escribir un libro llamado “Crónicas de mis Días de Radio. Consejos Prácticos de Aplicación Inmediata”. Elsa tenía una respuesta para todo. Pero un día recibió un llamado que no pudo responder.
     Promediaba febrero, hacía treinta y dos grados y llovía. Había llegado a la radio sobre la hora del comienzo del programa. No imaginó que llovería, así que había hecho corriendo las últimas cinco cuadras, mojándose a su paso. Encima el día coincidía con la fecha de su divorcio. Llegó al estudio tarde y empapada; se sacó los zapatos chorreados, que ubicó prolijamente al lado de la entrada, se secó el pelo con un pañuelo, y fue directamente a ubicarse en su sitio. Estaba alterada y nerviosa. Apenas se había sentado cuando le indicaron su entrada y, con tono agitado, la locutora empezó:
     — Mi nombre es Elsa Bondancciotti. Soy psicóloga graduada, trabajé durante varios años como docente, y tal vez hayas leído mi libro ‘Setenta Consejos para Ser Feliz Después de los Cuarenta’. Estoy acá para ayudarte, para escucharte, y sobre todo…para aconsejarte. Estuve casada durante quince años con la misma persona, pero esa persona me traicionó. Nunca tuve hijos, pero sí tengo un perrito, que hoy es mi familia. Yo te entiendo, porque surfrí igual que vos. Llamame. Contame. Soy Elsa. Yo te aconsejo.
     Comenzó a sonar un bolero.
    Durante las horas del programa los llamados pasaban directamente a Elsa sin filtro previo. Dado el público, la conductora y la franja horaria, la producción consideraba que todo tipo de desborde o escándalo imprevisto, de cualquiera de las dos partes, era bienvenido, ya que en las noches solitarias la acción es poca y anhelada.
     El tema de ese día era el del capítulo cuarenta y cinco: “Lo Pasado Pisado. Si querés ser feliz, no mires atrás. Tu presente es hermoso y lo mejor está por venir”. Luego de la tanda de tres canciones, y antes de recibir el primer llamado, Elsa dijo al aire que ese era su capítulo favorito, que la tocaba personalmente, porque sólo dejando atrás su pasado había podido concentrarse en el presente y proyectar su futuro, logrando así ser feliz. Se oyó un timbre sonar tres veces, y luego la voz de Elsa:
     — Soy Elsa. Contame.
     — Hola — dijo una voz temblorosa de mujer a punto de quebrarse.
   — ¿Un poquito triste? — respondió Elsa, como si estuviera descubriendo algo vedado al resto. E ilusionada. Estos eran los llamados más exitosos: los llamados en los que el oyente se quebraba.
     — No sé. Puede ser.
     — Contame mi amor, contame a ver si te puedo dar algún consejito.
    — Estoy muy mal, porque no tengo motivos para ser feliz, pero tampoco para sentirme totalmente desdichada. Tengo cuarenta y cinco años. Hace veinte me recibí de licenciada en Letras — se presentó la voz en un tono monocorde.
    — ¡Ay qué lindo! — irrumpió Elsa tratando de buscar algún tipo de emoción, con su cuerpo ansioso y su ropa aún mojada.
    — En realidad no —siguió la mujer— Yo quería ser ingeniera pero mis padres decían que esa era una carrera de varón; y me aconsejaron seguir una carrera de mujer, como Letras o Abogacía.
     — ¡O Psicología! — volvió Elsa con fervor.
     — No. Mis padres decían que las psicólogas están todas locas.
    — ¡Y las abogadas son todas putas! — tiró Elsa al aire. La producción desbordaba expectante. Desde que vieron entrar a Elsa al estudio sabían que esa noche iba a ser especial. 
     En los hogares oscuros y solitarios, con la lluvia cayendo de fondo, los oyentes subieron el volumen.
      — Bueno, no importa, igual fue Letras — replicó la voz en el mismo tono del comienzo.
    — ¿Y escribiste algo, querida, pudiste publicar? — dijo Elsa ofuscada, con un tono de competencia infantil.
      — No. Eso fue un problema. Yo elegí Letras porque además de Ingeniería me gustaba escribir, pero en la Facultad lo único que hacían era obligarme a memorizar nombres de autores, obras, fechas, estilos, períodos, y a nadie le importaba lo que yo tenía para decir. Al final dediqué un montón de años a aprenderme todo eso, y me mató, porque yo no sé qué pasó en el medio, pero para cuando me recibí ya ni ganas tenía de escribir. En un momento, como al tercer año, me di cuenta, y quise dejar y empezar a estudiar con alguien que me orientara en lo que yo quería hacer, que era escribir, pero fue decirlo en casa no más, y fue un desastre. Mis padres empezaron con que si no estudiaba no iba a tener futuro, que de qué iba a vivir, que la vejez, que a mi edad ellos ya estaban casados y con una hija. Yo era chica y no quise decepcionarlos, así que seguí, pensando que cuando terminara Letras iba a poder escribir lo que quisiera. Pero te digo Elsa, cuando terminé ya no tenía ganas de nada, y la gente encima empezó a preguntarme dónde iba a trabajar, se empezaron a poner muy pesados con eso. Y para que dejaran de molestarme hice lo más cómodo que encontré: me enganché a dar clases ad honorem en un curso de la Facultad. En realidad no era un curso, era un seminario que se daba en esa época. Iba dos veces por semana, y en casa se tranquilizaron con la cuestión de mi futuro. El tema me gustaba, y el profesor también me gustaba. Me gustaba mucho, por eso me enganché a trabajarle gratis, tan tonta no era. Sabía que a él también yo le gustaba y no me iba a rechazar. Di clases con él un año y para el segundo ya estábamos de novios. Como dijo que le parecía inapropiado salir con una alumna, aunque yo ya no fuera una alumna, decidimos que yo dejara de dar clases, y de a poco, no sé cómo, me fui yendo a vivir con él. Luciano tenía treinta años más que yo, era divorciado y tenía dos hijos de su matrimonio anterior. Desde el principio de la convivencia me dijo que él no quería tener más hijos y que no podía asegurarme que lo nuestro fuera a durar. Pero ya era tarde: yo estaba enamorada. En mi casa mis viejos se horrorizaron de que él fuera tan mayor, de que no nos casáramos, y me decían que sin papeles no hay garantía, que me iba a arruinar la vida. Mi vida ya estaba arruinada, Elsa. Con mis padres dejé de hablarme porque era imposible entablar diálogo sin que empezaran a aconsejarme que buscara trabajo en algún colegio, que dejara a Luciano, que buscara un chico de mi edad, que volviera a vivir con ellos, que se me iba a pasar el tren. Me decían que se me iba a pasar el tren. Cuando pasó la etapa del escándalo, con Luciano encontramos cierta estabilidad. Estuvimos bien unos años. Pero mi vida consistía en prepararle el desayuno a la mañana y esperarlo con la cena lista cuando volvía a la noche. Lo que pasara en el medio a él no parecía importarle, y llegó un punto en el que a mí también dejó de importarme. Me sentía muy sola, me aburría, y entonces mi prima tuvo un bebé. Yo nunca había pensado en ser madre, pero cuando la vi a mi prima con el hijo me di cuenta de que eso era algo grande, de que ahí había vida, ahí había esperanza. Sentí que con un bebé todo iba a ser distinto entre Luciano y yo. Le dije que quería tener un hijo y me contestó que pensaba que ese tema estaba claro, y que si no estaba de acuerdo, la puerta estaba abierta. Yo estaba enamorada, y encima me hubiera muerto de vergüenza si tenía que volver a vivir con mis viejos. Además no había trabajado nunca en mi vida, ni siquiera sabía cómo se hacía para buscar trabajo, no sabía ni hacer una cama, Luciano tenía una empleada que se ocupaba de todo lo de la casa, y antes de mudarme con él me hacía todo mi mamá. ¿A dónde iba a ir? Me acuerdo que esos días a la mañana yo salía temprano a caminar; no hablaba con nadie en todo el día hasta que Luciano volvía de dar clases, a la noche. Trataba de sacarle conversación a la empleada de Luciano, pero ella no me daba lugar. Un día mientras caminaba por Pedro Goyena un gatito negro me empezó a seguir; se notaba que todavía era cachorro, y me siguió cuatro cuadras. Cuando paro en un semáforo se me empieza a restregar ronroneando, haciéndome zigzag entre los tobillos; yo miro para abajo y el gatito mira para arriba al mismo tiempo, y nos cruzamos las miradas, y yo supe que el gatito me entendía; entonces lo agarré y me lo puse adentro de la campera. Pasé por la veterinaria a comprarle una caja, piedritas sanitarias y comida para gatitos, y lo llevé a casa. Nos tiramos en la cama y nos quedamos dormidos, acurrucados, con el gatito, uno al lado del otro. Cuando me desperté ya eran las once, el gatito no estaba y sus cosas tampoco. Escuché ruido en la cocina, y cuando entré vi que Luciano estaba preparando unos fideos. Le pregunté por el gato y me dijo que lo había tirado a la calle, que esa era su casa y que no quería mascotas. Desde ese día me sentí más sola que nunca. Y me aburría, me aburría mucho. Entonces empecé a escribir de vuelta. Cuando fui teniendo cosas terminadas se las mostraba a Luciano, pero todo lo que yo hacía a él le parecía una porquería. Me rompía los borradores, o me los devolvía todos tachados con rojo, o con verde, me los calificaba, como si fuera una alumna, y me decía que yo nunca iba a ser escritora. Y lo peor no es eso, lo peor es que yo le creía, o no sé, capaz tenía razón, capaz lo que yo escribía era una mierda. Ya no sé. Veo tanta mierda publicada que ahora no sé, si para publicar hay que ser bueno, Elsa. Cuando vi tu libro, por ejemplo, yo acababa de cumplir cuarenta y cuatro, fue el año pasado. Caminaba por Lavalle buscando telas para unas cortinas y, sin darme cuenta, llegué hasta Paraná. Me había pasado, entonces doblo para agarrar por Corrientes y se larga un chaparrón de aquellos. Yo no tenía paraguas y encima estaba en sandalias, así que tenía que parar sí o sí. Para resguardarme me meto en una librería y veo tu libro. Justo esa mañana habíamos discutido con Luciano porque yo le había dicho que me había robado mis mejores años, y que por su culpa había desperdiciado mi vida. Él me respondió que yo estaba teniendo una crisis existencial porque ya había pasado los cuarenta, y que me aconsejaba anotarme en Pilates, que capaz ahí iba a encontrar otras chicas como yo a las que seguro les estaba pasando lo mismo. Yo no soy una chica, Elsa, yo soy una mujer.
      La oyente se detuvo. Se escuchó ruido de papel, una chispa, y una inspiración seguida de una exhalación muy larga. Se adivinaba que estaba encendiendo un cigarrillo.
       En situaciones normales Elsa la hubiera interrumpido muchísimo antes, o hubiera al menos llenado el claro con algún comentario, pero por algún motivo el relato de la mujer había dejado muda a la locutora. La producción le hacía señas para que interviniera, pero Elsa no hablaba. La oyente siguió:
       —Y en la librería vi tu libro, y perdoname, perdoname en serio, pero me di cuenta de que lo que yo le mostraba a Luciano era Kafka al lado de la mierda que vos escribiste. Y me intrigó saber quién eras, saber cómo un libro como el tuyo llegaba a estar impreso en papel, en una librería tan céntrica. Quise saber quién eras, y  te empecé a buscar en internet. Para eso soy buena porque, como siempre tuve mucho tiempo libre, aprendí a buscar cosas de la gente. Te sorprendería saber la cantidad de información que está a disposición de todo el mundo y ni siquiera lo sabemos. No importa. La cosa es que encontré un montón de cosas, y vi que vos sos un fraude. Perdoname, Elsa, pero sos un fraude. Estudiaste psicología para gustarle a tu viejo. Sos una concheta de Barrio Norte que en su puta vida ejerció como psicóloga; y vos también diste clases como yo para no tener que laburar, pero en una escuela secundaria; y después te embolaste y te compraste ese perrito de mierda con el que salís en la foto de tu libro, y que decís que es tu familia. Vos no tenés familia, Elsa, y no tenés vergüenza tampoco ¿por qué no le contás a la gente que querías tener hijos y no pudiste? ¿que tu marido te dejó por la hija de tu mejor amiga? Esa parte no se la contás a nadie, la de los hijos, y la de tu mejor amiga, pero está en las fotos que publican ella y la hija en el perfil, y en los comentarios de la gente, ahí aparece todo. Y tampoco contás que para publicar tu libro pagaste, y que a la presentación no fue nadie; que te tuviste que volver sola llorando en el taxi con el perro en una mano y los 200 sanguchitos de miga en la otra, y que la bebida se la dejaste a los del salón porque no podías transportarla. Acá la gente te llama y te cuenta su peor miseria, Elsa, y vos les contestás desde un pedestal, haciéndote la superada. El otro día una chica te contó que estaba embarazada del cuñado y así, como si nada, le aconsejaste que le contara todo a la hermana. O el viejito que te contó que a veces pensaba en matar a la mujer, y le dijiste que lo hablara con ella. O la maestra que estaba enamorada del pibe, y vos saliste con que le diera para adelante porque el amor no tiene edad ¿Tenés noción de los desastres que podés armar? La gente tiene que saber quién sos. ¿Por qué no contás que ese espacio lo enganchaste porque conocés a la pendeja que se está morfando el dueño de la radio? Perdoname, Elsa, perdoname, no quiero ofenderte. Lo que pasa es que estoy sensible. Justo hoy el tema es ‘Lo Pasado Pisado’, y yo pienso en mi pasado, y mi pasado soy yo, ¿entendés? Yo sigo siendo mi pasado, sigo viviendo con este viejo de mierda que me arruinó la vida; y no tengo nada más que a Luciano; perdí todo lo demás, perdí mi familia, mi belleza, mis ganas de escribir. Y encima decís que hay que proyectar el futuro, ¿qué futuro? ¿cómo hago para abrirme de Luciano? ¿cómo hago para tener un futuro? Decime vos, Elsa, a ver, Elsa, aconséjame, vos que sabés. ¿Qué hago?
       El estudio era una tumba. El silencio de fondo sólo era intervenido por un sollozo bajo, cansino, que salía del micrófono de la locutora. Los celulares de la gente de producción no paraban de sonar, pero nadie los atendía; hasta que la pasante reaccionó y atinó a cortar la comunicación, mas no hizo falta. La oyente había colgado el teléfono y se escuchaba al aire el tono de la línea vacía.
     Sin levantar la vista, Elsa se levantó de su silla, agarró la cartera, y abandonó el recinto corriendo, descalza. Empujó con su cuerpo la puerta de entrada al estudio y siguió corriendo bajo la lluvia cuatro cuadras casi a ciegas, porque las lágrimas le nublaban la vista. Corría sin rumbo. Cruzó la avenida como venía y, en medio de la calle, resbaló sobre el asfalto justo antes de que cambiara el semáforo. Estaba demasiado dolorida para poder levantarse. Se escuchaban insultos y bocinazos. Los autos trataban de esquivarla pero sólo algunos lo lograban. Elsa recibía uno tras otros los golpes de las ruedas, los guardabarros, los paragolpes, y la lluvia seguía cayéndole encima, hasta que no escuchó nada más. Cuando llegó la ambulancia ya no había esperanzas.
      Ese fue el fin de la locutora. Su paso por los medios fue corto y memorable.
     Pero no hay que subestimar el poder de lo efímero. Cinco minutos después, un seguidor del programa subía a la red la conversación entre Elsa y la oyente, que quedaría así inmortalizada como el momento radial más crudo del año.  Una noche de verano, por AM, bastante pasada la una de la mañana.
Griselda Perrotta