miércoles, 8 de julio de 2015

La fiesta de Mauricio

La fiesta de Mauricio se pone de lo más brava. Es la mejor de todas porque, como su papá es rico, contrata los mejores planners y animadores, para que al nene no le falte nada. Quiere un poco lavar culpa, porque durante los primeros años, cuando Mauricio era chiquito, estaba todo el día dale que te dale trabajando y trabajando, para hacer mucha mucha plata. Pero ahora que está grande, pudo parar un poco y dedicarse a su familia.
De chiquito nadie quería juntarse con Mauricio porque, además de malcriado y egoísta, era (y sigue siendo) bastante lento, prejuicioso y berrinchero, todas cualidades que no gustan a los niños —ni a los grandes, para ser francos—. Y además, como habla mal, en ese entonces todos los chicos lo cargaban. Tiene un problema con la erre que, en lugar de hacer la erre, hace para adentro con los dientes y saca los colmillos como un vampiro, o como si le estuviera haciendo a otro “hannnnnnnvre nene”; entonces en lugar de decir por ejemplo “dirigente” dice una cosa así como “divigente”, con la v corta suavecita y los dientes para afuera. Su papá, como dijimos, estaba muy ocupado trabajando y nunca se molestó en dar cuenta de esta anormalidad que las maestras marcaban, por lo que Mauricio creció y creció hasta que el defecto quedó asentado, y ahora no puede decir cosas simples como povsupuesto, vevdad o divevsión, sin que por lo bajo los demás chicos rían. Y es que, aunque Mauricio no lo sepa, si bien es cierto que ahora está rodeado de otros nenes, esos nenes no es que lo aprecien, ni que lo quieran, porque esos chicos que se juntan con él, en realidad, no son sus amigos. Mauricio amigos no tuvo nunca.
Cuando su papá ya tuvo más tiempo y le armó el primer cumpleaños, fue de lo más triste, porque a esa fiesta no vino nadie. Pero Mauricio ni se mosqueaba. Como si no le importara nada, si venían, si no venían; se pasó la tarde jugando solo en el pelotero gigante; se bancó sentadito, con la piernas cruzadas, la obra de teatro infantil; hizo todos los personajes del juego de los tres cerditos (la mamá, el lobo y los tres chanchos); pidió que lo ayudaran a agarrar solo todos los globos de la fiesta para ver si salía volando —lo cual, por supuesto, no ocurrió—; y finalmente se cantó el cumpleaños a sí mismo, se aplaudió, fue hasta el espejo para besar su imagen reflejada, volvió a la mesa y apagó las velitas. Luego trató de auto-llevarse en andas pero, como es físicamente imposible levantar algo y ser ese algo levantado al mismo tiempo, cayó al piso como torre de yenga. Torta no quiso, porque dice que lo dulce no le llama. Todo esto transcurrió ante la mirada atónita de los animadores, la dueña del salón y el padre de Mauricio, que así caía en la cuenta de que su hijo era un freak. Las causas, vaya uno a saber, pensó el tipo; y en todo caso, es más difícil trabajarlas que construir a partir de ellas —porque, si algo puede decirse del papá de Mauricio, es que un hombre pro-activo—; y así comenzó a idear alrededor del niño una imaginario abstracto, confortable e indolente. Algo compatible con su hijo, pero que fuera funcional. Luego el tiempo diría qué puede hacer uno con personalidad semejante. Lo importante era elaborar algo a lo que Mauricio pudiera amalgamarse, pasando desapercibido, casi; pero que fuera algo grande; y, por extraño que suene, hay siempre un grupo, conjunto o franja de gente, a la cual lo que uno hace resultará atractivo, si se invierte en ello tiempo y dinero suficiente. Y así fue con Mauricio.
 Con la periferia lista, que llevó casi un año armarle, lo primero que hizo su padre fue determinar el target. Elaboró un listado de niños prospecto, acordes a ser seducidos por la personalidad inerte del niño y de la red que a su alrededor el hombre había tramado. Muy a su pesar, notó que los compañeros que podían interesarse en estar cerca de Mauricio no eran los que tuvieran por su hijo algún tipo de interés (amigos, si se quiere), ni tampoco los que disfrutaran alguna cosa en particular como grupo colectivo, ni ninguna de las cosas que él, como empresario que era, buscaba en ese listado. Lo que unía a esos niños, el hilo que, más que unirlos, los enhebraba como columna penosa, era que ellos, al igual que Mauricio, eran chicos excluidos con los que nadie quería juntarse. Por motivos diferentes —algunos mentales, otros emocionales, muchísimos conductuales (que ahora está tan de moda), o del tipo que fuere—. Como sea, eran niños que ni entre ellos querían juntarse. Entonces el papá de Mauricio supo, con sus años de experiencia, que para reunirlos había que armarse un motivo, un evento o una causa a la que no pudieran resistir. El próximo cumpleaños sería el momento indicado.   
Fue así que, sumado a gastarse como mil en cotillón del bueno y asegurarse a los mejores payasos del mercado, el señor —además de invitar a ese conjunto lacroso que conformaba la lista, para asegurarse la asistencia (con la que el año anterior no había contado, pese a haberlos también participado del evento)—, esta vez decidió ofrecerles, a cambio de estar presentes, algún regalito, lugares privilegiados en la fiesta, porción extra de torta, roles con nombre pomposo (como Subsecretario de la Piñata, Vicedirector Adjunto del Subibaja o Gerente de la Wii), por más que esos niños fueran los más troncos, brutos y sociópatas del condado.
Entonces, más allá del cómo, y gracias a la estrategia, Mauricio contó en su fiesta de cumpleaños con un montón de chicos a los que los demás no querían invitar a las suyas; o que, cuando eran invitados, quedaban rápidamente al margen. Eran nada menos que el 30% de los chicos de la escuela. Un número alto. Con ese 30% Mauricio empezó su plataforma, y el evento de una sola vez se empezó a tratar en las sombras bajo el genérico “La Fiesta de Mauricio”.
Año a año, cada vez más subnormales llegan sin ser convocados por Mauricio ni su papá. La invitación fue yendo de boca en boca, de troncho en troncho, hasta que no hubo un outsider en toda la ciudad que no estuviera presente. Y el que no lo está, es porque sobrepasa los altos niveles de insensatez que se mueven en la Fiesta. Y eso que estamos hablando de un nivel alto. Muy alto.
Con el tiempo, el papá de Mauricio se sintió liberado de no tener que ofrecer más extras a cambio de la presencia. Los tronchos ya vienen solos, hasta contentos, y se ofrecen los extras entre ellos: el que invita le exige al convidado, como una catarata de la mediocridad plena. Y Mauricio, chocho. Su Fiesta siempre en la cima.
Y lo que es mejor, ya a nadie le importa ni Mauricio, ni su papá ni el cumpleaños, sino la Fiesta en sí misma, que se convirtió en el motivo propio de la asistencia, sin nada que festejar ni nadie a quien agasajar. La Fiesta es lo único que importa. Y tan metidos están todos, que en lugar de seguir insistiendo en el motivo, o en el homenajeado, cosas que claramente a nadie ya importan, el papá de Mauricio fue vivo y, anticipándose a que él no siempre va a estar, porque bueno, aunque sea rico y poderoso, algún día va a morirse, como cualquier cristiano, se encargó de dejar todo armadito para que la Fiesta de su nene no se termine nunca —o al menos es su deseo; lo que luego ocurra, solodioslosabe—.
Para hacerlo, se dejó de rodeos y empapeló la ciudad con carteles del color del sol que invitan al niño gris a seguir participando, y para que no queden dudas, dice: “Si se sienten apartados, si nunca los han querido, si de ahora en adelante muy bien la quieren pasar; vengan, vengan, no demoren, los estamos esperando. Lentos, malos, ignorantes, brutos y maleducados, a la Fiesta de Mauricio, están todos invitados”.
Griselda Perrotta 

martes, 7 de julio de 2015

Presentación Revista Ficcionario


     Para hablar la palabra hay que destrozarla. Atreverse a cuestionar; a preguntarse por qué la c queda abierta, si no tiene acaso igual derecho que la o, a ser redonda, perfecta, cerradita; o si la e, de noche, a solas, aspira a despertar conversa en ele. El mensaje no está en la sintaxis ni en el morfema. Qué novedad. Y aun así, el mundo nos pide forma. Forma reconocible, clasificable, materia homogénea vendible a montones. En góndolas de supermercado, si es posible. Mercado chico, mercado grande, mercado alterno, mercado under, mercado al fin. Si hay mercado tendrá reglas; y a ellas, a conformarse. El ámbito literario no escapa al férreo mandato. Sin embargo, hay esperanza.

   Revista Ficcionario llega con una propuesta subversiva: espacios donde desmenuzar el lenguaje es posible, donde se escribe y donde se lee; espacios para pensar, para crear, para sentir.
     Gracias Facundo Floria y Facundo Rizzi por gestar la idea y por poner el cuerpo; por pararse encima de la mesa para gritar lo que duele; por haberse tomado el trabajo de leer mis cuentos sin conocerme; por la oportunidad de decir.
     Esta es una foto que me sacaron leyendo un cuento en la presentación de Ficcionario. Honor.




martes, 23 de junio de 2015

Mi paraguas rojo

     Siempre quise tener un paraguas rojo. Bombé, de los buenos que te cubren hasta los hombros, con las varillas duras, que no se doble con el viento. Sobre todo los días de lluvia. Ahí lo quiero más.
     De las cosas que he querido, casi todas satisfice. Pero el paraguas rojo está pendiente. Podría ir un lunes, o un jueves, cualquier día; podría ir cualquier día y comprarlo. Aunque…no es fácil. No hay tantos negocios que vendan paraguas rojos, bombé, de los buenos, hasta los hombros. Mucho menos de varillas duras y que el viento no los doble.
     No sé qué ha pasado con los paraguas, que hasta el más mejorcito que se encuentra es, llanamente, porquería. Al primer viento acaba doblándose hacia arriba, los palitos quebrados, y algunos hasta se llueven por las costuras de la tela. No hablo de paraguas cualuncues de esos de cincuenta. Digo los de doscientos, o trescientos, que ya es un precio por el que uno bien puede esperar algo durable. Por supuesto es como todo, ya sé, los hay más caros. Pero ahí ya no me dan tantas ganas de tenerlo. Si alguien me dijera “venga señora, tiene aquí un paraguas rojo, bombé, de cobertura hasta los hombros, varillas de acero y ni el viento las dobla, le sale mil”, ahí ya no sé si me dan tantas ganas de tenerlo.
     Si me lo regalan capaz sí. Pero ¿quién me va a regalar un paraguas de mil? Sería un regalo muy raro, gastar mil en un paraguas, que al fin y al cabo es algo que se usa, cuando mucho y si uno es callejero, digamos, qué, ¿veinte veces al año? Y exagero. Ni al más pascual la lluvia lo agarra veinte veces en la calle a lo largo de un año. Y si pasa, que uno anda mucho a la intemperie, e incluso si es previsor y se avispa, tampoco. Tampoco es que toooooooodas las veces que llueva uno va a andar cargando ese coso. Porque no puede negarse el engorro, de andar por la calle con tamaño artefacto. Y además están las gotitas de frente;  esas que el viento intercepta antes que toquen suelo. Esas te mojan siempre. Si no es la cara —porque como dije, el paraguas sería bombé hasta los hombros— te mojan igual, de los hombros para abajo, que es al final casi todo el cuerpo. Y entonces, ¿para qué quiero, digo yo, un paraguas de mil, si de todas formas voy a empaparme? Aunque sea rojo y bombé, como yo quiero. Si hay viento sonaste. Creo que es eso, lo que me frena. Capaz por eso no me lo compro. Es eso. Sí. Es por el viento.
     Y no debo ser yo sola. ¿Ha notado que ya casi no se ven paragüerías? No es que la gente prefiera baratijas. Fíjese si no con los zapatos. Hay de cincuenta, de cien, quinientos, de mil y de más también. Con unas cuadras de diferencia se puede encontrarlos todos. Con las carteras, lo mismo. Juguetes, la ropa, hasta comida. Pero ¿paraguas? Dígame usted dónde puedo encontrar paraguas buenos. ¿Ya ve? Tiene que pensarlo. Sí, sí, la marca esa. Ya sé. No me convence; es raro el nombre. Y además, vaya uno a saber si viene en rojo, como yo quiero. Porque si voy a gastarme semejante dineral en un paraguas, lo menos que he de exigir es que mi paraguas sea rojo, y que llegue hasta los hombros. Si no, ni me interesa. Ha visto que no es tan simple. Lo voy a seguir pensando.
Griselda Perrotta




miércoles, 10 de junio de 2015

Elsa te ayuda

     Elsa estudió psicología, como su padre. Nunca ejerció su profesión. No trabajó mientras estudiaba, y luego de graduarse dio clases de psicología como suplente en una escuela secundaria durante tres años, dos horas por semana. A los treinta años se casó bien, y, como no necesitaba sueldo porque su marido ganaba más que suficiente, dejó de trabajar. A los treinta y tres se dio cuenta de que se aburría y quiso tener un hijo. A los treinta y seis le confirmaron definitivamente que eso nunca pasaría porque estaba físicamente impedida para procrear. A los treinta y nueve descubrió que su marido estaba enamorado de otra persona y así encontró la oportunidad para zafarse del matrimonio, con dos inmuebles y una buena cantidad de dinero. A los cuarenta y dos se compró un Yorkshire terrier macho, le puso un collar turquesa con brillitos plateados y le consiguió un almohadón de chenille color manteca. Después del perro se empezó a aburrir de vuelta y escribió un libro de autoayuda, donde les decía a las mujeres que la vida empieza a los cuarenta, y en cada una de sus setenta páginas desarrollaba un consejo para ser feliz. Para que no quedaran dudas, el libro se llamaba “Setenta Consejos para Ser Feliz después de los Cuarenta”. Descubrió que las editoriales no encontraban ninguna novedad en sus consejos, y que la única forma de publicarlo sería pagando. Lo hizo de buena gana, pensando que así su ex moriría de envidia, y hasta le mandó una invitación personalizada para el evento de la presentación del libro. En cambio, a su ex lo llenó de vergüenza saber que los dos hijos que había tenido con su nueva esposa algún día serían hombres, y sabrían que hubo una época en la que su padre estuvo casado con la persona que había publicado semejante cosa. Lo tranquilizaba pensar que, seguramente, en dos años los libros de Elsa estarían apilados en una mesa de saldos de la calle Corrientes, deseando que alguien los eligiera de entre otros tantos mientras esperaba que pasara alguna lluvia torrencial. Lo que el hombre nunca pensó es que existía alguna posibilidad de que Elsa tuviera su propio programa de radio.
      De las épocas del matrimonio, Elsa era amiga de compras de Sabrina, una chica más joven a la que había conocido en el gimnasio, que estaba en pareja con un conocido empresario de la industria de los medios. No es fácil llenar horas y horas de programación, sobre todo en verano. Caipiroskas mediante, una madrugada de noviembre, sentados al borde de la pileta, Elsa y el empresario pactaron hacer un piloto de dos horas para salir en AM los domingos a la una de la mañana. Nadie quiere trabajar en verano por AM los domingos a la una de la mañana, por lo cual esa es una franja que el empresario solía llenar con lo que encontraba, y lo que encontraba duraba, como mucho, lo que tarda en concluir el verano.
     Elsa presentó un formato tradicional en el que ella leía un capítulo (o sea, una página) de su libro, con música clásica de fondo, y se explayaba unos treinta minutos ahondando sobre lo leído, seguidos por una tanda de tres temas musicales, y luego recibía preguntas con preocupaciones de los oyentes, a quienes respondía con un consejo, alternando los consejos con temas musicales, de a uno: consulta, consejo, tema musical; consulta, consejo, tema musical. Elsa empezaba el programa contando que era psicóloga graduada, que había sido docente y que ahora era escritora, con lo cual, al oído común, cualquier estupidez que pudiera llegar a decir tenía fundamento científico. Agregaba que había estado casada durante quince años, que la habían traicionado, y que su perro era su familia. Con eso conquistó al público de AM en verano los domingos a la una de la mañana. Gente sola, acalorada, con insomnio, sin horarios. Ese era su público.
     El proyecto estaba pensado para durar setenta programas, en los que se abordarían, de a uno, los setenta consejos para ser feliz que el libro plasmaba. Fue un éxito rotundo desde la primera transmisión. Noche a noche, el dial iba incrementando su audiencia, hasta que el de Elsa fue el programa más escuchado de su franja. Los oyentes la llamaban pidiendo que les explicara cómo encontrar la verdadera vocación; en qué invertir el dinero sobrante; la forma de combatir el sobrepeso; por qué sus hijos se drogaban; si era normal sentir deseo durante el embarazo; cuántos kilos menos es anorexia; cómo se hace para retener a una mujer; si es correcto internar a la abuela en un geriátrico; hijos sí, hijos no; cómo salir de una secta; cómo dejar a un amante: todas cuestiones de índole sumamente personal. A todas Elsa respondía con un tono seguro y convincente, dando un consejo certero y absoluto, y sus oyentes le agradecían por decirles exactamente qué tenían que hacer ante las situaciones que los atormentaban. Elsa hablaba de cosas que ignoraba, pero sus palabras parecían verdad. Los oyentes veían verdad en la voz que se proyectaba hacia el aire, y le hacían caso, porque Elsa era psicóloga, y había sufrido, y después escribió un libro diciendo que ahora era feliz y que encima tenía la receta. Escuchaban su sabiduría mediática. Elsa estaba satisfecha con el rumbo que su vida había tomado y estaba pensando en escribir un libro llamado “Crónicas de mis Días de Radio. Consejos Prácticos de Aplicación Inmediata”. Elsa tenía una respuesta para todo. Pero un día recibió un llamado que no pudo responder.
     Promediaba febrero, hacía treinta y dos grados y llovía. Había llegado a la radio sobre la hora del comienzo del programa. No imaginó que llovería, así que había hecho corriendo las últimas cinco cuadras, mojándose a su paso. Encima el día coincidía con la fecha de su divorcio. Llegó al estudio tarde y empapada; se sacó los zapatos chorreados, que ubicó prolijamente al lado de la entrada, se secó el pelo con un pañuelo, y fue directamente a ubicarse en su sitio. Estaba alterada y nerviosa. Apenas se había sentado cuando le indicaron su entrada y, con tono agitado, la locutora empezó:
     — Mi nombre es Elsa Bondancciotti. Soy psicóloga graduada, trabajé durante varios años como docente, y tal vez hayas leído mi libro ‘Setenta Consejos para Ser Feliz Después de los Cuarenta’. Estoy acá para ayudarte, para escucharte, y sobre todo…para aconsejarte. Estuve casada durante quince años con la misma persona, pero esa persona me traicionó. Nunca tuve hijos, pero sí tengo un perrito, que hoy es mi familia. Yo te entiendo, porque surfrí igual que vos. Llamame. Contame. Soy Elsa. Yo te aconsejo.
     Comenzó a sonar un bolero.
    Durante las horas del programa los llamados pasaban directamente a Elsa sin filtro previo. Dado el público, la conductora y la franja horaria, la producción consideraba que todo tipo de desborde o escándalo imprevisto, de cualquiera de las dos partes, era bienvenido, ya que en las noches solitarias la acción es poca y anhelada.
     El tema de ese día era el del capítulo cuarenta y cinco: “Lo Pasado Pisado. Si querés ser feliz, no mires atrás. Tu presente es hermoso y lo mejor está por venir”. Luego de la tanda de tres canciones, y antes de recibir el primer llamado, Elsa dijo al aire que ese era su capítulo favorito, que la tocaba personalmente, porque sólo dejando atrás su pasado había podido concentrarse en el presente y proyectar su futuro, logrando así ser feliz. Se oyó un timbre sonar tres veces, y luego la voz de Elsa:
     — Soy Elsa. Contame.
     — Hola — dijo una voz temblorosa de mujer a punto de quebrarse.
   — ¿Un poquito triste? — respondió Elsa, como si estuviera descubriendo algo vedado al resto. E ilusionada. Estos eran los llamados más exitosos: los llamados en los que el oyente se quebraba.
     — No sé. Puede ser.
     — Contame mi amor, contame a ver si te puedo dar algún consejito.
    — Estoy muy mal, porque no tengo motivos para ser feliz, pero tampoco para sentirme totalmente desdichada. Tengo cuarenta y cinco años. Hace veinte me recibí de licenciada en Letras — se presentó la voz en un tono monocorde.
    — ¡Ay qué lindo! — irrumpió Elsa tratando de buscar algún tipo de emoción, con su cuerpo ansioso y su ropa aún mojada.
    — En realidad no —siguió la mujer— Yo quería ser ingeniera pero mis padres decían que esa era una carrera de varón; y me aconsejaron seguir una carrera de mujer, como Letras o Abogacía.
     — ¡O Psicología! — volvió Elsa con fervor.
     — No. Mis padres decían que las psicólogas están todas locas.
    — ¡Y las abogadas son todas putas! — tiró Elsa al aire. La producción desbordaba expectante. Desde que vieron entrar a Elsa al estudio sabían que esa noche iba a ser especial. 
     En los hogares oscuros y solitarios, con la lluvia cayendo de fondo, los oyentes subieron el volumen.
      — Bueno, no importa, igual fue Letras — replicó la voz en el mismo tono del comienzo.
    — ¿Y escribiste algo, querida, pudiste publicar? — dijo Elsa ofuscada, con un tono de competencia infantil.
      — No. Eso fue un problema. Yo elegí Letras porque además de Ingeniería me gustaba escribir, pero en la Facultad lo único que hacían era obligarme a memorizar nombres de autores, obras, fechas, estilos, períodos, y a nadie le importaba lo que yo tenía para decir. Al final dediqué un montón de años a aprenderme todo eso, y me mató, porque yo no sé qué pasó en el medio, pero para cuando me recibí ya ni ganas tenía de escribir. En un momento, como al tercer año, me di cuenta, y quise dejar y empezar a estudiar con alguien que me orientara en lo que yo quería hacer, que era escribir, pero fue decirlo en casa no más, y fue un desastre. Mis padres empezaron con que si no estudiaba no iba a tener futuro, que de qué iba a vivir, que la vejez, que a mi edad ellos ya estaban casados y con una hija. Yo era chica y no quise decepcionarlos, así que seguí, pensando que cuando terminara Letras iba a poder escribir lo que quisiera. Pero te digo Elsa, cuando terminé ya no tenía ganas de nada, y la gente encima empezó a preguntarme dónde iba a trabajar, se empezaron a poner muy pesados con eso. Y para que dejaran de molestarme hice lo más cómodo que encontré: me enganché a dar clases ad honorem en un curso de la Facultad. En realidad no era un curso, era un seminario que se daba en esa época. Iba dos veces por semana, y en casa se tranquilizaron con la cuestión de mi futuro. El tema me gustaba, y el profesor también me gustaba. Me gustaba mucho, por eso me enganché a trabajarle gratis, tan tonta no era. Sabía que a él también yo le gustaba y no me iba a rechazar. Di clases con él un año y para el segundo ya estábamos de novios. Como dijo que le parecía inapropiado salir con una alumna, aunque yo ya no fuera una alumna, decidimos que yo dejara de dar clases, y de a poco, no sé cómo, me fui yendo a vivir con él. Luciano tenía treinta años más que yo, era divorciado y tenía dos hijos de su matrimonio anterior. Desde el principio de la convivencia me dijo que él no quería tener más hijos y que no podía asegurarme que lo nuestro fuera a durar. Pero ya era tarde: yo estaba enamorada. En mi casa mis viejos se horrorizaron de que él fuera tan mayor, de que no nos casáramos, y me decían que sin papeles no hay garantía, que me iba a arruinar la vida. Mi vida ya estaba arruinada, Elsa. Con mis padres dejé de hablarme porque era imposible entablar diálogo sin que empezaran a aconsejarme que buscara trabajo en algún colegio, que dejara a Luciano, que buscara un chico de mi edad, que volviera a vivir con ellos, que se me iba a pasar el tren. Me decían que se me iba a pasar el tren. Cuando pasó la etapa del escándalo, con Luciano encontramos cierta estabilidad. Estuvimos bien unos años. Pero mi vida consistía en prepararle el desayuno a la mañana y esperarlo con la cena lista cuando volvía a la noche. Lo que pasara en el medio a él no parecía importarle, y llegó un punto en el que a mí también dejó de importarme. Me sentía muy sola, me aburría, y entonces mi prima tuvo un bebé. Yo nunca había pensado en ser madre, pero cuando la vi a mi prima con el hijo me di cuenta de que eso era algo grande, de que ahí había vida, ahí había esperanza. Sentí que con un bebé todo iba a ser distinto entre Luciano y yo. Le dije que quería tener un hijo y me contestó que pensaba que ese tema estaba claro, y que si no estaba de acuerdo, la puerta estaba abierta. Yo estaba enamorada, y encima me hubiera muerto de vergüenza si tenía que volver a vivir con mis viejos. Además no había trabajado nunca en mi vida, ni siquiera sabía cómo se hacía para buscar trabajo, no sabía ni hacer una cama, Luciano tenía una empleada que se ocupaba de todo lo de la casa, y antes de mudarme con él me hacía todo mi mamá. ¿A dónde iba a ir? Me acuerdo que esos días a la mañana yo salía temprano a caminar; no hablaba con nadie en todo el día hasta que Luciano volvía de dar clases, a la noche. Trataba de sacarle conversación a la empleada de Luciano, pero ella no me daba lugar. Un día mientras caminaba por Pedro Goyena un gatito negro me empezó a seguir; se notaba que todavía era cachorro, y me siguió cuatro cuadras. Cuando paro en un semáforo se me empieza a restregar ronroneando, haciéndome zigzag entre los tobillos; yo miro para abajo y el gatito mira para arriba al mismo tiempo, y nos cruzamos las miradas, y yo supe que el gatito me entendía; entonces lo agarré y me lo puse adentro de la campera. Pasé por la veterinaria a comprarle una caja, piedritas sanitarias y comida para gatitos, y lo llevé a casa. Nos tiramos en la cama y nos quedamos dormidos, acurrucados, con el gatito, uno al lado del otro. Cuando me desperté ya eran las once, el gatito no estaba y sus cosas tampoco. Escuché ruido en la cocina, y cuando entré vi que Luciano estaba preparando unos fideos. Le pregunté por el gato y me dijo que lo había tirado a la calle, que esa era su casa y que no quería mascotas. Desde ese día me sentí más sola que nunca. Y me aburría, me aburría mucho. Entonces empecé a escribir de vuelta. Cuando fui teniendo cosas terminadas se las mostraba a Luciano, pero todo lo que yo hacía a él le parecía una porquería. Me rompía los borradores, o me los devolvía todos tachados con rojo, o con verde, me los calificaba, como si fuera una alumna, y me decía que yo nunca iba a ser escritora. Y lo peor no es eso, lo peor es que yo le creía, o no sé, capaz tenía razón, capaz lo que yo escribía era una mierda. Ya no sé. Veo tanta mierda publicada que ahora no sé, si para publicar hay que ser bueno, Elsa. Cuando vi tu libro, por ejemplo, yo acababa de cumplir cuarenta y cuatro, fue el año pasado. Caminaba por Lavalle buscando telas para unas cortinas y, sin darme cuenta, llegué hasta Paraná. Me había pasado, entonces doblo para agarrar por Corrientes y se larga un chaparrón de aquellos. Yo no tenía paraguas y encima estaba en sandalias, así que tenía que parar sí o sí. Para resguardarme me meto en una librería y veo tu libro. Justo esa mañana habíamos discutido con Luciano porque yo le había dicho que me había robado mis mejores años, y que por su culpa había desperdiciado mi vida. Él me respondió que yo estaba teniendo una crisis existencial porque ya había pasado los cuarenta, y que me aconsejaba anotarme en Pilates, que capaz ahí iba a encontrar otras chicas como yo a las que seguro les estaba pasando lo mismo. Yo no soy una chica, Elsa, yo soy una mujer.
      La oyente se detuvo. Se escuchó ruido de papel, una chispa, y una inspiración seguida de una exhalación muy larga. Se adivinaba que estaba encendiendo un cigarrillo.
       En situaciones normales Elsa la hubiera interrumpido muchísimo antes, o hubiera al menos llenado el claro con algún comentario, pero por algún motivo el relato de la mujer había dejado muda a la locutora. La producción le hacía señas para que interviniera, pero Elsa no hablaba. La oyente siguió:
       —Y en la librería vi tu libro, y perdoname, perdoname en serio, pero me di cuenta de que lo que yo le mostraba a Luciano era Kafka al lado de la mierda que vos escribiste. Y me intrigó saber quién eras, saber cómo un libro como el tuyo llegaba a estar impreso en papel, en una librería tan céntrica. Quise saber quién eras, y  te empecé a buscar en internet. Para eso soy buena porque, como siempre tuve mucho tiempo libre, aprendí a buscar cosas de la gente. Te sorprendería saber la cantidad de información que está a disposición de todo el mundo y ni siquiera lo sabemos. No importa. La cosa es que encontré un montón de cosas, y vi que vos sos un fraude. Perdoname, Elsa, pero sos un fraude. Estudiaste psicología para gustarle a tu viejo. Sos una concheta de Barrio Norte que en su puta vida ejerció como psicóloga; y vos también diste clases como yo para no tener que laburar, pero en una escuela secundaria; y después te embolaste y te compraste ese perrito de mierda con el que salís en la foto de tu libro, y que decís que es tu familia. Vos no tenés familia, Elsa, y no tenés vergüenza tampoco ¿por qué no le contás a la gente que querías tener hijos y no pudiste? ¿que tu marido te dejó por la hija de tu mejor amiga? Esa parte no se la contás a nadie, la de los hijos, y la de tu mejor amiga, pero está en las fotos que publican ella y la hija en el perfil, y en los comentarios de la gente, ahí aparece todo. Y tampoco contás que para publicar tu libro pagaste, y que a la presentación no fue nadie; que te tuviste que volver sola llorando en el taxi con el perro en una mano y los 200 sanguchitos de miga en la otra, y que la bebida se la dejaste a los del salón porque no podías transportarla. Acá la gente te llama y te cuenta su peor miseria, Elsa, y vos les contestás desde un pedestal, haciéndote la superada. El otro día una chica te contó que estaba embarazada del cuñado y así, como si nada, le aconsejaste que le contara todo a la hermana. O el viejito que te contó que a veces pensaba en matar a la mujer, y le dijiste que lo hablara con ella. O la maestra que estaba enamorada del pibe, y vos saliste con que le diera para adelante porque el amor no tiene edad ¿Tenés noción de los desastres que podés armar? La gente tiene que saber quién sos. ¿Por qué no contás que ese espacio lo enganchaste porque conocés a la pendeja que se está morfando el dueño de la radio? Perdoname, Elsa, perdoname, no quiero ofenderte. Lo que pasa es que estoy sensible. Justo hoy el tema es ‘Lo Pasado Pisado’, y yo pienso en mi pasado, y mi pasado soy yo, ¿entendés? Yo sigo siendo mi pasado, sigo viviendo con este viejo de mierda que me arruinó la vida; y no tengo nada más que a Luciano; perdí todo lo demás, perdí mi familia, mi belleza, mis ganas de escribir. Y encima decís que hay que proyectar el futuro, ¿qué futuro? ¿cómo hago para abrirme de Luciano? ¿cómo hago para tener un futuro? Decime vos, Elsa, a ver, Elsa, aconséjame, vos que sabés. ¿Qué hago?
       El estudio era una tumba. El silencio de fondo sólo era intervenido por un sollozo bajo, cansino, que salía del micrófono de la locutora. Los celulares de la gente de producción no paraban de sonar, pero nadie los atendía; hasta que la pasante reaccionó y atinó a cortar la comunicación, mas no hizo falta. La oyente había colgado el teléfono y se escuchaba al aire el tono de la línea vacía.
     Sin levantar la vista, Elsa se levantó de su silla, agarró la cartera, y abandonó el recinto corriendo, descalza. Empujó con su cuerpo la puerta de entrada al estudio y siguió corriendo bajo la lluvia cuatro cuadras casi a ciegas, porque las lágrimas le nublaban la vista. Corría sin rumbo. Cruzó la avenida como venía y, en medio de la calle, resbaló sobre el asfalto justo antes de que cambiara el semáforo. Estaba demasiado dolorida para poder levantarse. Se escuchaban insultos y bocinazos. Los autos trataban de esquivarla pero sólo algunos lo lograban. Elsa recibía uno tras otros los golpes de las ruedas, los guardabarros, los paragolpes, y la lluvia seguía cayéndole encima, hasta que no escuchó nada más. Cuando llegó la ambulancia ya no había esperanzas.
      Ese fue el fin de la locutora. Su paso por los medios fue corto y memorable.
     Pero no hay que subestimar el poder de lo efímero. Cinco minutos después, un seguidor del programa subía a la red la conversación entre Elsa y la oyente, que quedaría así inmortalizada como el momento radial más crudo del año.  Una noche de verano, por AM, bastante pasada la una de la mañana.
Griselda Perrotta


martes, 26 de mayo de 2015

La Bruja y el Piqui

La bautizaron Rosa Montes pero los volantes decían Ivonne Nasser. En el curso le habían dicho que, si quería dedicarse a la magia, tenía que cambiarse el nombre porque Rosa Montes no servía.
Rosa no quería dedicarse puntualmente a la magia; cualquier otro trabajo que pudiera hacer en casa le hubiera servido. Desde la crisis casi nadie venía a hacerse las manos; los esmaltes se estaban secando y las limas de cartón se estaban humedeciendo. Aunque seguía pegando los cartelitos que la vendían como “manicura”, el timbre sonaba cada vez menos y las cosas empezaban a faltar.
Rosa no podía buscar trabajo afuera. Tenía que ser en casa porque no podía dejar mucho tiempo solo al Piqui que, por más que tuviera veintiséis años, funcionaba como un chico de cuatro. Así había sido durante los últimos veintidós años, y así habían dicho los médicos que iba a quedar.
De joven, hasta que el Polaco se fue, cuando la plata alcanzaba, Rosa consumía magia, que le vendía la Turca del mercado. Pero no en el puesto; en la casa, porque le había dicho que ahí podían hacer cosas más fuertes, con animales y eso. Le hacía comprar velas, cintas, carbones, aceites, cosas así, que Rosa conseguía en el barrio a veces, y otras tenía que irse hasta Once. Empezó a verla porque el Polaco tenía la mano pesada y Rosa quería cambiarlo.
La primera vez que fue todavía era una piba. La Turca la hizo sentarse enfrente, le agarró la mano, cantó algo en voz baja y le miró la palma. Le dijo que al Polaco lo habían trabajado de chico y por eso era violento; que podía deshacerlo, pero iba a llevar tiempo y era caro. El Piqui todavía no había nacido, eran solo Rosa y el Polaco.
Rosa iba separando de a dos o de a cinco pesos de la plata que el Polaco le dejaba para usar, y cuando tenía treinta, que era lo que le cobraba la Turca, la llamaba para ver qué tenía que comprar. Entonces juntaba para los materiales y los conseguía. Cuando era con animales era más difícil; Rosa tenía que conseguir el bicho y guardarlo hasta el día que quedaban, porque no se podía hacer cualquier día, dependía de la luna o algo así. Si eran gallinas o perros le pedía a la prima que se los aguantara. Pero la Turca siempre le decía que el Polaco estaba muy atado y para que el trabajo funcionara había que usar cabras. Como si fuera fácil conseguir una cabra en Pompeya, o esconderla en un conventillo. Y así la Turca la tenía atada también a ella, porque cada vez que la atendía, Rosa se iba convencida de que el Polaco la seguía fajando porque ella no conseguía la cabra. Estaba tan enganchada con la rutina que ni se le ocurría dejarlo. Su vida eran el Polaco, la paliza, la Turca y la cabra. Lo demás era relleno.
Cuando se enteró del embarazo se puso contenta. Le contó a la Turca, que le hizo creer que ya lo sabía, que al chico se lo había hecho poner ella; y que cuando naciera lo del Polaco se iba a solucionar para siempre. Rosa le creyó, en parte porque estaba chupada por la Turca, y en parte porque desde que le había contado del embarazo el Polaco le pegaba menos, sólo los viernes cuando volvía de la bailanta, y no fuerte como antes. Anduvieron así todo el embarazo.
Al mes de nacido el Piqui, cuando ya estaban en la casa, un día el Polaco dijo que se iba a los burros y no volvió más. La gente decía que el Polaco se había ido porque no soportó que el chico les saliera mal. La Turca le dijo a Rosa que el Piqui había nacido así porque estaba marcado como el padre, y que el Polaco se había ido porque ella lo había hecho asustar, para que la dejara tranquila con el chico; que con lo tocado que estaba iba a ser imposible limpiarlo sin la cabra, y que además ahora Rosa tenía que concentrarse en deshacer lo del chico, que si no iba a "quedar tonto para siempre". Le dijo que era como un tratamiento, que tenían que hacerle.
Al principio Rosa se asustó y empezó a limpiar casas para poder pagar los materiales y los trabajos de la Turca, pero duró poco, porque estaba sola, y con el nene era muy difícil trabajar afuera. Además al chico en esa época había que llevarlo al hospital todo el tiempo, porque todavía lo estaban estudiando. Habrá ido a verla dos o tres veces, y se dio cuenta de que no iba a poder bancarlo más, sin la plata del Polaco.
En el mercado evitaba cruzarse a la Turca, porque se sentía en falta de haberla colgado, pero un día se la topó en el pasillo ancho. Le explicó que estaba sola con el Piqui, y que a veces no les alcanzaba para comer; se tiró el lance de pedirle si podía seguir atendiéndola por menos, pero la Turca le dijo que no, pegó media vuelta y volvió a su puesto.
Rosa dio por cerrado el tema de los trabajos y, para no caer en la tentación de la culpa, se convenció de que la Turca le había estado robando, de que había quedado embarazada porque eso es lo que pasa cuando una no se cuida, de que el Piqui nació enfermo porque así lo quiso dios, de que el Polaco era una basura, y de que era mejor tenerlo lejos. Asumió que era una mujer sola con un hijo discapacitado, y que tenía que mantenerlo.
Así empezó a hacerles las manos a las vecinas, que iban porque era barato, pero que iban también para ayudarla. Algunas además de hacerse las manos le traían leche, pañales y algo de comer para ella. Y así fue tirando, medio con el trabajo, medio con la ayuda de la gente. Hasta que la cosa se puso dura, la gente se fue mudando, ella se fue poniendo sucia y desprolija, el Piqui se empezó a hacer grande, y así las clientas fueron viniendo cada vez menos, porque era caro, porque era lejos, porque era un asco, o porque era incómodo.
Lo de la magia se le ocurrió una tarde en la fila de la pollería. Delante suyo estaban dos señoras jóvenes, bien vestidas, una rubia de rulos y la otra morocha, también de rulos. La rubia le contaba a la otra, con detalles y todo, cómo una bruja la estaba ayudando para que el marido volviera. A Rosa le llamó la atención que a la señora le hicieran hacer las mismas cosas que la Turca le hacía hacer a ella. Sobre todo porque supuestamente la mujer iba para otra cosa. Entonces se acordó de que era todo un gran verso tremendo, y se le ocurrió que ella podía empezar a vender eso, total lo que la gente necesitaba comprar era esperanza, no resultados, y eso Rosa lo sabía por experiencia. Era cosa de encontrar alguien que le enseñara a armar el circo un poco.
           Cosa del destino, un lunes desenvolviendo media docena de huevos leyó en el papel de diario que hacía de paquete un aviso de cursos cortos con salida rápida: Jardinería, Depilación, Arreglos Generales, Cuidadora, Mantenimiento, y el último: Videncia y Artes Ocultas. El aviso aclaraba que el instituto financiaba la matrícula y el pago del curso. Algo tenía ahorrado de la pensión del Piqui, que supuestamente iba a ser para él, cuando ella ya no estuviera, y decidió usarlo en cambio para pagarse el curso. Fue a averiguar, y en tres meses ya tenía el título: "Ivonne Nasser. Vidente. Especialista en Artes Ocultas".
          Invirtió diez pesos en fotocopias para pegar carteles por el barrio. Enseguida empezó a venirle gente. Con los primeros pesos se compró una tela bordeaux y se hizo una túnica y un mantel al tono para cubrir la mesita redonda de fórmica que tenía en la habitación, donde ubicaba las dos únicas sillas de la casa. También compró una cortina para separarlo al Piqui, que sería lento pero entendía cuando había que quedarse quieto.
En el curso le habían dicho que era fundamental mantener la mística. Tenía que ambientar un poco el tema, oscurecer la habitación, colgar algunos santos, ponerse collares, prender un humo. Enseguida le tomó la mano.
          Cobraba barato. A la gente le pedía que trajera los materiales, como la Turca había hecho con ella, pero sólo cosas fáciles, porque no quería arriesgarse a que dejaran de venirle. Así se fue armando su clientela. Al principio eran todas personas conocidas, más mujeres que hombres, en general por males del bolsillo o del corazón, pero con el tiempo fue llegando de todo, mezclado, y hasta tenía que dar turno para que no se le superpusieran.
          Un día a última hora tenía anotada a una tal Evangelina “por un tema de amor”, le había dicho en el teléfono.
           La habitación de Rosa y el Piqui era la única de la planta baja y quedaba al final del pasillo. La puerta de calle había desaparecido desde antes que ellos existieran, así que de la vereda se subía el escaloncito y se pasaba directo al zaguán. A la derecha había una escalera que llevaba al resto de las habitaciones, que estaban todas arriba.
           A las ocho puntual se escucharon tres golpes en la puerta y Rosa abrió. Era una mujer mayor, que usaba una capa negra que le cubría desde la cabeza hasta las rodillas, dejando ver dos piernas flacas como alambres y cubiertas de várices, peludas, que terminaban en dos lanchas con juanetes, vistiendo ojotas al tono. Caminaba de lado y olía a pis. Rosa estaba acostumbrada a recibir toda clase de gente, así que nada de esto le llamó particularmente la atención. Se paró en la puerta y elevó ligeramente el brazo izquierdo, señalando con su mano la mesita de fórmica con el mantel bordeaux, indicando a la consultante que se ubicara su sitio.
            La mujer se detuvo de espaldas a la silla y empezó a doblarse, bajando el torso en busca del reposo, usando sus rodillas como bisagras y apoyando las manos en la mesa para ayudarse. Rosa se sentó enfrente, y notó que la mujer empezaba a cruzar los dedos de una mano con los de la otra, mientras murmuraba una especie de cántico en voz grave, que habrá durado unos diez minutos. Esto tampoco sorprendió a Rosa. Cuando hubo terminado, separó las manos y levantando sus brazos flacos se descubrió la cabeza. Era prácticamente calva, y algo en su rostro resultaba a Rosa familiar. La vieja flaca aulló al aire y escupió sobre la mesa. Esto sí sorprendió a Rosa. Pero la sorpresa fue superada por el susto al reconocer en el mismo instante en que el escupitajo alcanzó el mantel bordeaux a la persona que tenía enfrente: era la Turca.
            La consultante, sin levantar la vista, le dijo con voz cascada:
            — ¿Te acordás de mí, Rosita?
            — ¿Qué querés Turca? — dijo Rosa simulando calma.
            — Me estás cagando la clientela. Me estoy fundiendo por tu culpa.
            — Yo no te hice nada, es trabajo nada más, no tiene nada que ver con vos. Además hace años que no tenés el puesto, pensé que…
            — Que estaba muerta. Casi, pero no. Ahora atiendo únicamente en casa. Sólo cosas fuertes. Te doy quince días para buscarte otra cosa. Si no te saco yo del medio, a mi forma.
            — No me jodas, Turca. Estoy sola con el Piqui. Veamos cómo podemos arreglar para no pisarnos.
            — No vamos arreglar un carajo. Quince días.
          Y sin decir más, se levantó y dio media vuelta. Viéndola caminar sin la capucha, decrépita, arrastrando las chancletas, por una milésima de segundo Rosa sintió que la que estaba ahí no era la Turca humana sino una versión intermedia entre su versión humana y su versión muerta, como si de alguna forma hubiera quedado a mitad de camino. Sintió un escalofrío. En cuanto la vieja cerró la puerta, instintivamente, Rosa cruzó la pieza en dos pasos y corrió la cortina del Piqui. Estaba dormido.
            Los quince días de preaviso pasaron sin que Rosa moviera un dedo para reducir la clientela ni para contactarse con la Turca. No eran épocas de vacas gordas, como para andar creyendo pavadas. Pasaron quince más y Rosa ya se había olvidado de la visita. Pensó incluso que capaz la vieja hasta se había muerto enserio y se lo había imaginado todo. A veces con tanto humo y entonaciones se le confundían las cosas. Pero entonces pasó lo del zaguán.
          Rosa volvía con el Piqui, era invierno y ya se había hecho de noche. Habían estado todo el día afuera, visitando a la prima temprano, después al hospital para el control mensual del neurólogo, y finalmente al dentista para que le viera al Piqui una muela que le dolía. Estaban cansados y no veían la hora de llegar a casa.
Ya desde la esquina Rosa notó que el zaguán tenía un resplandor raro, y a medida que se acercaba veía que era como de un naranja que titilaba, hasta que al llegar se quedó paralizada en la vereda, antes de subir el escalón. Al final del pasillo, sobre el suelo, alguien había ubicado perpendicular a la puerta de su casa una hilera de velas negras muy bajitas, todas encendidas, atravesada por otra fila corta sobre el cuarto inferior de la hilera larga. Era una cruz invertida de velitas negras encendidas. Sabía lo que significaba: el Portal al Lado Oscuro. Siempre había pensado que era un bolazo hasta que lo vio. Era imposible mantenerse ecuánime ante la imagen. No se animaba a atravesar la cruz para entrar a su casa porque el mito, que tiene dos partes, es claro. La primera dice que quien las toca o les pasa por encima encuentra la muerte. Pero a Rosa la horrorizaba más la segunda: si las velas se consumen, quien habita la casa se vuelve muerto en vida. Su razón había caído por completo. Rosa era todo susceptibilidad. Aguzó la vista y le entró la taquicardia: casi todas las velas quedaban solo en cabito, y el resto ya estaban consumidas.
Tenía que apurarse a apagar las que quedaban prendidas antes de que fuera tarde. El mito se le había hecho carne.
Rosa corrió por el pasillo, se arrodilló en el piso y empezó a soplarlas, pero no se apagaban. Entonces empezó a agitar las manos y a llorar desesperada, escupiendo las velas, pero estaba tan nerviosa que escupía y soplaba para cualquier lado, y las velas seguían consumiéndose. El Piqui se había quedado parado en el escalón, sin entender nada. Al ver a su madre tan desfasada, se asustó y empezó a gritar como un cerdo en pleno degüelle, mientras se pegaba en los ojos con las dos palmas, como si no quisiera ver, y se azotaba la cabeza contra la pared. Los vecinos salieron en el momento en que le empezaba a dar la convulsión.
Rosa seguía arrodillada en el piso, soplando y escupiendo, cuando una de sus vecinas la agarró de los hombros y la hizo incorporarse. Alguien llamó a la ambulancia, que tardó cuarenta y cinco minutos. Llegó justo cuando la última velita terminaba de apagarse. Le administraron al Piqui un antiepiléptico y se lo llevaron a internar.
A partir de ese día el Piqui ya no habla, no se levanta de la cama, come por una manguera y usa pañales. Lo estuvieron estudiando como un mes, y cuando no hubo más que hacer se lo devolvieron a Rosa, para que lo siguiera atendiendo en la casa. Los médicos le explicaron que la convulsión le había destruido muchas neuronas y era probable que quedara así para siempre.
            Rosa dejó de trabajar de bruja y empezó a rebozar milanesas y armar arrollados para la pollería. Sale solo para entregarlos, hacer mandados o pagar cuentas.
            Está juntando plata para comprarse una cabra.
Griselda Perrotta

miércoles, 13 de mayo de 2015

Presagio de llover (*)

       En mi casa las moscas anuncian la lluvia. Y hay que verlas. 
     Primero es una oronda, ni tan gorda ni tan flaca, que empieza a insistir; y se queda, aunque yo  la espante, aunque el gato la cachetee, saltando al aire, como un perrito. Y después viene otra, y otra, y otra más. Así a veces días, como una convención de moscas, se me va armando.
       Se juntan justo ahí, bajo el techito del quincho, del lado de afuera, donde no crece el pasto. Y ruedan, y nadan, y saltan. Y vuelan en círculos, claro; como cualquier mosca. Y esto quiero aclararlo. Estas son moscas comunes, normales, insectos montón. Ahora, por qué vienen a reunirse a mi casa, no tengo idea. Porque no es que cuando lo cuento me dicen “ah, sí, en mi casa también”. Ni tampoco es regla que las moscas se aglomeren tanto para anunciar lluvia. No en una casa cualquiera, como la mía. Ni tampoco tanto.
     Dudo que sean siempre las mismas moscas. Calculo se van renovando. Pero igual; como grupo en sí, como cosa colectiva, como conjunto, para mí, que las padezco, no dejan de ser una misma presencia que la pre-lluvia invoca, ahí, bajo el techito.
     Es la lluvia, que las reclama. Porque si algo sé es que estas moscas, conmigo, no tienen nada que ver. Son de la lluvia. Como un sacrificio. Como un dios, o algo. Mías no son.
     Si es una; dos, seis; hasta seis, las dejo. Pueden ser moscas cualquieras. Pero ya siete, diez, o así, no. Ahí ya sé que en un par de días se empiezan a arremolinar, y vibran, como una pelota, en zumbidos negros, brillantes, ahí, bajo el techito. Y ya no salgo.
    Las miro por la ventana. Miro de acá y no salgo. El gato al principio sí, cuando son poquitas, pero después ya también, se da cuenta de que es inútil.
     Espantarlas, igual se quedan. Y veneno. Probamos, una vez, con el veneno. Un poco se disipaban, pero mientras lo estaba esparciendo el gato me miró y dijo “me va a hacer mal a mí”. Y tiene razón, el gato. Y a mí, también, me va a hacer mal. Que el veneno es veneno, qué cuernos. El veneno es veneno para todos. Si mata a las moscas por completo es porque son bichos chicos; pero es cuestión de dosis, no más. Otro poco y mato al gato; y otro tanto y muero yo. Y si no me mato, y si no mato al gato; del todo, digo; si no nos mato, a mí y al gato, igual seguro el veneno nos mata un poco. Y yo no quiero morir un poco. Como el enjambre, cuando ya llueve. Y desde antes. Un rato antes, justito antes, gira más lento, con tono espeso; y de a una caen, y después más, y así ya en grupos, se van cayendo todas al suelo, muertas, en grupo, el cuerpo duro y las alas tiesas, hasta la última, y después sí. Después las gotas, que son de a una, y que son mil gotas, caen con furia sobre los cuerpos, y los dispersan. Y es sólo lluvia, y se van las moscas.
     Ahora llueve. Ya no hay más moscas.
     Desde el sillón yo miro la lluvia.
     El gato duerme y ya no hay más moscas.
Griselda Perrotta
(*)


(*) Finalista del VII Certamen de Poesía y Cuento Breve de Editorial Ruinas Circulares

martes, 5 de mayo de 2015

En aquel lugar

     Mi abuelo me decía que nunca hay que darle la espalda al mar. Entonces a mí todas las olas me rompían de frente, y me tragaba el agua, y la sal me hacía arder los ojos. Nunca podía barrenarlas, o nadar fácil. Yo le hacía caso por las dudas, porque él del mar sabía, como había vivido toda su vida en la costa. Bah, al menos eso era lo que yo pensaba, que mi abuelo había vivido toda su vida en la costa. Después me enteré de que a la costa se había mudado un poco antes de que yo naciera, porque decía que nadie lo entendía, y que ahí iba a estar solo y tranquilo. Pero en lugar de eso, su casa de solo y tranquilo se convirtió en el lugar de encuentro, una vez al año, de las personas que él había elegido no ver nunca más, todas juntas. Yo creo que a él en el fondo le gustaba, que todos estuviéramos ahí, los cinco primos, con las mamás y los papás, y el tío. Los papás y el tío son todos hijos del abuelo; y los primos somos los nietos. Por un lado, Uriel y yo, que soy la más grande; y por el otro, los mellizos, que son casi como yo, y Matilda, que es chiquita. El tío Mariano no tiene hijos.
     Que al abuelo le gustaba que fuéramos es lo que me parecía a mí. Yo creo que él no lo decía porque así los papás, las mamás y el tío tenían algo de qué hablar después de las vacaciones de invierno, cuando ya había que pensar en el verano, y así de repente en agosto todos se empezaban a llamar por teléfono, y a hablar mal del abuelo. Si no, no se hablaban nunca. 
     Después fui aprendiendo a prestar atención a las conversaciones de los grandes, y me di cuenta de que, antes de mudarse a la casa de la playa, cuando vivía acá, del abuelo no se acordaba nadie en todo el año, más que para hacerle reclamos de cosas que ya no se podían solucionar. Como la poca atención que le había dado a la abuela, la inversión de los campos que salió mal, lo que había gastado en la casa de la playa, que se había convertido en un ermitaño, que no hablaba con nadie. Y también cosas de mucho antes, de cuando él era joven. Yo había visto una película de un chico que viajaba al pasado con una máquina, y pensaba que por qué el abuelo no usaba esa máquina, iba al pasado y solucionaba todo, y así los grandes iban a poder hablar de otras cosas. 
    Yo siempre presto atención a lo que dicen los grandes, y a lo que hacen también. Pero por lo general no cuento nada, porque a veces lo que dicen es difícil, o no entiendo bien lo que escucho, o lo que veo, y capaz me equivoco. O capaz me doy cuenta de que es importante pero no entiendo bien lo que significa. Me acuerdo de que una vez, después de apagar las velitas de Matilda, los chicos nos fuimos a jugar a las escondidas. Yo quería elegir un lugar que a los otros no se les ocurriera, y entonces me metí abajo de la mesa donde estaban sentados los grandes. Ahí ninguno me iba a ir a buscar, porque donde estaban los grandes los chicos nunca iban, y al revés tampoco. Entonces cuando estaba ahí abajo bien callada para que no me encontraran, veo que la tía Corina le estaba tocando la rodilla por abajo la mesa a papá, despacito, como me hace mamá en la frente para dormirme. Y papá tenía su mano arriba de la mano de Corina, y también le tocaba la mano a ella despacito. La tía Corina era la novia del tío Mariano. Ellos no estaban casados, pero yo igual le decía tía porque para mí era igual que la mamá de Matila y los mellizos, que sí es tía. Cuando los vi me pareció raro que se hicieran como mimos, porque Corina y papá se llevaban re mal; siempre discutían a los gritos delante de todos. Y cuando discutían papá le decía que ella no opinara porque no era de la familia; y entonces Corina se quedaba callada con cara de loca, o a veces se ponía a llorar, o se iba. Esa noche que la vi tocándole la rodilla, después de que los grandes se levantaron de la mesa, yo la seguí a Corina por la casa, para ver a dónde iba, y vi que bajaba la escalera y entraba al garaje. Me quedé sentada en la escalera, y entonces empecé a escuchar unas voces que venían de adentro, de gente que discutía como en voz muy bajita, como si alguien estuviera durmiendo y no quisieran despertarlo, pero se notaba que estaban peleando o algo así. Y después de un rato re largo vi que del garaje salía papá. Él cuando me vio se puso nervioso, me preguntaba “¿qué hacés acá, qué hacés acá, hace mucho que estás?”, y me hizo levantarme e ir con él para donde estaban todos. Ese día en el auto, cuando volvíamos, papá hablando de otra cosa le dijo a mamá que con Corina no se juntara más porque era una trepadora. Por las dudas yo no dije nada de lo de la rodilla, porque Corina era mala, y papá a veces también era malo, y a mamá no le quería contar porque no sabía bien qué quería decir trepadora. Pero ese año, que yo estaba en segundo, para mi cumpleaños me regalaron un diccionario, y cuando mamá me lo dio, lo primero que hice fue buscar qué era trepadora, y vi que era algo de poder trepar, y me pareció que estaba buenísimo. No entendí por qué papá le había dicho a mamá que no se juntara con Corina; capaz porque mamá es medio gordita, y ella no podría trepar; y entonces si mamá se juntaba con la tía Corina y justo se cruzaban con un árbol, pobre mamá se iba a tener que quedar abajo mientras Corina trepaba. No sé bien qué pasó con la tía Corina, pero nadie la volvió a ver después del cumpleaños de Matilda. Tampoco fue ese verano a la casa de la playa. 
     Los demás sí fuimos. A los chicos nos encanta. Aunque los grandes se quejaran tanto del abuelo, a nosotros siempre nos trataba re bien. Hacía cosas que los grandes no veían. Siempre exigía que le dijeran exactamente qué día íbamos a llegar todos. Esto a los grandes los enojaba un montón, porque decían que no sólo se había ido al carajo, sino que además de ir a verlo al culodelmundo, ahora había que darle explicaciones. Carajo también la busqué, pero no entendí lo que quería decir; y culodelmundo no estaba. Para mí igual no era que el abuelo quería explicaciones. Yo creo que preguntaba bien bien qué día, porque siempre el día que llegábamos tenía listas cinco manzanas con caramelo, el bidón de agua, cinco frascos con agujeritos y la red; y cuando llegábamos, a los grandes casi ni los saludaba, y a nosotros nos subía a la parte de atrás de la camioneta y nos llevaba a la playa a buscar pececitos. Teníamos ese secreto con el abuelo: nunca le decíamos a los grandes a dónde íbamos. Había que ver la cara de ofendidos que ponían, viendo cómo nos íbamos todos los chicos atrás, conteniendo la sonrisa y tratando de poner cara de serios. En la playa no había casi nadie, así que la teníamos para nosotros solos. Las manzanas, la red y los frasquitos los tenía escondidos, y recién cuando llegábamos a la playa sacaba todo. Era por diversión, no más, porque los pececitos que sacábamos con la red después los devolvíamos al mar. Cuando volvíamos, los grandes siempre estaban furiosos; se notaba que habían estado todo ese tiempo hablando mal del abuelo. A mí nadie me pregunta, pero por más que tuviéramos plata para ir a otro lado, si me dan a elegir, yo siempre elegiría la casa del abuelo en la playa. 
     El abuelo a los chicos nos trataba siempre bien, pero no es que fuera buenito ni nada, porque si no, no hubiera pasado lo que pasó hace dos vacaciones. Estábamos también jugando a las escondidas pero en la casa de la playa, y como me había funcionado lo de la mesa la vez del cumpleaños de Matilda, otra vez elegí ahí. Los grandes estaban fumando afuera; en la mesa estaba nada más el abuelo, leyendo el diario; y entonces sonó el teléfono y lo atendió. Cuando atendió dijo “Hola Corina, cómo estás”, y a mí me sorprendió, porque los grandes decían que el abuelo era ermitaño (que también la tuve que buscar), y la conversación que el abuelo tenía con esta Corina no era de ermitaño. Primero pensé que “¡Uau, qué casualidad, el abuelo tiene una amiga que se llama Corina igual que Corina!” Y de curiosa me quedé escuchando; además no iba a aparecer de abajo de la mesa, que el abuelo no sabía que yo estaba ahí y capaz lo asustaba, o lo hacía enojar. Por teléfono él le decía a esta Corina cosas que no eran de ermitaño, ni de amigo, como mi amor, querida, te extraño, prontito, y cosas así que se decían mamá y papá, o que yo sabía de los libros, o de las películas; así que me di cuenta de que no era una amiga, que capaz el abuelo ahí en la playa tenía una novia. ¡Y que se llamaba Corina, como Corina! Pero entonces él empezó a decir que se sentía culpable de que estuvieran haciéndole esto a su hijo, que si se enteraban Andrés o Martín no le hablaban nunca más (Martín es papá; y Andrés es el tío, el papá de Matilda y los mellizos), que ni hablar de Mariano, que sería capaz de matarlo. Y ahí, de escuchar lo que decía, me di cuenta de que Corina era la Corina que antes era novia del tío Mariano, y que el abuelo y ella le estaban haciendo algo al tío, y que era grave también, porque si se enteraba iba a matarlo, y yo sabía que matar era grave. Después de hablar, el abuelo se prendió un cigarrillo de los gruesos marrones con olor feo y se lo fumó todo ahí en la cocina, tomando un líquido amarillo que parecía té pero que se lo sirvió en un vaso redondo y bajito.        
     El tío Mariano es mi preferido, y yo soy era su preferida, porque soy la primera de las nenas, dice él. Y si tenía que elegir entre que le pase algo grave al abuelo o que le pase algo grave al tío, yo me quedaba con el tío. Como en mi familia hablaban siempre difícil, para ese verano yo ya iba a todos lados con el diccionario por las dudas. Unos me decían que estaba loquita, otros que era una intelectual, otros que me quería hacer la canchera. Yo lo llevaba siempre porque me hacía sentir segura, saber bien qué significaba lo que decían los grandes. 
     Después de escuchar al abuelo hablar con la Corina que al final era Corina, por las dudas antes de contarle al tío, o a mamá, busqué en el diccionario algunas de las palabras que había usado el abuelo, y no entendí nada. Algunas eran partes del cuerpo, como pechos, muslos o entrepierna, y otras no tenían ningún sentido en la conversación, como lamerte o montarme; y entonces me pareció que el abuelo y la tía Corina estaban hablando en clave para que nadie entendiera. Yo eso lo había visto en una película de espías, que son gente que te traiciona, y en la película al final terminaban matando a todos, y entonces tuve miedo de que Corina y el abuelo fueran dos espías y que estuvieran planeando hacerle algo malo al tío Mariano. Así que, para que no pasara un desastre, le conté primero a mamá la conversación de Corina con el abuelo, y ella me empezó a preguntar detalles, muchos, y no sé cómo salió también lo de trepadora, del día de la rodilla de papá, que él le tocaba la mano a la tía, y lo del garaje. Mamá se puso medio loca, me preguntaba si estaba segura, y me pedía más datos. Me preguntaba cómo le tocaba, y qué había hecho papá, y me hizo repetirlo un montón de veces. Y después salió re enojada y lo fue a buscar a papá, que estaba afuera fumando con los grandes. Se pelearon re fuerte, tan fuerte que los gritos se escuchaban desde adentro. Mamá le preguntaba a los gritos que por qué le había correspondido la caricia a la putaesa. Los chicos estábamos todos adentro, y nos quedamos escuchando. Yo tenía el diccionario y buscamos rápido correspondido pero no entendimos nada. Y putaesa también, pero no la encontramos. 
     Mientras mamá y papá peleaban iban gritando todo lo que yo le había contado a ella, y también papá decía que con Corina había tenido "una relación de amistad" porque se entendían pero "nunca había pasado nada". Las palabras esas no las buscamos porque sabíamos lo que eran, pero igual no entendimos lo que decía papá. Y entonces cuando estaban en plena pelea, por la ventana desde adentro, los chicos vimos que los tíos se levantaron de las reposeras como si se hubiera largado a llover de golpe, tenían los ojos como con fuego, parecían como los dragones del libro de los vikingos que me había traído Papá Noel; y entraron corriendo directo a la habitación del abuelo. Pero cuando estaban abriendo la puerta se escuchó arrancar la camioneta, y por la otra ventana vimos que el abuelo salía manejando con todo. 
     Desde ese día al abuelo no lo vimos más. Igual, aunque él se hubiera ido, nos quedamos hasta el final del verano como siempre, todos menos el tío Mariano, que se fue. Pero los grandes estaban raros. Papá y mamá, sobre todo, que casi no se hablaban. Cuando volvimos seguían raros, y el tío Mariano no venía más a casa. Pero sí me seguía llamando como siempre, para ver cómo estaba, y a veces le pedía permiso a mamá, y del colegio me pasaba a buscar él y me llevaba a tomar un helado, o la merienda. El verano del año pasado fuimos a la casa de la playa todos menos el tío Mariano. Yo pregunté por qué no había ido, pero nadie me dijo. 
   Un día ya acá le pregunté a él, y me contó que con papá estaban un poco distanciados. Busqué distanciados y me puse triste. Pero ahora hace poco me dijo que habían hablado con papá y habían decidido dejar atrás el pasado, así que este año vamos a pasar el verano a la casa de la playa todos juntos. Menos el abuelo, que desapareció; y Corina, pero ella de antes ya no venía más. 
     Falta poco para las vacaciones y estamos todos contentos. 
     Yo sigo sin darle la espalda al mar.
Griselda Perrotta